79
Marlene
El mundo se detuvo cuando el primero de ellos se quitó el pasamontañas.
No entendí nada al principio. El miedo continuaba clavado en mi pecho como un cuchillo, impidiéndome pensar con claridad. El corazón me latía en los oídos, y mis piernas temblaban tanto que apenas me sostenían. Aun así, di un paso atrás cuando el hombre avanzó hacia nosotras.
Después, otro hizo lo mismo.
Las luces del descampado iluminaron sus rostros uno a uno, y el aire se me quedó atrapado en los pulmones cuando me fijé en lo familiares que me parecieron aquellos hombres. Achiqué los ojos, encontrándome con esa mirada que había aprendido a reconocer en cualquier lado.
—No… —susurré, incapaz de creerlo.
El último en descubrirse fue él.
Andrei.
Ya no llevaba el traje que vestía hacía apenas unos minutos, ni llevaba el dichoso bastón. Se acercó con cautela, caminando despacio con el cuerpo rígido, como si cada paso le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Sentí cómo algo se dentro de mí se rompía, algo que llevaba sosteniendo con la fuerza que había sacado de lo más profundo de mis entrañas desde que había salido de aquella habitación.
Corrí.
No recuerdo cómo crucé la distancia que nos separaba, solo sé que me lancé contra su pecho y me aferré a él con todo lo que tenía, como si temiera que el mundo fuese a arrancármelo si lo soltaba.
Lloré, y grité desesperada. Me rompí sin pudor alguno, hundiendo el rostro contra su pecho mientras mis manos se aferraban a su chaqueta.
—Pensé… pensé que… —balbuceé entre sollozos—. Anna… mi hermana…
Sus brazos me rodearon al instante, fuertes, firmes, cerrándose a mi alrededor como un refugio al que había regresado después de una guerra interminable, una en la que el mayor daño colateral había sido yo misma.
—Ya estás a salvo —murmuró con mimo—. Estás a salvo.
—Pensaba que…
—Perdóname —susurró contra mi coronilla—. Tenía que hacerte creer que todo iba mal para no ponerte en peligro.
Negué, llorando aún más fuerte.
—Anna… —repetí, como si el nombre me quemara en la lengua—. No sé dónde está… no sé si…
El sonido de un coche interrumpió mis palabras. Un motor se acercaba despacio, sin prisas.
Andrei alzó la cabeza, pero no me soltó. Yo también me giré, todavía temblando, cuando los faros iluminaron el descampado. El vehículo se detuvo a unos metros de donde nos encontrábamos, y la puerta se abrió.
Nikolai, el hermano mayor de los Romanov, salió de él.
Y entonces la vi.
Anna.
Bajó del coche corriendo, descalza, con el pelo revuelto y los ojos abiertos de par en par. Por un segundo, nos miramos en la distancia, como si ninguna de las dos se atreviera a creer lo que veíamos.
Después, corrimos a la vez.
Nos chocamos en medio del descampado y nos abrazamos con una fuerza que casi nos partió en dos, llorando, riendo y sollozando al mismo tiempo, como si el cuerpo no supiera cómo gestionar tanta emoción junta.
—Ay, me haces daño —musitó con esa vocecilla que adoraba—. Pensé que no volvería a verte.
—Yo también —respondí, apretándola aún más—. Yo también.
Cuando por fin nos separamos un poco, Nikolai se acercó despacio, observándonos con esa expresión suya que no dejaba ver demasiado, pero esa noche era distinta.
—Yo me ocupo de ella —comentó al mismo tiempo que cogía a mi hermana en brazos.
Giré la cabeza hacia Andrei.
Seguía allí, mirándome como si yo fuera lo único que existía en el mundo. Sentí su mano posarse en mi espalda, firme, presente. Me abracé a él.
—Gracias.
—Es hora de volver a casa —anunció.
—Yo ya estoy en casa —respondí.
Una semana después
La radio sonaba de fondo mientras el sol caía sobre la costa italiana.
—… más de veinte detenidos en una de las mayores operaciones contra una red internacional de tráfico de personas.
—Escuché como decía el locutor—. Entre los arrestados se encuentran empresarios, intermediarios y figuras políticas de alto nivel mundial.
Se han incautado documentos, material audiovisual y registros financieros que podrían destapar una trama de corrupción sin precedentes.
Apagué la radio.
Desde la terraza podía ver el jardín, donde Anna corría detrás de Matt riendo, mientras nuestro padre los observaba desde una hamaca, atento, pero tranquilo. Era una imagen tan normal que aún me parecía irreal.
Andrei salió de la casa y se colocó a mi lado. Apoyó una mano sobre mi hombro y no dudé en girarme para besarle, suave, sin prisa, como si el tiempo por fin nos perteneciera. Le abracé, cobijándome entre sus brazos, en mi lugar favorito del mundo.
—¿Has sido tú? —le pregunté en voz baja—. Todo esto… los arrestos.
Negó despacio con la vista fija en mi familia.
—No —respondió—. Fue Hans quien lo hizo.
Fruncí el ceño.
—¿Hans?
Aún había demasiado que tenía que contarme, pero me alegré de escucharle.
—Él empezó todo —explicó—. La lista, las pruebas, las conexiones… Solo necesitaba a alguien que no tuviera miedo a sacarlo a la luz cuando ya no pudiera hacerlo él.
Miré de nuevo a Anna, al jardín y al cielo limpio.
—Entonces ganó —susurré.
Andrei me apretó un poco más contra su pecho.
—Sí —aseguró—. Todos hemos ganado.
Enterré mi rostro en su camiseta, respirando hondo, dejando que la calma se instalara por fin en mi cuerpo. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo del mañana.
Porque había sobrevivido.
Porque estábamos juntos.
Y porque, al final, todos acabarían cayendo, incluido La Mort.