Chapter 5 La placa con sus nombres #2
—¿Y piensas que eso es algo malo? Los dos hemos intentado protegerte en todo momento.
—¡Los dos me mantenéis encerrada y aislada del mundo, mintiéndome en todo momento!
—Muy bien —dijo Huberto, apoyando una mano nerviosa sobre su frente—. ¿Quieres ir a prisión? ¿Crees que vas a estar mejor allí? Solo tengo que avisar y tu deseo se hará realidad. Y yo quedaré como un héroe por haberte encontrado.
—¡Te odio! —profirió Xalara con rabia e impotencia.
—¿Y crees que tú me caes bien? —se defendió él—. Eres una niñata insoportable, ¿lo sabías?
—Begagxio —dijo ella, apretando los dientes mientras observaba el aparato de radio, que salió disparado contra Huberto.
Tuvo que esquivarlo para que no le diera en la cara antes de terminar impactando en la pared de la cabaña.
—¿Qué crees que haces? —preguntó un tanto asustado.
—Begagxio —volvió a pronunciar Xalara, que esta vez movió la mesa que tenía delante hasta golpear con fuerza las rodillas de Huberto, provocando que se doblara de dolor.
—¡Eh! ¡Para ya!
La chica se levantó como un cohete hacia el dormitorio, bloqueando de inmediato la puerta mediante arlasofía.
—¡¡Abre la maldita puerta!! —gritó Huberto desde el otro lado, propinándole una serie de golpes que la hacían tambalearse—. ¿Te crees muy lista y valiente? ¡¡Estarías muerta de no ser por mí!!
Xalara apoyó la espalda contra la pared del dormitorio y se dejó caer resbalando hasta quedar sentada en el suelo, donde rompió a llorar, golpeándolo con los puños.
Las siguientes horas las pasó sollozando hasta quedarse sin lágrimas.
En la sala, escuchó durante un buen rato cómo Huberto abría y cerraba el mueble, provocando un traqueteo constante de cristales, hasta que todo quedó en silencio.
Finalmente, Xalara se incorporó. Tenía las piernas entumecidas debido a la incómoda postura mantenida durante tanto tiempo.
Recogió su cazadora vaquera del rincón donde permanecía tirada y se la puso.
Después se acercó con sigilo a la puerta, pegando el oído para escuchar qué estaba haciendo Huberto al otro lado. No se oía nada.
—Dunoxdita —susurró, poniendo su mano frente a la cerradura y girándola en el sentido del reloj.
Supo que la fórmula había funcionado porque sintió ese cosquilleo tan característico en su mano.
Con sumo cuidado abrió la puerta, asomándose timorata a la sala.
La estancia estaba repleta de botellines vacíos desparramados por todas partes.
Un olor rancio a cerveza invadió sus fosas nasales de inmediato.
Huberto estaba tirado sobre el sillón y parecía inconsciente.
Un hilo de baba se le desprendía de la boca semiabierta por el lado derecho, adhiriéndose a su barba chamuscada.
Xalara accedió a la sala, pisando el tablado con sumo cuidado. Tuvo que fijarse bien en Huberto para descartar que estuviera muerto.
Luego caminó hacia la puerta, haciéndolo muy despacio. Agarró la manilla y sintió otra vez esa extraña sensación de ingravidez.
La puerta que tenía delante se abrió sola, atravesando su cuerpo fantasmal y bañando la estancia por la claridad del día en un paisaje nevado.
Un Huberto mucho más joven cruzó el umbral, no sin antes sacudirse la nieve de sus elegantes zapatos negros.
Xalara se apresuró en apartarse para que este no la traspasara, y se giró para ver qué hacía, siguiendo todos sus movimientos.
La estancia mostraba un aspecto de abandono incluso mayor que el actual.
Huberto se deshizo de unas molestas telarañas mientras estudiaba la habitación y apartaba algunos objetos que había tirados por el suelo.
Después de asomarse al dormitorio, se acercó hacia el aparato de radio que se encontraba sobre el mueble.
Lo sopló para quitarle el polvo y lo puso en funcionamiento con mucha más facilidad de lo que anticipaba su rostro.
Una música instrumental comenzó a sonar, y tras ajustar el volumen a su gusto, Huberto se sentó en el sillón, levantando una gruesa nube de polvo antes de hundir la cara entre sus manos.
Unos segundos más tarde, levantó de nuevo la vista, dirigiéndola hacia la puerta abierta donde estaba Xalara, que se estremeció.
En ese momento, una bandada de pájaros entró revoloteando y graznando en la cabaña, provocando que la visión finalizara.
La puerta se abrió en el presente al accionar Xalara la manilla.
No se lo podía creer: Huberto la había dejado desbloqueada.
Seguro que, con la borrachera, presumiblemente a orinar, salió en algún momento a la calle y se le olvidó cerrarla.
Miró una vez más hacia él y dio un paso, saliendo por primera vez de la cabaña.
Al voltearse, comprobó estupefacta que a su espalda no había nada.
Estiró una mano hasta alcanzar la posición donde en teoría deberían estar las paredes y, efectivamente, su mano se topó con algo sólido.
Enseguida supo lo que estaba pasando: la cabaña de Huberto Cóbelpot era en realidad un refugio evanescente.
Su mente comenzó a funcionar a toda velocidad, buscando, como siempre, contrariedades a lo que era obvio.
¿Por qué si era un refugio evanescente no desaparecía cuando él no estaba dentro antes de que ella llegase?
Tan rápido como se planteó esa duda, obtuvo la respuesta: los pájaros.
De alguna forma esos pájaros que siempre estaban dentro, debían suponer lo mismo que si lo hiciera Huberto.
Con esa duda supuestamente despejada, comenzó a caminar sin mirar atrás.
Lógicamente, la cabaña era invisible, pero el sendero formado por el paso de Huberto durante tantos años era bastante notorio.
Tanto, que no comprendía cómo él no tenía miedo de que alguien lo descubriera.
Era evidente que el sendero dibujado en el suelo terminaba allí.
Por eso, y a pesar de ser de noche y estar en un lugar desconocido para ella, pudo guiarse.
Xalara caminó casi a oscuras durante unos cuantos minutos por el bosque, optando por no crear una fuente de luz que determinase su ubicación.
No se detuvo hasta vislumbrar las iluminadas calles del pueblo de Yadarme.
Tuvo que detenerse al ver a una mujer paseando a su perro, demasiado cerca de su posición.
Entonces decidió aguardar agazapada tras un árbol.