Chapter 2 El despertar #2
Xalara, que había atraído el periódico hasta sus manos para verlo desde más cerca, lo dejó caer al suelo debido al impacto de la noticia.
No podía creer que hubiesen ejecutado a Alexios siendo inocente.
Qué forma tan cruel e injusta de arrebatar una vida.
Apenas llegó a conocerlo y, aunque durante mucho tiempo creyó que se trataba de un farsante, al final le estaba muy agradecida, porque fue el primero y hasta ahora el único que le reveló información sobre sus padres.
Gracias a él se convirtieron en algo real, dejando de ser solo un anhelo en su mente.
Segundos después, Huberto Cóbelpot entró en la cabaña con los brazos cargados de leña.
—Ah, ya te has levantado —comentó, sorprendido de que estuviera sentada en el sillón—. Veo que las muletas que te hice sirven para algo.
La muchacha continuaba con la mirada perdida en el desordenado montón de periódicos, como si buscara en ellos una explicación que no existía.
—¿Qué te ocurre? —se preocupó cuando dejaba la leña junto a la puerta—. ¿Te duelen las piernas?
No contestó, pero tampoco hizo falta. Bastó con que él se acercara y viese a los pies de Xalara el periódico que anunciaba la ejecución de Alexios.
—Parece que te has enterado —dijo Huberto con pesadumbre, como si también lamentara la muerte del expresidente.
—¿Por qué le declararon culpable si era inocente? —preguntó ella, levantando la mirada hacia el hombre.
—No lo sé —respondió—. Seguramente sea más complicado de lo que pensamos: la nueva presidenta es la tía de Andris Bóstoul.
—¿Qué? ¿En serio? —preguntó Xalara, revolviéndose en el sillón.
—Sí, así es —dijo él mientras se centraba en su tarea de encender la estufa.
—Andris es un maldito traidor. Se la jugó a Alexios, y por su culpa está muerto —aseguró ella.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Alexios me lo dijo.
—¿En qué momento?
—Cuando fui su vecina de celda en el Palacio de la Sede.
Huberto volvió a mirarla, esta vez con una expresión de incredulidad.
—Tienes que contarme todo lo que sepas —solicitó.
—¿Encontraron el cadáver de Andris Bóstoul? —preguntó Xalara, eludiendo una respuesta.
—No ha muerto —dijo Huberto—. Según tengo entendido, sigue debatiéndose entre la vida y la muerte después de la explosión.
Resultaba injusto que Víliam hubiera muerto y él no. Esa circunstancia le restaba importancia a su sacrificio.
—Espero que se muera —afirmó la muchacha con rotundidad, apoyándose en el respaldo—. Tú también conocías en persona a Alexios, ¿no es cierto?
No respondió enseguida.
—Sí.
—Te lo pregunto porque sabías lo de la herencia de mis padres, y que él me la entregó. Aunque supongo que todo lo viste a través de tus pájaros —añadió, dirigiendo la mirada hacia los que colgaban del techo.
Asintió, un tanto azorado.
—¿Por qué son tan importantes esa espada y ese libro? —inquirió Xalara, pues él le exigió que no los perdiera.
—No sé si llegaste a comprobar la particularidad del libro —respondió de manera evasiva.
Ella no contestó, pero su expresión lo afirmaba. Preguntándose también si Huberto era capaz de ver lo que el libro transmitía.
—Entonces imaginarás lo que puede hacer en manos del Lórdezeit —añadió.
«El Lórdezeit» —pensó Xalara. Ese fantasma que tanto tiempo persiguió junto a su amigo Víliam. Aún era incapaz de asumir que jamás volvería a verlo.
—No creo que los herederos tengan el libro en su poder —admitió al notar que la miraba con ansia, por eso añadió—: Es una historia demasiado larga, pero estoy casi convencida de que ellos no lo tienen.
Huberto no solicitó más detalles. Al parecer no quería molestarla demasiado.
—Fairefol —pronunció, apretando con sus dedos índice y pulgar unas páginas de periódico que colocó debajo de los troncos de leña, consiguiendo que una diminuta llama brotara entre sus dedos.
A Xalara le seguía fascinando esa fórmula arlasófica. Nunca dejaría de parecerle sorprendente que con tus propios dedos pudieras crear fuego. Luego recordó a Víliam utilizándola por primera vez en la cueva.
—Hay algo que todavía no sabes —dijo Huberto al ponerse en pie tras cerrar la puerta de la estufa.
—¿El qué? —replicó con suspicacia, levantando la vista.
—Begagxio —dijo él, a la vez que apuntaba con su mano a los periódicos para acercar uno de ellos a Xalara—. Lee la página dos —añadió mientras completaba la entrega.
Ella tomó el periódico entre las manos, comprobando que era el mismo que anunciaba la ejecución de Alexios. Aun así, ojeó la página, pero no vio nada distinto que no hubiera leído en portada, solo que ahí estaba más explicado.
—Perdón, es la página tres —puntualizó al darse cuenta.
Después de lanzarle una mirada cargada de impaciencia, Xalara leyó en silencio.
Sin embargo, su rostro hablaba por sí mismo.
Además de emocionarse al conocer que el expresidente había confesado sus falsos delitos para intentar ayudarla, acababa de leer la declaración de la nueva presidenta, emitida tras ejecutar a Alexios.
En ella se decretaba una orden de busca y captura en su contra, con un plazo de quince días para entregarse y ejercer su derecho a la defensa; si es que aquello era posible, dados los antecedentes de esa mujer en los juicios.
Lo primero que hizo Xalara al terminar de leer la página, fue correr hacia la portada, ansiosa por consultar la fecha de publicación. Era del 3 de mayo. Eso significaba que la ejecución y posterior declaración fueron realizadas el día 2.
—¿Qué día es hoy? —preguntó apresurada.
Huberto abrió la cremallera de su cazadora marrón de pana, chamuscada y cubierta de agujeros. De un amplio bolsillo interior sacó un periódico doblado que no tardó en desplegar delante de su cara.
—9 de mayo —apuntó al consultar la fecha en la portada.
—¿Ese periódico es de hoy? —inquirió ella.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Entonces han pasado siete días de los quince que me ha dado de plazo —dijo Xalara, sintiendo que un invisible reloj de arena había comenzado a flotar encima de ella.
—No importa los días que te haya dado —añadió Huberto.
—¿Cómo que no importa? —rebatió Xalara, entre la sorpresa y la indignación.
—Te quedarás aquí hasta que…
—¿Hasta que qué? —refutó ella, aumentando gradualmente la intensidad de su voz.
—Hasta que todo esto quede en el olvido —aclaró finalmente.
—Esto no se va a olvidar. ¿Es que no lo has visto?
—protestó, golpeando repetidamente el periódico con los dedos—.
Cuando termine el plazo de quince días, seré declarada culpable y condenada a muerte.
Esto no prescribe. Estoy acusada, entre otras falsas atrocidades, de atentar contra la vida del presidente del Gobierno, que, por si fuera poco, da la casualidad de ser el sobrino de la actual presidenta.
Ella me culpa de todo, y será quien decida mi condena.
—No puede declararte culpable sin un juicio previo —alegó sin titubear—. Esa amenaza solo busca presionarte para que te entregues.
—Pues lo ha conseguido —admitió.
—Puedes estar tranquila. Aquí nadie va a encontrarte. Ni siquiera los tontos del pueblo saben dónde vivo.
—No pienso seguir huyendo, estoy harta de esconderme —dijo, acordándose de Aura y Víliam—. Voy a entregarme.
—No, claro que no —replicó él.
—No puedes impedírmelo —dijo, poniéndose en pie con esfuerzo para encarar a Huberto.
—Si lo haces, te estarás condenando a muerte —le advirtió sin vacilar—. Has visto lo que le hizo a Alexios siendo inocente, ¿qué crees que te hará a ti?
—¿Y qué otra opción me queda?
—Esperar.
—¿A qué?
—A que pase el tiempo y se calme la situación —respondió Huberto—. ¿Acaso vas a permitir que las muertes de Aura y Víliam sean en vano sirviendo tu vida en bandeja a esa mujer?
Esa última reflexión frenó las precipitadas decisiones de Xalara, que volvió a dejarse caer sobre el mugriento sillón.
—¿Qué va a ser de mí? —preguntó sin saber muy bien a quién se dirigía. Impotente y exhausta.
—De momento, vas a cenar —contestó Huberto, utilizando un tono paternalista—.
Supongo que tienes que estar hambrienta, llevas varios días sin comer, y estás incluso más delgada de lo que recordaba.
Aquí no tengo muchas cosas, pero puedo comprarlas.
Es más —añadió metiendo la mano en el bolsillo de su cazadora—, te he comprado esta maravillosa sopa que voy a disponerme a calentar.
Ella entendió enseguida que la elección de una sopa como su primera comida desde que estaba allí, no era una coincidencia.
La conocía demasiado bien; al fin y al cabo, la observó durante toda su vida.
Entonces, un asqueroso pensamiento atravesó su mente como un rayo: ¿también la habría visto cuando se vestía, dormía o se duchaba?
Rápidamente se deshizo de esa idea, no quería creer en ello ni por asomo.
La verdad es que Xalara, entre la confusión provocada por haber estado inconsciente varios días, más el impacto emocional de las últimas noticias, apenas había reparado en su hambre. No obstante, su mente y su cuerpo acababan de recordarle la imperiosa necesidad de alimentarse.
Después cenaron, o más bien ella lo hizo, porque Huberto se limitó a observar cómo lo hacía.
—Toma —dijo él, dejándole el diario Las Comarcas sobre la mesa al ver que había terminado la sopa—. Lee lo que pasó ayer en la reunión del Consejo.
Durante los siguientes minutos, en la cabaña imperó un silencio absoluto, solo roto por el crepitar de las brasas dentro de la estufa. Xalara leía el periódico y Huberto aguardaba y observaba su reacción.
—No puedo creer que vaya a reinstaurar la EDMO —manifestó al fin la joven—. Ese método de educación debería quedarse en el pasado. ¡Y encima me pone como ejemplo y excusa para hacerlo!
—Supongo que estamos ante el Gobierno de una tirana en potencia —opinó Huberto.
—Va con todo a por mí —suspiró Xalara, asimilando a quién se enfrentaba.
—Eso parece —admitió él—. ¿Entiendes ahora por qué no puedes entregarte?
No respondió porque estaba demasiado absorta en sus pensamientos.
Por más situaciones increíbles y extrañas que hubiera sufrido en los últimos tiempos, incluyendo la más que probable existencia de un fantasma, era incapaz de asumir que volviese a estar inmersa en otra contienda de tal calado.