El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 2 El despertar #4
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Chapter 2 El despertar #4

—No, desde luego.

—¿Puede que seas un descendiente de los arlayinos?

Huberto suspiró.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Una vez escuché a alguien decir que esa gente tenía habilidades especiales —dijo Xalara, sin poder disimular el desagrado que le provocaba recordar a Óvid Esben, quien se lo dijo después de que ella tuviera una de esas visiones del pasado.

—No sé por qué será —dijo Huberto—. Lo cierto es que no conozco a nadie más que tenga un tipo de habilidad parecida.

Xalara tuvo que morderse la lengua para no admitir que ella era una de esas desconocidas.

Se quedaron durante un rato en un mutismo tenso, en el que ambos parecían incómodos con la presencia del otro.

Xalara empezaba a asimilar que no tenía otra opción que seguir en aquella cabaña, por lo que debía intentar adaptarse a ella.

—¿Tienes algún libro para leer? —preguntó la chica, rompiendo la quietud.

—Nada, solo periódicos.

—Odio las noticias —dijo acordándose de Aura y de las largas y tediosas cenas que acompañaban escuchando el noticiario en la radio—, me aburren.

—Pues no hay otra cosa, lo siento —respondió Huberto, utilizando un tono que denotaba su hartazgo ante tantas preguntas.

—¿Podrías comprarme alguno?

—¿Crees que, si el borracho y extraño Huberto Cóbelpot empieza a comprar libros, sería considerado como algo normal? Más sabiendo que todos en el pueblo conocen tu afición por la lectura.

—No —reconoció Xalara con resignación—. Tienes razón.

La impaciencia empezaba a adueñarse de Huberto, y ella decidió poner fin al avasallamiento de preguntas.

El resto del día transcurrió demasiado lento para Xalara: entre pensamientos autodestructivos y una vorágine de dudas. Pasó las horas tumbada en la cama, escuchando con desconfianza cada movimiento que hacía Huberto.

Estaba experimentando una sensación muy parecida al día que estuvo encerrada en su habitación tras el castigo de su madrina por haber utilizado la arlasofía. La impotencia por no poder hacer nada y la impaciencia por no encontrar una solución amenazaban con hundirla en un pozo sin fondo.

Al llegar la tarde, escuchó cómo Huberto salía de casa sin avisar, seguramente para hacer una de sus visitas rutinarias a la Taberna de Burlen.

Xalara se levantó para comprobar que, como suponía, había bloqueado la puerta mediante arlasofía.

La muchacha le dio una patada, pagando con ella su frustración.

—¿Qué miráis? —exclamó, dirigiendo su atención a los pájaros que colgaban del techo.

Se sentía observada incluso estando sola, por eso entró en el dormitorio y cerró con un portazo.

Volvió a tumbarse en la cama. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Su mente empezó a divagar, recordando los últimos días junto a Víliam, comprendiendo que, a pesar de todo lo horrible que les sucedió y de forma un tanto irónica, habían sido un regalo.

Entonces, instintivamente, se levantó y extrajo del bolsillo interior de su cochambrosa cazadora vaquera, tirada en una esquina del dormitorio, la carta que él le escribió cuando eran niños.

Empezó a leerla, caminando hacia atrás hasta que sus piernas se encontraron con la cama y tuvo que sentarse sobre el colchón.

Jamás pensó que Víliam estuviera enamorado de ella.

En realidad, ni se llegó a plantear que alguien pudiera quererla de esa forma, y eso convertía a su amigo en algo aún más especial de lo que ya era.

Leyó la carta varias veces, incrementando su tristeza con cada nueva lectura. Lamentaba que la última imagen que tuviera de él fuese explotando en miles de pedazos. Una imagen que nunca llegó a contemplar, pero en ocasiones, su imaginación era tan poderosa que solapaba la realidad.

Finalmente, acercó la carta a su cara y la olfateó para ver si aún olía a él.

De un momento a otro, había abandonado la habitación en la cabaña de Huberto Cóbelpot. Y el peso de su cuerpo y la gravedad la habían abandonado a ella.

Se hallaba en un dormitorio muy pequeño, incluso más que el de la cabaña. Xalara vio a un niño sentado en un taburete muy sencillo, pegado a un escritorio que todavía lo era más. Solo tuvo que dar un par de pasos para acercarse a él, aunque estos fueron como si caminara sobre el aire.

Víliam estaba escribiendo la que sin duda era la carta dirigida a Xalara, quien leyó en los ojos del niño una extraña mezcla de tristeza e ilusión.

—¿Vili? —dijo, sabiendo que no obtendría respuesta; aun así, insistió—. Víliam.

Esta vez y de forma sorprendente, el niño levantó la mirada hacia el lugar donde estaba Xalara.

Su rostro, cubierto de pecas a esa edad, era una máscara de confusión.

A continuación, estiró su mano hacia la chica, como queriendo comprobar que a su lado no hubiera nadie.

Ella hizo lo mismo. Sus manos se encontraron a medio camino, atravesándose sin que ninguno de los dos sintiera el más mínimo contacto.

Entonces retornó al dormitorio de la cabaña de Huberto, lamentando que esa visión no se hubiera prolongado. Olió la carta una vez más, intentando regresar al lado de Víliam, pero eso no funcionaba así. No sabía cómo ni por qué sucedía, por lo tanto, era incapaz de controlarlo.