Chapter 4 Cónclave de investigación
El día anterior fue el más duro desde que era presidenta.
La manifestación convocada por los jóvenes a las puertas del Palacio de la Sede derivó en situaciones de absoluta tensión.
El peligro de que los manifestantes accedieran al Palacio fue tan real en varios momentos, que incluso Crispina llegó a temer por su integridad física, obligada a subir hacia la parte más alta de la Torre de la Presidencia, por estricta recomendación de su Escolta.
La reinstauración de la EDMO supuso un descontento generalizado, pero la decisión era irrevocable. Incluso se cargó de más razones viendo la violencia que era capaz de desatar la juventud de Las Cinco Comarcas.
Una vez sofocada la manifestación, la presidenta volvió a centrarse en otros asuntos.
La destrucción de gran parte del Palacio de la Sede, en especial de su estancia más emblemática, significó un duro golpe para la autoridad del Gobierno. Que dos muchachos de origen muy humilde lograran colarse para desatar el caos y la destrucción como lo hicieron, significaba una gran humillación.
Por aquel entonces Crispina no era la presidenta, pero sí su querido sobrino. Por eso, estaba empeñada en borrar la huella de su vergüenza lo más rápido posible.
Esa mañana, a primera hora, visitó a Andris en el centro de sanación. Su estado no había sufrido ninguna alteración, y los sanadores encargados de su cuidado eran cada vez más escépticos respecto a una posible recuperación.
Crispina se reunió con los arquitectos que llevarían a cabo las obras de reconstrucción, con el fin de estudiar todas sus propuestas.
La mayoría eran partidarios de devolverle el aspecto que tenía antes de la explosión, pero la presidenta albergaba una idea distinta.
Quería aprovechar la reconstrucción para convertir el Salón de Conferencias en algo aún más majestuoso de lo que ya era, y ordenó unas cuantas modificaciones que, finalmente y tras ser debatidas, fueron aprobadas.
Los arquitectos a su favor aseguraron que las obras se podían llevar a cabo en un plazo extraordinariamente breve. Eso sí, empleando un despliegue de medios profesionales y económicos sin precedentes.
Por la tarde, la presidenta había convocado una reunión especial con varios cuero negro, con el objetivo principal de estudiar la situación de la prófuga Xalara Verdreven. Además, tenía previsto nombrar a un nuevo capitán, dado que Orsius Dónel estaba desaparecido y el cargo no podía seguir vacante.
A las cuatro en punto, la mesa del despacho presidencial estaba rodeada de gente. En ella se encontraban la presidenta, el Capitán de la Escolta Presidencial y varios cuero negro con sus caras tapadas. Aunque sus ojos dejaban entrever la curiosidad y el orgullo por estar allí.
—Encontrar a Xalara Verdreven es la absoluta prioridad ahora mismo —dijo la presidenta a modo de saludo.
—Hemos peinado cada rincón de su pueblo y los alrededores, sin encontrar ningún hallazgo reseñable —defendió una cuero negro, quien parecía llevar la iniciativa del grupo.
—Es imposible que se haya desvanecido —se quejó Crispina—. Solo es una adolescente, no puede ser que toda una organización sea incapaz de encontrarla.
—Puede que no actúe sola —volvió a intervenir la cuero negro con cierto titubeo.
—¿A qué te refieres? —preguntó la presidenta.
—Es muy posible que esté acompañada por los herederos.
—Explícate mejor —exigió, inclinándose hacia adelante en la mesa.
—Si estaba aliada con Alexios Kraus y él, al mismo tiempo, formaba parte de la Orden…
es más que probable que ahora esté con ellos.
Y la aparición del cadáver de Orfeus Eslamánder en el cementerio de Yadarme alimenta aún más mis sospechas —añadió—.
Desde el principio se creyó que Xalara había sido secuestrada por los herederos fugados de Ívelmer, pero, ¿y si en lugar de haber sido secuestrada, en realidad siempre fue una aliada?
—Odian a la tercera clase —objetó la presidenta con seriedad—. Quienes conozcan sus ideales saben que eso es imposible.
—Sí, pero… ¿quién sospecharía que una chica de tercera clase iba a actuar bajo la tutela de los herederos? —dijo la cuero negro—. Si lo pensamos con frialdad, es una idea genial para llevar a cabo sus planes.
—Es una posibilidad —intervino el capitán de la Escolta Presidencial, sentado a la derecha de la presidenta.
—Pero no sabemos dónde está Verdreven —refutó Crispina después de mirarlo, obstinada con sus creencias—. ¿Quién puede asegurar que haya vuelto a su maldito pueblo? Quizá continúe en la capital, agazapada en algún escondite, esperando su oportunidad para huir más lejos.
—Las posibilidades son muchas —reconoció la cuero negro con resignación.
—¡Maldita sea esa chica! —rezongó Crispina, dando un puñetazo sobre la mesa—. Hay que encontrarla, sea como sea.
—No dejaremos de intentarlo —aseguró la cuero negro.
La presidenta respiró profundo para mantener su furia a raya.
—Respecto a la protesta de ayer, ¿cuál es el balance final? —inquirió el nuevo vicepresidente.
—Doce jóvenes fueron detenidos y hubo más de cien heridos. Entre ellos, varios miembros de los cuero negro.
—¿Qué se sabe de Orsius Dónel? —preguntó la presidenta, ya más calmada.
—Continúa en paradero desconocido —respondió la cuero negro—. La última vez que lo vieron, fue saliendo de las celdas del Palacio, la noche anterior al juicio del traidor Alexios Kraus. Se supone que Orsius estuvo hablando con él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Crispina al cabo de unos segundos.
—Dayana Cleyton, señora.
—Ponte en pie, Dayana —le ordenó, levantándose ella también—. Acompáñame.
Ambas mujeres bajaron de la plataforma octogonal con solemnidad.
—Ven, colócate frente a mí —ordenó la presidenta.
Ella obedeció.
—Tú serás la nueva capitana de los cuero negro —anunció Crispina.
—No sé si soy digna de tal honor —respondió Dayana, arrodillándose.
—En pie, por favor.
A continuación, la presidenta hizo un gesto con la mano en alto y el capitán de la Escolta Presidencial, ahora haciéndolo en el papel de nuevo consejero de Defensa y Justicia, trajo consigo un abrigo largo de cuero oscuro, atuendo distintivo del capitán de los cuero negro,
que colocó sobre los hombros de Dayana.
—Dayana Cleyton —dijo él—, te entrego esta prenda como símbolo de los valores que debe representar una líder. ¿Juras tu obediencia, respeto y pones tu vida al servicio de la sociedad de Las Cinco Comarcas?
Ella respiró profundo y, después de dirigir un rápido vistazo a sus compañeros sentados a la mesa, dijo:
—Lo juro.
—Entonces, desde este momento, serás la capitana de los cuero negro.
De pronto, uno de los cuero negro que permanecía en la mesa, se levantó bruscamente y, con una serie de movimientos frenéticos desenvainó su espada.
—¡La juventud no somos soldados! —gritó con furia a la vez que un haz de luz salió disparado de su espada en dirección al rostro de la presidenta, cortando el aire con un zumbido amenazante.
El ataque rozó la oreja derecha de Crispina, dejando tras de sí un corte fino pero sangrante, para finalmente impactar sobre la pared de la estancia, donde dejó una quemadura apreciable.
El agresor intentó un siguiente movimiento, pero antes de que lograra ejecutar su plan, fue abatido por el resto de cuero negro que estaban a su alrededor.
Su cuerpo cayó al suelo con un sonido sordo, mientras en la punta de su espada se extinguía un tenue haz de luz que apenas había comenzado a brillar.
La presidenta se llevó la mano a la oreja herida, sintiendo la temperatura tibia de la sangre que emanaba de ella.
—¡Quiero todas las caras al descubierto! ¡Y exijo que digáis vuestros nombres! —bramó Crispina desde el suelo con una voz que resonó como un trueno, bajo la protección del capitán de la Escolta Presidencial
Todos los cuero negro se quitaron el pasamontañas, enumerando sus identidades de forma inmediata. El agresor estaba muerto, pero se percibía la tensión por la desconfianza de que alguien blandiera su arma y volviera a intentar lo que el otro no pudo.
La presidenta se puso en pie, ayudada por el capitán. Luego se volvió hacia él, aún temblorosa.
—Desde ahora —declaró con un tono que no admitía réplica—, todos los miembros oficiales de la seguridad de Las Cinco Comarcas deberán llevar su rostro al descubierto, sin excepción. Si alguno no lo hace, será condenado a cadena perpetua.
Sabía que la medida debía ser aprobada por el Consejo, pero eso no le impedía promulgarla.
El susto provocado por el intento de asesinato no desapareció del cuerpo de Crispina durante el resto de la tarde, que pasó en sus aposentos acompañada por el capitán de la Escolta Presidencial, quien más que nunca parecía su prolongación.
El Palacio fue minuciosamente registrado y todos los miembros de seguridad interrogados. Finalmente se decretó que el asesino había actuado en solitario y por voluntad propia.
Con la llegada de la noche, una lluvia débil, aunque persistente, se instaló sobre la ciudad de Bibrébem.
Crispina, perdida en sus pensamientos, observaba el reflejo distorsionado de su rostro sobre el cristal del ventanal que tenía a su lado, donde las gotas de lluvia se deslizaban como si compitieran para ser la más rápida en alcanzar el marco de hierro.
Algo con lo que jugaba durante su infancia y que ahora la ayudaba a relajarse.
La puerta de sus aposentos resonó con unos toques rápidos.
El capitán de la Escolta Presidencial se encargó de abrirla, revelando a la asistente personal de la presidenta.
—Buenas noches —saludó—. Me gustaría hablar con la presidenta.
—Déjala pasar —ordenó al reconocer su voz desde el otro lado de la estancia.
—¿Qué tal te encuentras?
—Bien —respondió, girándose para observarla y dejando al descubierto un apósito que cubría la herida en su oreja derecha.
—Syliana Meistre solicita verla —informó la asistente con un tono muy suave.
—¿Syliana Meistre? —repitió Crispina, visiblemente desconcertada.
—Así es —afirmó—. Se encuentra en la Gran Escalinata, esperando una respuesta.
—No creo que sea el momento adecuado para reuniones —consideró el capitán.