El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2) Chapter 1 La EDMO
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El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2)

El Legado de Lúgardark (Arlasófica 2)

Por A.R. Alvarez

© inepub.com

Chapter 1 La EDMO

El pasillo estaba sumido en una siniestra oscuridad.

Aunque la explosión no había afectado a esa parte del Palacio, el sistema de iluminación resultó dañado en todo el edificio.

Ese problema se agravaba al caer la noche sobre la capital de Las Cinco Comarcas.

Utilizando la fórmula volter tres miembros de la Escolta Presidencial, uniformados de blanco y con el rostro oculto por un pasamontañas, proyectaban un resplandor que iluminaba el paso firme de la presidenta hacia una empinada escalera descendente.

Tras bajar, se encontraron ante una puerta de barrotes de acero, donde un cuarto miembro custodiaba su acceso.

—Abre la puerta —le ordenó Crispina Streif con voz gélida.

—Oxditadunta —pronunció él, girando su mano derecha frente a la cerradura en el sentido de las agujas del reloj.

—Quedaos todos aquí —añadió ella—. Volter.

A continuación, bajó una escalera en espiral, flanqueada por paredes húmedas que destellaban a su paso.

Después de un largo descenso, accedió a un claustrofóbico corredor, donde una serie de celdas con barrotes herrumbrosos se alineaban a ambos lados.

En la puerta abierta de una de las celdas a su izquierda, colgaba una lámpara portátil.

Solo entonces, la presidenta desactivó la fórmula que iluminaba su mano.

Al oír su llegada, el nuevo capitán de la Escolta Presidencial, identificable por llevar un pasamontañas dorado, salió a su encuentro mientras se limpiaba las manos con un paño húmedo. El blanco impoluto de su uniforme estaba salpicado por gotas de sangre.

—¿Has averiguado algo? —preguntó Crispina.

—No sabe nada —respondió él, con un deje de frustración.

—¿Hiciste todo lo necesario para que confesara?

—Compruébalo tú misma —dijo, haciéndose a un lado para que ella pudiera asomarse al interior de la celda.

Dentro se hallaba un hombrecillo calvo, cuyas manos, enguantadas para evitar la activación de fórmulas arlasóficas, pendían de unas cadenas ancladas a la pared.

Debido a la pequeña estatura del prisionero, estas casi lo mantenían suspendido en el aire.

Tenía la ropa empapada y adherida a su esquelético cuerpo, y de no ser porque temblaba, habría asegurado que estaba muerto.

Su rostro desfigurado, con una perilla larga y perfilada, colgaba del cuello como un peso muerto.

La sangre formaba en el suelo una mancha roja que no dejaba de crecer.

Crispina recogió un caldero lleno de agua y la vertió sobre la cara del prisionero, que se estremeció mientras volvía a recuperar la consciencia. Se acuclilló junto a él, observándolo con una mezcla de curiosidad y desprecio.

—Buenas noches —saludó con descaro.

Él alzó la vista, esforzándose para ver quién hablaba, a través de unos ojos muy hinchados.

—¿Sabes dónde está Xalara Verdreven? —inquirió.

—Ya les dije todo lo que sé —contestó con un hilo de voz—. Por favor, acaben con esto.

—Xalara Verdreven entró en tu establecimiento tras provocar, en colaboración con Víliam Buendi, una gran explosión en el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede, atentando contra la vida de su presidente —profirió Crispina, sin mencionar al resto de las víctimas—.

Poco después, fue vista desapareciendo dentro de tu negocio, a la vez que bebía el contenido de un frasco que, supongo, le proporcionaste de alguna manera.

El hombrecillo habló, pero su tono de voz era tan débil que tuvo que acercar el oído a su boca.

—Esa muchacha intentaba robarme. La pillé antes de que pudiera hacerlo, e intenté convencerla para que se entregara. Luego desapareció repentinamente. No sé cómo lo consiguió —dijo él.

—Han investigado tu negocio y el inventario que guardas en el almacén —continuó Crispina—, y han hallado una receta cuyo nombre decía: Brebaje Transportador. ¿Tienes algo que alegar al respecto?

—Solo es para atraer la atención de los clientes —explicó—. No existen ese tipo de brebajes. Si fuera cierto, sería rico.

Crispina se irguió lentamente, mostrando en su gesto una media sonrisa cargada de incredulidad.

—Qué conveniente —comentó con sorna.

—¡Les he dicho todo lo que sé! —exclamó el hombrecillo con una repentina desesperación—. No tengo nada que ver con esa chica.

—Puede que digas la verdad —admitió ella—, pero no te creo y tampoco hay forma de comprobarlo.

—Por favor —sollozó, gastando sus escasas fuerzas para levantar la vista.

De repente, un puñal cruzó bajo el brazo de la presidenta y se hundió en el corazón del prisionero, que, con un último estertor, miró a quien acababa de quitarle la vida.

—¿Por qué has hecho eso? —protestó Crispina, dándose la vuelta para encarar al capitán.

—Ya dijo todo lo que sabía —contestó él con calma—. Tengo la experiencia suficiente para saber cuándo alguien dice la verdad.

—No puedo quitarme la sensación de que ese enano nos ocultaba algo —replicó ella—. La gente no desaparece así como así, ni siquiera estando la arlasofía de por medio.

—Quién sabe si eso fue realmente lo que ocurrió —opinó él.

—Los cuero negro que la persiguieron lo aseguran —dijo ella.

—Esos no saben ni lo que vieron —refutó—.

¿Derribaron la puerta justo cuando la chica desaparecía bebiendo de un frasco que curiosamente también ha desaparecido?

Creo que solo es una excusa pactada entre todos para justificar el ridículo de no haber podido arrestar a una simple adolescente.

Tienen miedo de perder su empleo por culpa de su increíble inutilidad. Y con razón.

—Sigo pensando que deberíamos haber alargado el interrogatorio —dijo con inquietud.

—Te preocupas demasiado —respondió él.

—Y sin embargo tú nunca te preocupas por nada —replicó ella—. Siempre has sido un irresponsable, esforzándote para ser más valiente que los demás.

—Casi nunca hay peligro en lo que hago —aseguró con un deje de sarcasmo mientras se quitaba el pasamontañas—. Eres tú la que lo exagera todo.

Dejó a la vista un rostro cuadrado, con el cabello casi rapado y empezando a mostrar signos de calvicie. Una barba negra y recortada intentaba darle, sin mucho éxito, una apariencia de autoridad.

—¿Y si alguien te vio traerlo hasta aquí?

—¿Quién iba a verme?

—Cualquiera —contestó la presidenta—. Puedes haberte cruzado con decenas de personas.

—Si alguien me hubiera visto, ya habríamos oído rumores.

Crispina no modificó su expresión de inquietud.

—Todo lo que pasó con ese hombre ha muerto con él —dijo el capitán, apuntando con su dedo al cadáver—. Y vuelvo a asegurarte que no sabía nada. No te preocupes, encontraremos a esa chica y podrás completar tu venganza.

—Deberías ser mi vicepresidente —soltó con más calma.

—No me gusta la política —aseguró él—. Y tú lo sabes bien.

—Todo es política —repuso—. Cada decisión que tomamos lo es.

El capitán esbozó una sonrisa resignada antes de volver a ponerse el pasamontañas.

—¿Qué hago con el cadáver?

—Déjalo donde está —contestó Crispina sin titubear—. Aquí nadie lo encontrará.

Ambos contemplaron el cuerpo sin vida con mirada reflexiva.

A la mañana siguiente estaba prevista la primera reunión del Consejo de la nueva presidenta, convocada para las doce. Los medios de comunicación se hicieron eco de ella, y toda la sociedad estaba expectante por descubrir qué sucedería.

Crispina se levantó antes del amanecer, cuando el cielo comenzaba a transitar del negro a un pálido rosado.

No pegó ojo en toda la noche. La figura de Xalara Verdreven no se iba de su mente, persiguiéndola como un espectro en cada rincón de su conciencia.

Su sobrino continuaba debatiéndose entre la vida y la muerte por culpa de esa muchacha.

Cada día que pasaba en libertad era una derrota más para la presidenta.

La impotencia de no encontrarla consumía lentamente su moral.

Tenía movilizados todos los medios disponibles para su búsqueda, sin haber hallado aún ni la más mínima pista sobre su paradero.

Amaba a su sobrino, lo hizo desde el mismo día de su nacimiento.

Nunca se llevó demasiado bien con su hermana: la gran diferencia de edad fue un obstáculo insalvable, pero Andris había llenado esa carencia afectiva, porque, aunque eran tía y sobrino, solo se llevaban cinco años.

Se prometió que siempre lo protegería, a pesar de haber perdido el contacto con él.

Especialmente después de que el Lórdezeit se hiciera con el poder, momento en el que Andris se distanció de toda su familia.

Cuando se enteró de que su sobrino había sido herido de gravedad en una explosión, se hizo la promesa de que, a quienquiera que fuese el culpable, se lo haría pagar con creces.

Se movilizó enseguida y se presentó como candidata a la presidencia del Gobierno, obteniéndola con muchas menos dificultades de las que pensaba, al ser la única elegible.

De esa forma tomó el relevo de su querido sobrino.

Se había vengado de Alexios Kraus, y Víliam Buendi se encargó personalmente de quitarse del medio. La única pieza que le faltaba por eliminar era Xalara Verdreven.

Sin embargo, además de tía, también era presidenta del Gobierno, y estaba a pocas horas de afrontar la que sería su primera reunión del Consejo.

En la que pretendía aprobar un decreto con una gran repercusión mediática.

No podía permitirse el lujo de ceder ante su obsesión.

Necesitaba que su actitud y palabras fueran lo más lúcidas posible.

Una hora más tarde, llamaron a la puerta de sus aposentos.

Era su asistente personal, una mujer de su misma edad llamada Sarah Corman, con el pelo a media melena, recogido hacia atrás con gomina.

Ella era la única que sabía lo que iba a proponer.

Le ofreció el puesto nada más ascender a la presidencia, porque era su íntima amiga desde que juntas estudiaron la carrera de periodismo.

Repasaron durante casi un par de horas todos los documentos necesarios, y volvió a quedarse sola, con la única compañía de sus truculentos pensamientos.

Cuando entró al baño para terminar de arreglarse, se miró en el espejo mientras se abotonaba la blusa negra que, sumada a los pantalones del mismo color y textura, le otorgaba la apariencia solemne que pretendía.

En su reflejo se notó la piel más blanca de lo normal y, alrededor de sus estrechos ojos, se marcaban unas bolsas oscuras que le conferían un aspecto sombrío.