El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 5 La placa con sus nombres
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Chapter 5 La placa con sus nombres

—Toma —dijo Huberto, lanzando un libreto sobre la cama donde estaba acostada Xalara.

—¿Qué es eso? —preguntó ella con desinterés, sin mover la cabeza para ver lo que era.

—Dijiste que querías leer.

Su gesto mustio se transformó en curiosidad al mirar el libreto.

—Sé que no es una novela, pero algo es algo.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Xalara, girando el libreto en sus manos para examinar la portada.

—Es un especial que venía con el periódico de hoy —afirmó—. Que lo disfrutes.

Dicho esto, abandonó la habitación, arrimando la puerta sin llegar a cerrarla. Xalara escuchó el crujir de las pisadas en la madera y, un momento después, el ruido de la puerta al cerrarse tras salir de la cabaña.

El día anterior fue horrendo. Era el segundo que pasaba en la cabaña de Huberto Cóbelpot desde que despertó de su letargo. Resultó ser tan aburrido que daba las gracias porque no hubiera ningún reloj a la vista.

Huberto apenas estaba en casa. Se pasaba la mayor parte del día en la calle, y cuando se encontraba dentro, lo hacía inquieto, como si no pudiera mantenerse en el mismo sitio durante demasiado rato.

Sin embargo, a Xalara le ocurría todo lo contrario, y tan solo se levantaba para comer o ir al baño.

Esa monotonía empezaba a hacer mella en su estado mental.

Con el paso de las horas, notaba cómo se volvía más irascible ante cualquier circunstancia, incluidos sus propios pensamientos.

Al menos ahora con el libreto podía ocupar su mente en algo distinto. Al pasarlo entre sus manos leyó el título: Historia y curiosidades de Lúgardark.

Calculó que no tendría más de setenta páginas. No era mucho, pero iba a mantenerla entretenida un rato, porque además era un tema que le interesaba. Sobre todo, tras conocer que el centro de formación militar sería reabierto una vez más en gran parte por culpa de ella y de Víliam.

Estuvo un buen rato leyendo el panfleto, que al final resultó ser bastante más entretenido de lo que esperaba. Descubrió unas cuantas curiosidades sobre Lúgardark y la EDMO, pero si tuviera que quedarse con una, sería sin duda la posibilidad de convertirse en recluta permanente.

Esta opción consistía en que cualquier joven de dieciocho años, sin importar cuál fuera su condición, podía presentarse voluntario para servir de por vida en Lúgardark, sin posibilidad de salir de allí: hacerlo implicaba una condena a muerte.

Una vez escogida esta opción y firmado el juramento, no había marcha atrás.

No obstante, a lo largo de la historia, solo unas pocas personas que buscaban escapar de una vida muy complicada eligieron serlo.

Huberto regresó al mediodía y calentaron un par de latas de fideos sobre la estufa. La comida fue rápida y silenciosa. Nada más terminar volvió a largarse, dejando la puerta como siempre: bloqueada mediante arlasofía.

Por la tarde, Xalara se hartó de estar en la cama y se trasladó al mugriento sillón de la sala. Los pájaros del techo parecían ajenos a su presencia, lo que la llevó a deducir que Huberto no estaba vigilándola.

Al tiempo que sus ojos recorrían el desolado interior de la cabaña, su atención fue reclamada por el aparato de radio que reposaba sobre el mueble. No era muy partidaria de escucharla, pero en ese momento consideró una buena idea hacerlo.

La encendió y comenzó a sonar una música distorsionada por culpa de la débil señal que captaba. Después de darle un par de golpes con la mano, la calidad del sonido mejoró considerablemente.

La música le pareció insoportable, por eso intentó sintonizar otra emisora. Tras pasar rápidamente por una canción todavía peor, se topó con una acalorada tertulia política:

—La EDMO es algo necesario —dijo una voz femenina que Xalara no reconoció, pero le hizo sentir escalofríos—. Hemos visto en esta última manifestación que los jóvenes necesitan un cambio drástico en su educación y formación.

—Sí, pero señora presidenta —habló una voz ronca y femenina—, entenderá que estén molestos al privarlos de su libertad durante dieciocho meses.

—Puedo entender muchas cosas, pero si gobiernas tienes que tomar decisiones importantes, aunque a veces sean dolorosas.

—¿Qué piensa usted cuando le acusan de crear la EDMO como una forma de venganza hacia Xalara Verdreven?

—Que tienen algo de razón y ninguna al mismo tiempo —contestó sin prolongar la respuesta.

—Podría explicarlo, por favor.

—Xalara Verdreven y su fallecido cómplice, Víliam Buendi, son un claro ejemplo de lo que unos jóvenes rebeldes e indisciplinados pueden llegar a cometer, pero eso no tiene relación con una supuesta venganza. Lo único que quiero para Verdreven es que se haga justicia.

—Y… ¿qué hay de la fugitiva? ¿Aún siguen sin tener pistas?

—A esa pregunta no puedo responder —aseguró Crispina—. Entiéndalo, Xalara Verdreven podría estar escuchando este programa, y no debería revelar información que pueda beneficiarla.

—¿Qué le diría si pudiese escucharla ahora mismo? —inquirió la locutora.

—No importa dónde estés, te encontraremos y cargarás con el peso de la justicia —dijo.

Suspirando por la frustración, Xalara terminó optando por apagar el aparato.

Acababa de escuchar una voz cargada de odio hacia ella.

Después de eso, comenzó a dar paseos por la cabaña.

En un espacio tan reducido, estos resultaban demasiado cortos, pero necesitaba mover las piernas entumecidas para calmar su ansiedad.

En uno de esos paseos, notó algo extraño: una tabla del suelo tembló bajo su bota.

Al presionarla con más fuerza, la pisada produjo un sonido hueco.

Intrigada, se agachó y comprobó que esa tabla estaba suelta.

Tras levantarla con cuidado, descubrió un hueco oculto bajo el suelo.

Dentro halló un sobre con un rótulo enigmático: LOS 4.

Sacó el contenido del sobre, que únicamente albergaba una fotografía. En la imagen aparecían cuatro chicos adolescentes posando alegremente para la cámara en el interior de un antro. En el dorso de la fotografía alguien escribió:

«Alexios Kraus, Andris Bóstoul, Arturo Vágüer y Huberto Cóbelpot les saludan desde La Guarida.»

La revelación era demasiado impactante como para no provocarle una fuerte conmoción, tanto, que incluso Xalara se mareó. ¡¡Andris Bóstoul había sido amigo de su padre!! ¡Y también de Alexios y Huberto!

Cuanta más información descubría acerca de sus padres, menos sabía sobre ellos. Se dejó caer en el mugriento sillón, incapaz de apartar la mirada de aquella imagen. Huberto le había mentido, porque, al menos a su padre lo conocía desde que eran unos adolescentes, y no cuando llegaron a Yadarme.

A la vez que trataba de asimilar aquel hallazgo, la fotografía planteaba nuevas incógnitas. Si buscaba un entretenimiento con el que poder ocupar las largas y tediosas horas en aquella cabaña, lo había encontrado.

Aguardó con ansia la llegada de Huberto, pero cuando lo hizo, la actitud de Xalara se asemejaba a la de un sonámbulo.

—¿Estás bien? —preguntó él.

La muchacha tiró la fotografía sobre la mesa a modo de contestación.

—¡Begagxio! —gritó Huberto como un acto reflejo, apresurándose a recogerla para evitar que Xalara la viera, aunque sabía que llegaba demasiado tarde.

—No tenías que haber visto esto —aseguró con una mezcla de enfado y frustración. Su rostro temblaba de forma muy extraña.

Xalara levantó la mirada por primera vez hacia el hombre, haciéndolo con decepción.

—¿Por qué me has mentido?

—Nunca deberías haber encontrado esta foto. Esto no debería estar pasando —insistió, muy nervioso, como si hablara consigo mismo.

—¡¿Por qué me has mentido?! —explotó Xalara, poniéndose en pie para encararlo.

—No he mentido, solo te oculté información —balbuceó Huberto, aturdido e incapaz de mirar a la chica.

—¿Y cómo le llamas a eso? —replicó ella con sarcasmo.

—Iba a contártelo, de verdad, pero todavía no era el momento.

—¿Cuándo tenías pensado hacerlo?

—No lo sé.

—¿Mañana?

—No.

—¿La semana que viene? ¿Dentro de diez años? ¡¡No me mientas!! —gritó Xalara, acercándose a él, desafiante.

—No es fácil —se defendió él—. Odio mentirte, pero a veces es necesario por el bien de todos.

—Desde que te conozco, lo único que has hecho ha sido mentirme —aseguró—.

¡Me prometiste que irías a protegerme! ¡Te esperé durante horas en el bosque!

¡Y nunca llegaste! —dijo, señalándolo con un dedo acusador—.

También prometiste que ayudarías a Aura.

¡Y mira ahora cómo estamos! ¡¡Ella ha muerto y Víliam también! !

—¿Crees que todo lo que ha pasado es por mi culpa? —protestó Huberto, dando un puñetazo sobre el mueble al pronunciar sus dos últimas palabras. Luego se apoyó con una mano en él y se tapó el rostro con la otra.

—¡Eres un maldito mentiroso!

—No soy un mentiroso —respondió, ofendido, desligándose del mueble para acercarse a ella—. Te he protegido desde que supe de tu existencia. ¡Y lo sigo haciendo ahora! Y a cambio solo te pido que confíes en mí, ¡tan difícil te resulta!

Xalara dio un manotazo contra la pared, negando con una sonrisa desquiciada.

—¿Sabes qué? —dijo él, dándole la espalda mientras comenzaba a deambular por la estancia—. Voy a seguir velando por ti, te guste o no. Porque esa es mi razón de ser.

Acto seguido, se dirigió hacia la puerta para bloquear la cerradura.

—Oxdita…

—Begagxio —susurró Xalara, estirando la mano hacia el brazo extendido de Huberto, consiguiendo apartarlo de la puerta.

—¿Qué haces? —preguntó, volteándose para mirarla—. Déjame cerrarla.

Ella negó con la cabeza, ofreciéndole una mirada desafiante, pero sin perder el contacto visual con su brazo.

El hombre volvió a intentarlo, pero de nuevo se lo impidió.

—Voy a hacerlo, quieras o no.

Pero obtuvo el mismo resultado.

—¡Que me dejes!

La muchacha siguió negando.

—Basta.

—No —contestó Xalara con determinación.

—Muy bien —dijo Huberto, girándose por completo hacia ella—. ¡Begagxio! —gritó, estirando sus dos manos hacia la chica, que cayó hacia atrás quedando sentada sobre el sillón.

Él aprovechó el momento y realizó la fórmula oxditadunta sobre la cerradura, consiguiendo bloquear la puerta.

—¡Tú eres como Aura! —bramó Xalara desde el sillón.