Chapter 5 La placa con sus nombres #3
Sin embargo, el animal olfateó una presencia extraña y comenzó a ladrar mirando hacia donde se encontraba Xalara, que se agachó todavía más.
—¿Qué pasa? ¿Qué hay ahí? —preguntó la dueña a su perro.
Juntos comenzaron a acercarse hacia Xalara. El perro tensaba cada vez más la correa que lo unía a su dueña, quien finalmente, y con mucho esfuerzo, convenció al animal de desistir en su empeño de acercarse al bosque.
Xalara esperó a que la mujer y su mascota se alejaran lo suficiente como para dejar de significar un problema, y entonces salió de su escondite. Fue en ese momento cuando supo adónde iba a ir.
Sabía que la estaban buscando. De hecho, a esa hora, seguramente era la persona más buscada de Las Cinco Comarcas.
Así que caminó con toda la precaución posible.
Era consciente de que podía cruzarse con alguien, o que la vieran por la ventana.
Si llegaba a ocurrir, llamarían enseguida a las autoridades.
Pese a todo y aunque su intención era regresar esa misma noche a la cabaña de Huberto, antes necesitaba ver algo; de lo contrario, sería insoportable.
El trayecto hacia la plaza del pueblo fue una labor incómoda. Cada dos pasos que avanzaba, Xalara sentía la extraña sensación de que alguien la estaba siguiendo. No significaba otra cosa que una mala jugada de su mente, pero no podía negar que empezaba a arrepentirse de estar allí.
Una vez dentro de la plaza, convirtiéndose en un blanco fácil, caminó hacia la escultura de piedra situada en el centro del lugar, símbolo de La Resistencia: una mano rodeada de cadenas rotas, empuñando una espada arlasófica en vertical.
Pero lo más importante es que representaba a la organización que fundaron sus padres.
Se acercó a la escultura y se agachó para leer los nombres grabados en la placa situada en la base. Los primeros nombres que aparecían eran los de sus padres:
ARTURO VÁGÜER Y LANA ORÓbrIC (FUNDADORES DE LA RESISTENCIA. EN HONOR A ELLOS Y A TODOS LOS CAÍDOS EN LA LUCHA POR LA LIBERTAD)
Siempre habían estado ahí, pero ella nunca lo supo porque nadie se lo contó. Se acordó de Aura, y otra vez volvió a sentir un gran enfado contra su madrina. Quizás lo hubiera hecho para protegerla, pero no tenía el derecho de negarle algo tan importante.
A falta de unas tumbas donde poder llorar a sus padres, esa estatua que tenía delante era lo más parecido. Xalara se puso de rodillas y no pudo evitar acariciar sus nombres, momento en el que las lágrimas ganaron la batalla.
Sin darse cuenta, se encontraba en el mismo lugar, pero en un tiempo diferente. Otra vez sumida en una de sus visiones. Aquello no le sorprendió, pues se estaba volviendo algo habitual.
Se encontraba rodeada de gente para la que su presencia resultaba ajena.
A pesar de estar repleta, la plaza permanecía en silencio.
Unos metros más allá, se alzaba un estrado de madera que sobresalía varios centímetros por encima de todas las cabezas.
Aunque desde allí no se distinguiera bien, parecía que dos personas estaban atadas a sendos postes, con las manos atrás y flanqueadas por varios herederos armados.
Sin ser consciente de hacerlo, Xalara comenzó a caminar por un suelo inmaterial que, aun así, servía de sustento para sus pasos, atravesando a la muchedumbre.
Llegó al pie del estrado y se detuvo como si hubiera impactado contra una pared invisible.
Las dos personas que estaban en lo alto eran sus padres.
Después de verlos en las fotos, los reconocería entre un millón.
Por un instante, la invadió una tremenda necesidad de saltar y correr para ayudarlos, pero a la vez estaba paralizada.
De nada habría servido: solo lograría atravesar cualquier cosa que, en teoría, debería ser sólida.
También quiso gritar: ¡Papá! ¡Mamá! Pero nunca lo había hecho, y solo imaginarlo le causaba un ridículo espantoso.
Sabiendo lo que estaba a punto de presenciar, lo único que deseaba era escapar de esa visión. No se sentía preparada para ello.
De pronto, todos los presentes, salvo los herederos que estaban encima del estrado, comenzaron a agacharse hasta clavar una rodilla en el suelo de la plaza.
Xalara se dio la vuelta y se percató de que, a su espalda, detrás del resto de personas situadas tras ella, se hallaban varios nukternozes, con una actitud impasible pero desafiante.
Al volver la vista de nuevo hacia el frente, por una escalera que estaba situada a la derecha del estrado, aparecieron dos herederos, uno con la cara tapada, como el resto, y el otro al descubierto.
El que mostraba su identidad era alto, aunque no en exceso.
Tenía el pelo negro, un tono que contrastaba significativamente con el cadavérico color de su cara, donde unos ojos grises estaban circundados por un halo sombrío.
Este rasgo le confería una mirada seductora a la vez que siniestra.
Sus ojos terminaron clavándose en Xalara.
Ese gesto provocó que la visión del pasado desapareciera.
Que el mismísimo Lórdezeit acabara de mirarla en una de sus visiones pasó a un segundo plano, porque ahora, continuando a los pies de la estatua de La Resistencia, estaba rodeada por varios cuero negro con la cara descubierta y apuntándola con sus espadas.