Chapter 2 El despertar #3
Había perdido mucho para poder salir adelante, y todo ello ¿para qué?
Era como vivir capítulos dentro de una interminable pesadilla.
—No sé qué voy a hacer —admitió, superada por la situación.
—Por ahora, irte a la cama —respondió Huberto con un tono resuelto.
—¿Y tú?
—¿Yo qué? —dijo ruborizado, entendiendo el sentido de la pregunta.
—Me refiero a dónde vas a dormir —aclaró ella, sintiéndose aún más incómoda.
—En ese sillón —contestó, señalando el lugar donde la chica estaba sentada—. No te preocupes, he dormido ahí más veces de las que recuerdo.
—Está bien —aceptó ella finalmente.
¿Qué otra opción le quedaba?
Huberto confiaba demasiado en la clandestinidad de su casa, pero, siendo realistas, llevaba muchos años viviendo allí, y era casi imposible que nadie supiera dónde estaba.
A la mañana siguiente, Xalara despertó observando las hendiduras del techo, mientras los problemas colmaban la capacidad de su mente. Incapaz de soportarlo, se levantó de la cama. Al menos se sentía más fuerte, y el dolor de las heridas en las piernas casi había remitido.
Al entrar en la sala la halló vacía. Huberto no estaba, pero sí el vestigio de cómo fue su noche. La muchacha buscó un reloj en vano, y el suyo se había perdido, probablemente en el cementerio durante el ataque de los herederos.
También buscó algo de comer en el pequeño y único mueble existente, pero al abrir las puertas, solo encontró botellines de cerveza y envoltorios vacíos.
Aquello era una pocilga. Necesitaba salir a tomar el aire.
Cuando intentó abrir la puerta, descubrió que estaba cerrada.
—Dunoxdita —dijo Xalara, con la palma de su mano abierta sobre la cerradura y girándola en el sentido de las manecillas del reloj, pero la fórmula no surtió efecto. Sin duda Huberto la había bloqueado con arlasofía para que solo él pudiera abrirla.
Sintió que le faltaba el aire e intentó abrir la puerta por medio de la fuerza, pero era demasiado robusta.
Entonces tomó la impulsiva decisión de intentar romper el tapiado de una de las ventanas, justo cuando alguien pronunciaba algo detrás de la puerta y, a continuación, esta fue empujada hacia dentro.
—Ya te has levantado —saludó Huberto con una sonrisa—. Mejor, así me ayudarás con esto —dijo mostrando un par de bolsas de plástico repletas de comida.
—¿Por qué me has encerrado? —protestó ella con sofoco.
—¿Por qué dices eso? —respondió de forma despreocupada mientras dejaba las bolsas en el suelo.
—Has bloqueado la puerta con arlasofía —contratacó Xalara—. ¿Cómo le llamarías a eso?
—Bueno, es para prevenir riesgos, por si alguien viniera —contestó mientras cerraba la puerta.
—¿No decías que nadie sabe dónde vives?
—Sí, pero es por si acaso. En la situación que te encuentras, toda precaución es poca.
—¿No te das cuenta de que la gente puede empezar a sospechar si compras demasiada comida? —apuntó Xalara—. Una vez nos vieron hablar juntos. Podrían empezar a atar cabos.
—No había caído en esa conclusión —admitió Huberto, echándole un vistazo a las bolsas—. No volveré a comprar tanto de una sola vez. Lo siento.
Tras esta breve discusión, prepararon el desayuno.
Todo lo que compró era comida que no necesitaba cocinarse.
De todas formas, Xalara era una completa inútil en labores culinarias, quedó más que demostrado en su viaje hacia Bibrébem junto a Víliam.
Casi cada acto le recordaba a su malogrado amigo, y si no a su madrina.
Aún se sentía terriblemente mal cada vez que recordaba cómo fue su relación con ella.
—¿Sabes que Aura me prohibió hablar contigo bajo ningún concepto? —soltó Xalara cuando estaban desayunando—. Aseguró que eras un gran peligro para mí.
Huberto asintió. Indudablemente eso también lo había visto. Era demasiado incómodo desconocer qué sabía él y qué no.
—¿Por qué crees que Aura dijo eso? —insistió Xalara.
—Es evidente —respondió con apatía—, la gente tiene una pésima imagen de mí. Y lo comprendo —admitió un tanto afligido.
—No creo que solo fuera por eso —opinó Xalara—. Por su reacción, creo que mi madrina te odiaba profundamente. ¿Alguna vez le hiciste algo malo a ella o a alguien que quisiera?
Huberto tosió un poco, atragantándose con el trozo de pan que estaba masticando.
—Ella era muy desconfiada, por decirlo de alguna forma, y odiaba todo lo que se saliera de lo normal. Y mírame a mí, tenía todas las papeletas para caerle mal —argumentó.
Desconocía el verdadero motivo, pero Xalara tuvo la sensación de que estaba muy incómodo con su pregunta, e incluso lo notó nervioso.
—¿Cómo conociste a mis padres? —preguntó.
Ya que estaban rememorando el pasado, era el momento perfecto para hacerlo.
—Pues…
—Sé quiénes eran, cómo se llamaban, lo que hicieron y cómo murieron —se apresuró ella en interrumpir lo que habría sido un intercambio de argumentos y contradicciones—. Alexios también me lo dijo en aquellas celdas. Puedes ahorrarte el sabotaje de información.
Huberto sonrió levemente.
—Como te iba a decir, tus padres llegaron a Yadarme después de que…
—Sí, sé que el Lórdezeit desterró a mi padre de Bibrébem. Aunque existen sospechas, la razón exacta está por confirmar. A no ser que tú lo sepas.
—Lo desconozco —negó, impaciente—. ¿Quieres que te cuente lo que sé o no?
—Te escucho con atención.
—Tampoco es que haya algo destacable —admitió él—. Lo más importante supongo que ya lo sabes. Simplemente puedo añadir que conocí a tus padres cuando llegaron a Yadarme, y pronto entablamos una gran amistad, aunque fuera por causas desagradables.
—¿Formaste parte de la Rebelión? —inquirió Xalara con sumo interés.
—Basta de preguntas. Es demasiado doloroso para mí hablar del pasado.
La muchacha comprendió que lo decía en serio, porque sus ojos se volvieron brillosos.
—Recuerdo que me dijiste que yo me parecía a mi madre —apuntó haciéndolo con tacto.
—Sí, tienes su misma sonrisa —admitió Huberto, cuyo gesto cambió de pronto, algo que no pasó desapercibido para Xalara.
—¿Por qué noto que hay algo que me ocultas?
—No es verdad —respondió él, que enseguida se ruborizó.
—¿Cómo adquiriste esa habilidad? —preguntó la muchacha, mirando al techo después de unos segundos.
—¿Te refieres a lo de las aves?
—Sí —confirmó, percatándose de que Huberto siempre las llamaba aves y no pájaros.
—Supongo que nací con ella —aseguró—, y se desarrolló al mismo tiempo que la arlasofía, coincidiendo con la pubertad, igual que nos pasa a todos.
—No es una habilidad común —apuntó Xalara.