Chapter 2 El despertar
Hacía un calor insoportable, incluso para ser un día de verano. Sin embargo, la sombra que ofrecía la tupida alameda atenuaba el sofoco.
La pequeña caminaba deprisa entre los árboles, procurando rozar la pradera con la suela de sus zapatos para no hacer ruido.
—¡Xalara! ¡No te alejes demasiado! ¡Quédate donde yo pueda verte! —gritó Aura bajo el porche de la vivienda.
—¡Cállate! —masculló la niña, fulminando a su madrina con la mirada—. Así es imposible esconderse.
La casa estaba bajo la luz del tórrido sol de agosto, situado sobre el claro del bosque.
Al lado de Aura se encontraba una mujer cuyo pelo castaño trazaba ondulaciones hasta reposar sobre la parte trasera de sus hombros.
Esbozaba una sonrisa irónica mientras contemplaba la escena.
Aunque su mirada, más que centrarse en Xalara, estaba clavada en un niño muy menudo y con la cara cubierta de pecas, que permanecía con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en su brazo derecho, recostado sobre el tronco de un enorme y grueso álamo.
—Setenta y ocho, ochenta y dos, noventa y siete, y… cien. ¡¡Voy!!
El niño se dio la vuelta y comenzó a otear el paisaje en busca de algún movimiento o sonido que pudiera delatar la ubicación de Xalara. Como no vio nada, avanzó por el terreno.
—¡Víliam, no tardes demasiado! ¡Tu padre nos está esperando para comer! —gritó su madre desde la distancia, lo que le provocó una mueca de fastidio.
Al mirar hacia ella, esta le hizo un gesto disimulado con el dedo, señalando el lugar donde se escondía Xalara.
—Eso no vale —susurró la niña, arqueando las cejas con enfado.
Aun así, estaba decidida a ganar el juego, pues Víliam no la había visto. Esperaría a que se acercara y saldría corriendo para llegar al árbol de partida antes que él.
Así lo hizo. Cuando estaba a solo dos pasos de distancia, la niña se incorporó de golpe, revelando su escondite para salir disparada como una flecha. Víliam reaccionó y marchó tras ella.
Después de una carrera muy igualada, ambos llegaron y tocaron el tronco del álamo al mismo tiempo. Fue imposible determinar quién lo hizo primero.
—¡Te gané! —gritó él, entre risas y sofocos.
—¿Qué dices? —protestó Xalara—. Yo he tocado el árbol antes que tú.
—Ni de broma, yo he sido el primero.
—He sido yo —rebatió la niña—. Además, has hecho trampas, tu madre te ha ayudado.
—¡Mentira! —se defendió Víliam, aunque enseguida comenzó a esbozar una sonrisa delatadora.
—¡No discutáis! ¡Habéis ganado los dos! —chilló la madre del niño.
Aún enfurruñada, Xalara desvió la mirada hacia el porche de su casa. Por su expresión, Aura deseaba que se largaran cuanto antes.
Como si fuera sudor, en el rostro de su madrina brotó sangre mientras la miraba y decía:
—Ayúdame, por favor.
De un momento a otro, cayó al suelo con el cuerpo totalmente desgarrado. Justo cuando la casa empezaba a arder.
A su lado, un intenso resplandor desvió la atención de la niña, y comprobó cómo Víliam se iluminaba en una luz casi cegadora.
—¿Vili? ¿Qué te pasa? —preguntó con un dejo de horror—. ¡Dime algo, por favor!
—Te quiero —pronunció el niño, justo antes de explotar en mil pedazos.
—¡¡Víliam, no!!
Ya no estaba en el bosque; ahora yacía boca arriba, mirando a un techo de madera repleto de pequeñas cavidades que filtraban una escasa luminosidad natural.
Tardó un poco en reaccionar, pero al hacerlo cayó de bruces al suelo, después de haber abandonado lo que parecía una cama.
—Tranquila, yo te ayudo —dijo la voz de un hombre que la muchacha no pudo reconocer.
Enseguida, unos brazos la alzaron con dificultad del suelo, y la devolvieron al mullido colchón del que dudaba que pudiera volver a levantarse.
Cuando sus ojos enfocaron lo que tenían delante, contemplaron a un monstruo.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? Déjame, por favor. Quiero irme de aquí —sollozó con impotencia.
—Estás en casa —pronunció el monstruo—. Soy yo, Huberto.
Los ojos de Xalara se abrieron como dos ventanas. Si eso era cierto, lo que tenía delante no era un monstruo, sino un fantasma: Huberto Cóbelpot había muerto en el incendio de su casa aquella fatídica noche.
—¿No me recuerdas? —insistió él, intentando hablar con dulzura, aunque con un evidente deje de preocupación.
—Huberto está muerto —respondió ella, con un tono más calmado, aunque en realidad era de resignación.
—No —aseguró aquel fantasma—, pude salvarme. Y lo hice gracias a ti. Gracias a mi ilusión y compromiso por ayudarte.
El fantasma que aseguraba ser Huberto esbozó una media sonrisa en un rostro desfigurado por las llamas.
—¿No recuerdas que nos vimos en el cementerio aquella noche de tormenta?
La mirada de Xalara se desvió hacia una puerta abierta situada a su izquierda.
Esta conducía a una sala de estar, donde al menos una docena de pájaros se apostaban en barras de madera que colgaban del techo.
Un cuervo desplegó sus alas negras, y los recuerdos, surgidos desde un rincón de su memoria, comenzaron a aflorar como un torbellino.
No hubo aspavientos ni intención de levantarse por parte de Xalara, pero las lágrimas, ardientes como si brotaran de una caldera, comenzaron a surcar su rostro.
—Me siento destrozada —reconoció.
—No te preocupes, te recuperarás.
Intentó tragar saliva, pero apenas disponía de suficiente.
—¿Cuánto tiempo llevo…? —preguntó, mirándose las vendas que cubrían sus piernas.
—Unos días —contestó Huberto—. No sabría decirte exactamente cuántos.
—Así que es cierto —comentó Xalara, volviendo a mirar hacia la puerta—, puedes controlar a los pájaros.
El hombre asintió, sin poder disimular un gesto de orgullo.
—Siempre has estado observándome a través de ellos —reflexionó la chica, con un tono rayano a la molestia.
—Para protegerte —aclaró él.
—¿De qué?
—De cualquiera que intente hacerte daño.
—¿Por qué tienes que ser tú el que me cuide?
—Conocía a tus padres —respondió—. Te lo conté aquella mañana en la taberna.
Ya sabía quiénes fueron sus padres, Alexios se lo dijo, por eso no sentía tanta urgencia de preguntar sobre ellos.
—¿Qué fue de los herederos? —preguntó Xalara, dibujando en su rostro una mueca de terror ante la posible respuesta.
—Huyeron.
—Mierda —lamentó sabiendo lo que se habían llevado.
—No te preocupes por eso —aseguró Huberto, probablemente adivinando a qué hacía referencia su queja—. Supongo que el libro también lo perdiste, ¿no?
La chica asintió, cerrando los ojos.
—No pasa nada —insistió Huberto, aunque en su tono se percibiera lo contrario.
—Lo siento —susurró ella, justo antes de dejarse vencer por un sueño incontenible.
Cuando volvió a despertarse estaba anocheciendo, aunque era difícil afirmarlo dado el escaso acceso a la luz natural en aquella vivienda.
Más calmada ahora que en su anterior despertar, observó con detenimiento el lugar donde estaba.
La habitación carecía de ventanas. Todo se encontraba sucio, incluyendo excrementos de pájaro.
La cama donde permanecía tumbada era el único mueble en un estado más o menos decente.
Tanto las paredes como el techo y el propio suelo, estaban construidos en madera, haciendo inevitable la comparación con su antiguo dormitorio.
Se levantó de la cama muy despacio debido al mareo que sufría. Mientras luchaba para no caer de bruces, reparó en unas improvisadas muletas de madera, apoyadas en la pared.
Provocando crujidos en el viejo tablado, consiguió avanzar hacia la sala que hasta entonces solo había podido ver desde la cama.
Dos ventanas parcialmente tapiadas apenas filtraban la claridad.
El suelo estaba cubierto por una mezcolanza de excrementos de ave y tierra reseca.
El único asiento era un viejo y desgarbado sillón individual arrimado a la pared, junto a la esquina donde se hallaba una estufa.
Frente a él, una desgastada mesa de café acumulaba una fina capa de polvo, restos de comida y manchas de cerveza.
No muy lejos de esto, un pequeño mueble con cajones sostenía un antiguo aparato de radio.
Todo estaba impregnado de un hedor nauseabundo que se colaba en las fosas nasales como si tuviera voluntad propia.
No pudo evitar pensar en Óvid Esben y su casa, lo que la llevó a preguntarse en qué estado de putrefacción se encontraría el cadáver.
Sin embargo, lo más inquietante eran los pájaros, apostados sobre unos delgados troncos suspendidos del techo mediante alambres, observándola con demasiada atención. Comprendió entonces que, con casi toda seguridad, estaba siendo vigilada por Huberto, aunque él se encontrara ausente.
Con recelo y una mirada de atención puesta sobre los pájaros, finalmente se dejó caer en el sillón, reparando en una pila de periódicos desparramados junto a la estufa.
Se inclinó con la intención de recoger alguno, pero entonces recordó que podía utilizar la arlasofía.
Aún no disponía de licencia, pero después de todo lo sucedido, sería irónico no atreverse a emplearla.
—Begagxio —pronunció, apuntando a los periódicos para removerlos y encontrar algo que llamara su atención.
Eso ocurrió tras visualizar entre ellos una imagen: Alexios Kraus de rodillas, esposado y con las manos enguantadas. Al fondo, una multitud bajo paraguas abiertos llenaba la plaza. Esa fotografía reclamó su atención como si gritara su nombre.
A continuación, leyó la noticia que la acompañaba:
«SE HA HECHO JUSTICIA»
Alexios Kraus, quien durante diecisiete años fue nuestro presidente, era ejecutado al mediodía de ayer ante miles de personas que abarrotaban la Plaza Rey Xenon el Primero, tras ser declarado culpable de pertenecer a la Orden de los Herederos.
La sentencia se dictó en el ya histórico juicio liderado por la nueva presidenta del Gobierno, Crispina Streif.
Desde el comienzo, a Streif se le notó que tenía una cuenta pendiente con el acusado, al que trató de desprestigiar y humillar con argumentos que, sin dejar de ser sombríos, buscaban arrancar los aplausos del público.
Kraus se vio absorbido por una avalancha de testimonios y pruebas en su contra, y finalmente no tuvo más opción que confesar sus crímenes.
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