El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 1 La EDMO #2
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Chapter 1 La EDMO #2

No le gustaba el uso del maquillaje, pero esta vez lo consideró necesario.

A las doce menos diez llamaron a la puerta. No hizo falta darle permiso para su entrada: el capitán de la Escolta Presidencial accedió a la habitación de forma inmediata y con cierto descaro.

Un par de minutos más tarde, la presidenta afrontaba el tramo de la Gran Escalinata que la conducía hacia la cámara del Consejo, situada en la torre posterior del Palacio.

Iba acompañada por los cinco miembros de su Escolta, que la rodeaban caminando en formación.

La pared oeste aún continuaba agrietada, y eso le hizo revivir la ira por el daño causado a su sobrino.

Apretó la mandíbula e intentó dejar a un lado ese pensamiento, a la vez que el característico hoyuelo en su mejilla se pronunciaba con una severidad inusual.

Entró en la enorme cámara octogonal, siendo la primera en llegar. El sol de mayo se colaba por los ocho grandes ventanales, inundando la estancia de una luminosidad volumétrica.

Minutos más tarde, sentados en torno a la mesa de cristal con la forma del escudo del Gobierno, se hallaban los miembros del Consejo, cuyos rostros reflejaban incertidumbre y curiosidad mientras debatían asuntos triviales.

En medio de una conversación entre la consejera de la Naturaleza y la consejera de la Moneda, la de Educación, Fiona Vériva, dio un golpe seco sobre la mesa con el plano de su mano, tan fuerte e inesperado que parecía haber roto el cristal.

—¿De verdad estamos aquí perdiendo el tiempo, debatiendo minucias cuando hay asuntos mucho más importantes que ni siquiera aún hemos tocado? —exclamó con una voz que vibraba de ira—. Además de Verdreven, ¡dos herederos siguen fugados!

La presidenta la miró con frialdad, aunque, en el fondo, agradecía su intervención.

—Y lo que es todavía peor —añadió Fiona—, seguimos sin un consejero de Defensa y Justicia. Una figura esencial, sobre todo en estos tiempos de convulsión. ¿Por qué no se ha nombrado o, al menos, propuesto a uno?

Crispina, que hasta ese momento se comportó con impasibilidad dejando el peso de la reunión a otros, esperó un instante antes de responder, justo cuando sus fríos ojos se encontraron con los encolerizados de la consejera de Educación.

—Tienes toda la razón —contestó, utilizando un tono de autoridad calculado—. De hecho, estamos reunidos por esa especial circunstancia.

Los consejeros no pudieron disimular su gesto de sorpresa. Al parecer, ninguno esperaba que la presidenta aceptara tan fácilmente la crítica.

—Por lo tanto —prosiguió sin dar lugar a la réplica—, nombro como consejero de Defensa y Justicia, además de como vicepresidente, al capitán de la Escolta Presidencial.

El anuncio cayó como una tormenta en la sala.

Los rostros mostraban un desconcierto absoluto, pero ninguna expresión fue tan reveladora como la del recién nombrado.

A pesar de mantener su cara oculta bajo el pasamontañas, podía leerse en sus ojos la sorpresa y el rechazo por su doble designación.

Aun así, la expresión de la presidenta se mantuvo imperturbable, a la espera de las primeras protestas a su decisión.

Sin embargo, estas no llegaron enseguida, por eso fue la primera en intervenir.

—Por favor, toma tu asiento a mi derecha como nuevo vicepresidente —dijo, señalando con la vista la silla vacía.

Dudó durante unos instantes, pero finalmente obedeció la orden y ocupó, no sin visible incomodidad, su nuevo asiento en la mesa del Consejo.

—Esta es una decisión precipitada e incoherente —protestó Fiona con voz firme—. El capitán de la Escolta Presidencial es un soldado, no un político.

—No es esta la primera vez que un soldado ocupa el cargo de consejero de Defensa y Justicia —replicó Crispina, utilizando un tono que no daba espacio a objeciones—.

No veo el inconveniente a que el máximo responsable de la defensa del Gobierno pueda ejercer ambas obligaciones.

Además, no deja de ser la persona que más tiempo pasa a mi lado; por eso, considero que es el mejor vicepresidente posible.

Fiona no dio réplica, se limitó a fruncir el ceño. Había protestado por la ausencia de puestos clave en el Consejo, pero sin duda se vio desconcertada por la respuesta obtenida.

El nuevo vicepresidente, también consejero de Defensa y Justicia, se mantenía callado y erguido en su silla, sabedor de que acaparaba todas las miradas.

Entretanto, Crispina cruzó las manos sobre la mesa, forjando lo que parecía ser una leve sonrisa, consciente de haberse quitado un problema de encima, aunque la solución fuera controvertida.

El ambiente de la cámara se convirtió en una tensión contenida, como si el propio aire se hubiera vuelto demasiado denso. La presidenta aguardó a que todos asimilaran el doble nombramiento antes de volver a hablar.

—Hoy, más que nunca, resulta esencial que pensemos en el futuro de Las Cinco Comarcas —dijo despacio, para que la intención de sus palabras calara en los oyentes—.

El futuro es la juventud, y está demostrado que ellos necesitan, además de nuevos y mejores ideales, una dirección clara, así como la fuerza y disciplina necesarias para tomar las mejores decisiones.

Por eso, someteré a votación del Consejo la propuesta de reinstaurar la Educación y Disciplina Militar Obligatoria.

La sala se quedó muda de repente. Las miradas saltaban y se cruzaban de un consejero a otro.

—¿La EDMO? —preguntó Fiona. Su voz sonó como una hoja que cortaba el viento—. ¿Pretende reinstaurar una práctica obsoleta en una sociedad que aspira a encontrar la paz? ¿Acaso pretende hacernos retroceder tres siglos?

Crispina desvió su atención hacia la consejera, con una calma que visiblemente la exasperó.

—Las circunstancias han cambiado, señora Vériva.

Las atrocidades de Xalara Verdreven y Víliam Buendi han demostrado que nuestra juventud puede ser peligrosa si no está educada y disciplinada, y no podemos permitirlo.

Si queremos garantizar la seguridad de futuras generaciones, la EDMO no es solo necesaria, sino algo imprescindible.

Fiona apretó los labios con fuerza, seguramente para contener una respuesta más dura.

—Señoras y señores —continuó la presidenta—, es hora de restaurar el orden, la disciplina y el civismo entre nuestros jóvenes.

Por eso propongo reabrir el Centro de Formación Militar de Lúgardark, donde cada dieciocho meses, quinientos nuevos reclutas de dieciocho años acudirán con carácter de obligatoriedad y serán educados bajo la tutela de los mejores maestres.

—Con el debido respeto —intervino Dafne Gróisel—, reinstaurar esta obligación podría catalogarse como una medida impopular. ¿Cómo vamos a justificarlo ante la opinión pública?

La presidenta clavó sus fríos ojos en ella.

—¿Justificarlo? ¿Desde cuándo las decisiones que aquí se toman necesitan ser populares para ser correctas? —alegó con autoridad—. Nuestra juventud se está perdiendo en la comodidad. Es hora de recordarles el significado del sacrificio y el deber.

La consejera intentó replicar, pero la presidenta se le adelantó con firmeza.

—No me interesan las objeciones emocionales. Hablo de resultados. Una generación formada en la disciplina militar será más fuerte, más útil y, sobre todo, más leal.

—¿Qué pasa con los recursos económicos? —dijo Valeria Fínguel, levantando suavemente la voz—. Abrir un centro de formación militar de esa magnitud requiere un presupuesto considerable, uno del que quizás no dispongamos.

—Dinero siempre hay si se administra de la forma correcta —respondió la presidenta con un tono cortante y al mismo tiempo reprochador—.

No seguiremos debatiendo, la decisión está tomada, así que procederemos a la votación, que como supongo sabéis, será a mano alzada.

Solo es necesario un voto de diferencia para aprobar o rechazar la propuesta.

Los presentes se miraron compartiendo gestos de nerviosismo. Jérsivo Teimes, que no había tomado parte en el debate, sudaba considerablemente, teniendo que secarse con un pañuelo de tela blanca.

—Bien —dijo Crispina—, que levante la mano quien esté en contra de reabrir Lúgardark y reinstaurar la EDMO.

Enseguida, Fiona Vériva alzó con ímpetu la suya, pero nadie más lo hizo.

—De acuerdo —asintió la presidenta—. Ahora, que levante la mano el que esté a favor de la nueva medida.

Todos alzaron la mano hacia el ornamentado techo de la cámara del Consejo, excepto Fiona y el nuevo vicepresidente. A pesar de contar con dos votos, él mantuvo una posición neutral, lo que tal vez significaba un síntoma de rabieta.

—En vista de la votación, los resultados son los siguientes —anunció Crispina con un tono de victoria contenida—: Votos a favor, cuatro. Votos en contra, uno; y votos en blanco, dos. Por lo tanto, queda aprobada la reinstauración de la EDMO con la pertinente reapertura de Lúgardark.

Fiona arrastró su silla hacia atrás y se puso en pie con descaro. Su expresión rezumaba frustración y repugnancia.

—Estás utilizando tu odio hacia Xalara para reinstaurar algo que formaba parte de nuestro oscuro pasado —dijo, lanzando la acusación como un puñal.

Sin inmutarse, la presidenta le dirigió una mirada indiferente.

—¿Y vosotros? ¿Dónde está vuestra dignidad? —añadió la consejera—. Calláis y asentís como si no supierais el significado de lo que acabáis de aprobar.

Nadie dijo nada, aunque algunos miraron hacia la mesa con una mueca de reparo.

—No puedo ser parte de algo que traiciona sus propios principios —aseguró Fiona—. Las personas que tengo ante mí no son las mismas a las que un día acepté unirme para mejorar nuestra sociedad —hizo una pausa y desvió la mirada hacia Crispina de forma abrupta—. Presento mi dimisión irrevocable.

Justo después de decir eso, dedicó una mirada de desprecio a quienes, hasta un instante antes, habían sido sus compañeros, y se fue. El sonoro golpe que produjo la puerta al cerrarse tras ella retumbó en toda la sala, provocando que algunos consejeros se removieran incómodos en sus asientos.

Un poco más tarde, todos los miembros del Consejo abandonaron la cámara, haciéndolo entre murmullos. Salvo la presidenta y su nueva mano derecha, que tomó la palabra nada más quedarse solos.