El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 3 Todo es por su culpa
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Chapter 3 Todo es por su culpa

Había recorrido ese trayecto miles de veces desde que encontró la cabaña en un lugar casi inaccesible del bosque de Yadarme, y hasta ahora nunca se había preocupado de que alguien pudiera aparecer por allí.

Xalara cambió su vida. En realidad, siempre lo hizo, desde que era solamente una bebé y él la vigilaba a través de sus aves.

Fue toda una experiencia verla convertirse en mujer.

Cada día la esperaba en la taberna; siempre iba a la misma hora para verla aparecer.

Quizá resultase un poco turbio para cualquiera, pero para él significaba un motivo por el que seguir viviendo.

Tampoco era un estúpido, sabía que ella no era Lana, pero iba a proteger a su hija porque, de esa forma, aún la sentía cerca.

Odiaba mentirle a Xalara, pero era incapaz de contarle la verdad. Sus padres, cada uno a su manera, significaron para él mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Tal vez, en algún momento, encontrara el valor para decirle la verdad.

Al salir del bosque, guardó más cuidado que de costumbre, asegurándose de que nadie lo viera.

Todo el pueblo sabía que vivía dentro del bosque, pero, que él supiera, nadie había llegado hasta su cabaña.

Aunque si lo hicieran, tampoco podrían verla.

Por eso confiaba en la seguridad de Xalara mientras permaneciera dentro.

La Taberna de Burlen cambió un poco su aspecto después del ataque de los herederos aquella fatídica noche del 9 de abril. Su dueño recibió una indemnización económica del Gobierno por daños y perjuicios. El presidente Alexios Kraus se encargó personalmente de que así fuera.

El dinero fue utilizado para borrar la huella que causaron los herederos, pero lo más destacable fue la compra de un aparato televisivo, siendo el único que existía en el pueblo de Yadarme, lo que causó un gran furor entre los habitantes, que ahora se reunían allí para verla.

Aquel ataque significó una tragedia para el pueblo, pero también fomentó la unión entre sus vecinos.

Cuando Huberto Cóbelpot entró, algunos desviaron ligeramente la mirada hacia la puerta para ver quién era, algo habitual en una taberna de pueblo.

No pidió nada, pero antes de sentarse en su habitual silla pegada a la columna de la barra, Jonatan Burlen ya le estaba sirviendo una enorme jarra de cerveza.

—Hoy no quiero cerveza. Ponme un zumo de naranja.

El tabernero se llevó tal sorpresa, que la jarra estuvo a punto de caérsele. Algo comprensible, porque seguramente llevaba años sin escuchar la voz de uno de sus clientes más habituales; y, además, que no quisiera cerveza…

Enseguida, la atención de Huberto se vio atraída por el aparato de televisión.

»Desde primera hora de la tarde, miles de jóvenes llegados desde todos los rincones de Las Cinco Comarcas se congregan a las puertas del Palacio de la Sede, en una manifestación juvenil sin precedentes en este siglo.

Lo hacen en protesta por la reinstauración de la EDMO.

Una medida que ha generado un intenso debate desde que se conociera la noticia.

Los manifestantes portan pancartas con mensajes como: “No a la militarización de nuestras vidas”.

Argumentan que reinstaurar la EDMO es un retroceso hacia un sistema autoritario y restrictivo.

Huberto se dio cuenta de que algunas pancartas también clamaban contra Xalara, señalando que todo era por su culpa. Después apartó la mirada de la televisión y comenzó a ojear el periódico.

Cuando le servía el zumo de naranja, Burlen tenía los ojos vidriosos, por lo que Huberto prestó oídos a la airada conversación que mantenía con un cliente de pelo lacio y barriga prominente, que se apoyaba en la barra agarrado a un vaso de vino, dando la impresión de que fuera su único sustento.

—Todo esto es por su culpa —despotricó Burlen, apuntando hacia la televisión—. Xalara es la causante de que esos pobres chavales tengan que sufrir de nuevo la EDMO.

—La verdad es que todos la van a odiar —opinó el cliente.

—No es para menos —afirmó Burlen con determinación—. Al fin y al cabo, es una consecuencia más de sus viles actos, y espero que muy pronto pague por ellos. Cada vez que recuerdo a la pobre Aura… Esa chica le amargó la vida hasta destruirla.

—Yo nunca supe de dónde sacó a esa muchacha —se cuestionó el cliente.

—Era la hija de su mejor amiga en su pueblo natal. Al parecer, la madre de Xalara murió, y como no tenía más familia, Aura se hizo cargo de ella.

—No tenía ni idea.

—Sí, la trajo cuando solo tenía unos meses de edad —aseguró—. La adoptó como si fuera su hija y más tarde le enseñó un oficio. Pero esa malnacida siempre rechazó y reprobó todo lo que tuviera que ver con su madrina. Está claro que su muerte fue una venganza.

—¿Crees que la mató su ahijada? —preguntó el cliente con una mueca de horror y escepticismo.

—No lo sé —dudó Burlen—, pero tampoco me importa si fue ella directamente o por su culpa, solo sé que es la responsable de su muerte.

—Yo conocía poco a Xalara, solo de verla por aquí. Era rara, eso sin duda, pero de ahí a querer asesinar a la persona que la cuidó desde que era una bebé…

—Tú no sabes lo mismo que yo de esa chica —protestó Burlen indignado, propinando un puñetazo sobre la barra—. Estuve en su casa varias veces, y nunca vi a nadie comportarse de forma tan desagradecida.

El cliente quiso decir algo, pero el tabernero lo interrumpió.

—¿Y cada vez que venía? Nunca dijo nada, salvo que no le quedara más remedio. Esa chica era una vaga, solo quería leer. Aura estaba harta de ella.

—No conocía a la licorera tan bien como tú —comenzó a decir el cliente de forma tímida—, pero parecía solitaria y melancólica.

—No sé si te acordarás —comentó Burlen—, pero cuando Aura llegó al pueblo, trabajó en esta taberna. Fue empleada de mis padres, e incluso vivió en el piso de arriba durante un tiempo.

—Sí, claro que me acuerdo.

—Es verdad que nunca fue una mujer de muchas palabras —continuó Burlen—, y aunque jamás lo dijo, creo que en su pueblo dejó atrás algo muy doloroso relacionado con su familia.

—En esos casos nunca se llega a pasar página —opinó el cliente.

—Desde luego —afirmó Burlen con la voz quebrada—. No se merecía un final así.

—Nadie lo merece —dijo el cliente, estirando la mano para consolarlo—. Lo que aún no comprendo, es cómo Alexios Kraus pudo llegar a relacionarse con una muchacha de un pueblo como este.

—¿Quién sabe? —contestó Burlen, encogiéndose de hombros—. A veces ocurren situaciones muy extrañas que no tienen explicación.

Los dos guardaron un silencio reflexivo.

—¿Y dónde crees que puede estar ahora Xalara? —preguntó el cliente.

—Con los hermanos Kéitel —respondió Burlen sin dudar mientras se enjugaba las lágrimas con una servilleta.

—¿Tú crees?

—No es que lo crea, estoy convencido de ello —afirmó una vez más, dando una leve palmada contra el tablero de la barra—. Por alguna razón se deshicieron de Orfeus Eslamánder y continuaron ellos tres solos.

—Entonces, ¿apoyas la teoría de que Xalara, de alguna manera, volvió al pueblo?

—Sí, eso por supuesto.

El cliente desvió la vista hacia las ventanas, como temiendo verla asomada por alguno de los cristales, aguardando el momento perfecto para hacerles pagar sus críticas.

—¿Y crees que aún podría estar en él? —preguntó en voz baja, convirtiéndola casi en un susurro.

—Begagxio —siseó Huberto detrás del periódico, orientando su mano disimuladamente hacia la televisión. Esta se apagó, reclamando la atención de todos los presentes, incluida la del propio Jonatan Burlen.

A continuación, Huberto se levantó de la silla y salió hacia la puerta, aprovechando el desconcierto general para llevarse el periódico.

En cuanto puso un pie en la calle, empezó a sentirse mal, como si hubiese enfermado de forma repentina.

Deambuló por el pueblo, siendo presa de un frío inusual. Su andar errático llamaba la atención de quienes se cruzaban con él, aunque tampoco era algo novedoso. Jadeando, no podía dejar de rascarse los ojos con las manos temblorosas.

Tardó mucho más de lo habitual en adentrarse hasta la espesura del bosque, pues en cada paso tenía la sensación de que el suelo se empeñaba en retenerlo.

Lo hizo en dirección noreste y caminó hasta encontrar un pequeño arroyo.

Luego giró a la derecha, siguiendo su cauce.

De repente, un escalofrío mucho más intenso que cualquier otro síntoma anterior recorrió su espalda, colmándolo de una incertidumbre sin precedentes, y entonces estuvo seguro: Xalara estaba en peligro.

Cerró los ojos y trató de concentrarse. Necesitaba contactar con sus aves.

Había varias en la cabaña, con ellas podría ayudarla, como hizo tantas veces.

Extendió su consciencia hacia ellas, tratando de alcanzar la conexión que siempre fue natural e incluso instintiva, pero no encontró nada.

Tenía la impresión de que una niebla espesa hubiera ocultado esa parte de su conciencia, lo que hizo que su desesperación aumentara.

—Vamos —protestó, apretándose las sienes con fuerza, pero solo halló un vacío sordo.

Como si hubiera sido por casualidad, vio el viejo álamo partido por la mitad, y entonces giró a la derecha.

Caminó durante diez minutos en línea recta, esquivando árboles y maleza.

Al toparse de frente con un enorme zarzal, se agachó y reptó por el estrecho hueco que había a ras del suelo.

Huberto recordó lo complicado que fue introducir a Xalara por ahí cuando ella estaba inconsciente.

Finalmente, se puso de pie al otro lado y siguió caminando, hasta que se detuvo en un lugar del bosque donde no parecía haber nada.

Estiró un brazo y realizó la fórmula dunoxdita delante de algo invisible.

Luego lo agarró con sus dedos y, al recoger el brazo, la sala de su cabaña se manifestó antes de entrar en ella.

Todo permanecía dentro de su particular orden.

Las aves estaban apostadas en sus palos y, con un miedo atroz a lo que pudiera encontrarse dentro, su trémula y titubeante mano empujó la puerta entreabierta del dormitorio.

Xalara estaba durmiendo, ilesa. Entonces respiró aliviado y volvió a arrimarla.

Se dejó caer sobre el sillón, comprendiendo que, muy probablemente, acababa de sufrir los primeros síntomas del síndrome de abstinencia.

Había cortado su adicción al alcohol de forma abrupta después de diecisiete años, y quien dormía al otro lado de la puerta tenía la culpa.