El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 6 En la Prisión de Ívelmer
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Chapter 6 En la Prisión de Ívelmer

—Xalara Verdreven, quedas arrestada por el intento de asesinato del expresidente Andris Bóstoul. Además de una larga lista de delitos asociados por los que tendrás que rendir cuentas ante la justicia.

Antes de que pudiera procesarlo, un par de cuero negro la forzaron a tumbarse boca abajo, mientras que un tercero se apresuraba para clavarle una rodilla en la espalda y colocarle las esposas enguantadas.

No ofreció ningún tipo de resistencia; solo miraba desde abajo a sus captores, preguntándose si aquello era real.

Algo que cuestionó aún más al ver que llevaban la cara descubierta.

—¿Qué miras, matapresidentes? —espetó uno de los cuero negro antes de propinarle una patada en un lateral del abdomen.

A continuación, alguien le registró los bolsillos. Después la pusieron en pie.

Los curiosos se agolpaban en la plaza, procedentes de varias calles, entre murmullos de premura y miradas de juicio cuando Xalara era arrestada.

Tenía aún presente el escalofrío provocado por aquella mirada: la de quien asesinó a sus padres. La del líder sanguinario que acabaría convirtiéndose en el Fantasma del Tiempo. ¿De verdad la miró, o simplemente fue una falsa percepción provocada por la ansiedad que le despertaba su presencia?

Mientras Xalara era llevada, los vecinos se asomaban a las puertas y ventanas como si se tratara de un espectáculo que recorría sus calles. La arrestada tuvo que escuchar cómo algunos la llamaban: —¡Asesina! ¡Matapresidentes! ¡Traidora!

Sí que era una asesina, porque había matado a un hombre con sus propias manos, y a muchas personas de forma indirecta, entre las que se incluían su madrina y su único amigo. Finalmente llegaron a la estación de traslado, situada a las afueras del pueblo.

Primero viajaron dos cuero negro, haciéndolo de uno en uno, dadas las limitaciones de la estación de traslado en Yadarme.

Luego lo hizo Xalara, quien al oír la voz femenina que daba las instrucciones de seguridad para el viaje, pensó en mover los pies de la huella, queriendo desaparecer para siempre, pero fue incapaz de llevarlo a cabo.

Nada más llegar a la estación de destino, fue recibida con hostilidad por los cuero negro que la estaban esperando.

—Vamos, sal de ahí, deprisa —la apremió uno de ellos.

Había llegado a un lugar inhóspito, donde la temperatura de la noche primaveral descendió notablemente.

Tanto el suelo como los numerosos montículos que se veían a su alrededor eran de roca.

Una tan oscura que se fundía con la negrura del propio cielo nocturno.

Marcharon tras llegar el resto de cuero negro que aún quedaban por hacerlo.

No tardaron en divisar un edificio enorme que se alzaba frente a ellos, y que parecía una prolongación del propio terreno.

Aún situado a unos cuantos metros de distancia, estaba formado por tres altas torres de similar tamaño y aspecto, iluminadas por potentes focos que no dejaban de moverse.

Xalara había visto ese edificio en varias imágenes de la prensa, pero especialmente en los planos que Óvid Esben guardaba en su casa.

Era la Prisión de Ívelmer, y tenía lógica que encerrasen allí a la fugitiva más buscada del momento.

Al verla cada vez más cerca, tomó plena conciencia de su situación. En cuestión de minutos, pasó de encontrarse relativamente segura en la cabaña de Huberto, a estar a punto de ser encerrada en una celda de Ívelmer, a la espera de su ejecución. ¿Y todo para qué?

A falta de unos pocos metros para alcanzar las puertas, dos focos casi cegadores fueron direccionados hacia ellos. La fuerte racha de viento zumbaba de forma amenazante entre las tres colosales torres.

—¿Quiénes sois? —preguntó el vigía de la torre derecha, un hombre calvo.

—Somos un grupo de cuero negro, pertenecientes a la patrulla 0127830918 de la Comarca del Noroeste —respondió uno de los que no sujetaban a Xalara, mostrando la placa que lo acreditaba—. Yo soy Matías Estrán, y estoy al mando de esta patrulla.

—¿Cuál es el motivo de vuestra llegada?

—Traemos a la fugitiva Xalara Verdreven —anunció, triunfante.

Acto seguido, el cuero negro se acercó a ella y la agarró por el cabello, levantándole la cabeza para que la luz bañara su rostro. El gesto de los vigías se transformó en sorpresa y satisfacción tras reconocer a Xalara.

Abrieron la puerta de inmediato, otorgando el acceso al centro penitenciario.

El mecanismo de apertura producía un ruido tan insoportable que, de no haber tenido las manos inutilizadas, Xalara se habría tapado los oídos.

Después de que otra puerta se abriera, esta mucho más pequeña e insonora que la anterior, entraron al pasillo que daba acceso al vestíbulo.

Allí, el guardia encargado de la sección, perplejo al ver la identidad de la nueva prisionera, levantó la verja sin decir ni una palabra, aunque seguramente estuviera obligado a preguntar quiénes eran y a qué venían.

Xalara y sus captores entraron en el amplio vestíbulo.

Aún se veían en las paredes y el techo las marcas de los impactos que causó la huida de los herederos.

El que había levantado la verja de seguridad del vestíbulo pasó corriendo a su lado, metiéndose en el pasillo de la izquierda.

Unos segundos más tarde, volvió a aparecer en el piso superior, haciéndolo para entrar en una de las varias oficinas que se alineaban a lo largo del perímetro.

Xalara fue forzada a arrodillarse sobre el frío y oscuro enlosado de Ívelmer, con las manos de los cuero negro ejerciendo presión sobre sus hombros. Notó que su cuerpo temblaba de pies a cabeza. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que estaba aterrada.

Todos los guardias que estaban dentro de las oficinas salieron al enterarse de la noticia, y se asomaron a la barandilla para ver a la muchacha más famosa del momento, intercambiando murmullos y miradas de expectación, aunque también de cierta incredulidad.

Xalara se sentía como un objeto de exposición.

—Buenas noches a todos —dijo el cuero negro Matías Estrán, utilizando un tono victorioso—. Como están comprobando, ella es Xalara Verdreven. Fue capturada esta misma noche en su pueblo natal, después de que un vecino de la población diese la voz de alarma.

Xalara supo entonces que, mientras estaba inmersa en su visión del pasado, alguien la vio y avisó a las autoridades. Debía asumir que cometió una imprudencia cuando decidió ir a la plaza, y ahora enfrentaba las consecuencias.

—Como ya saben —continuó Matías Estrán—, he seguido el protocolo establecido para este caso en concreto, trayéndola directamente hasta la Prisión de Ívelmer. Ahora solicito que todos los aquí presentes atestigüen lo que estoy diciendo —añadió, girando sobre sí mismo para mirarlos a todos.

Varios guardias se acercaron a Xalara, colocándose al lado de sus homólogos, quienes se apartaron a un lado para facilitar el trabajo. A continuación, levantaron a la chica del suelo.

De pronto se abrió otra puerta en el vestíbulo. Xalara estaba de espaldas, y al oír esa voz, su miedo se incrementó.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué significa todo esto? —dijo una mujer muy corpulenta, con una cara que compartía rasgos masculinos. Paseó lentamente y se detuvo al lado izquierdo de Xalara, mirándola fijamente, como si intentara reconocerla.

—¿Eres Xalara Verdreven? —le preguntó descaradamente.

Consideró la pregunta muy absurda, pues era evidente y todos lo sabían.

—Es ella —respondió el cuero negro responsable de la patrulla.

—Le he preguntado a la prisionera, no a usted —protestó.

Luego se acercó aún más para estudiar su rostro, queriendo asegurarse de su identidad. La escasa iluminación tampoco ayudaba demasiado.

—Hay que informar de inmediato a la presidenta.

—Yo lo haré —aseguró el cuero negro—. Soy el responsable de su captura, y por lo tanto me compete a mí hacerlo.

—¿Quiere llevarse usted todo el mérito? —insinuó ella—. Han traído a Verdreven a mi prisión, así que yo tengo la autoridad aquí.

El cuero negro quiso protestar, pero la mujer se le adelantó.

—Mi enhorabuena por capturarla, han hecho todos ustedes un excelente trabajo, pero desde ahora la responsabilidad pertenece a la alcaide de Ívelmer. Ustedes ya pueden irse, el guardia de la entrada los acompañará —dijo, indicando la puerta del vestíbulo con su mano.

Aunque titubeantes, los cuero negro finalmente se fueron, dado que no les quedaba más remedio.

—Pónganse enseguida con los trámites para su ingreso. Ya saben cuál es el protocolo para este caso —dijo la alcaide, dirigiéndose a los guardias con autoridad.

Luego, probablemente, se fue a mandar una carta a la presidenta para informar sobre el arresto.

Una guardia se acercó a Xalara y la cacheó sin contemplaciones.

—¿Has estado enferma en la última semana? ¿Algún síntoma de enfermedad en estos últimos días? —añadió al ver que no respondía.

—Te han hecho una pregunta —dijo otro, acercándose por detrás con actitud amenazante.

La muchacha negó en silencio.

—¿Has mantenido contacto físico con alguien que sí lo esté?

—No —respondió esta vez de forma escueta.

—De acuerdo —dijo la guardia, y se acercó a Xalara para quitarle las esposas, dejando libres sus manos.

Todos los que la rodeaban desenvainaron sus espadas y las apuntaron hacia la prisionera, listos para atacar si realizaba cualquier tipo de movimiento extraño.

Enseguida, otro guardia llegó procedente del pasillo de la izquierda, trayendo en su brazo un mono de reo de color verde grisáceo.

—Quítate la ropa —le ordenó.

—¿Qué?

—Que te desnudes —confirmó con determinación—. ¿Estás sorda? —añadió al ver que Xalara no obedecía—. Desnúdate ahora mismo.

Azorada, miró a un lado y al otro, impotente ante lo que estaba viviendo. ¿Cómo iba a desnudarse delante de tanta gente?

—No —respondió al fin.

—Esto no es una sugerencia.

—No voy a desnudarme aquí —dijo Xalara, negándose en rotundo a obedecer tal orden.

—Como quieras… —profirió el guardia, dando un paso hacia atrás.

Otros tres se abalanzaron sobre Xalara, que, incapaz de defenderse, vio con humillación cómo le arrancaban la ropa, empezando por su apreciada cazadora vaquera, desgarrándola más de lo que ya estaba.