78
Marlene
No sabía cómo caminar sin mirar atrás.
Cada paso que daba, alejándome de aquella habitación, era como sentir que me estaban arrancando un trozo de corazón.
Tenía la sensación absurda de que, si volvía la cabeza, Andrei seguiría allí, apoyado en el bastón, observándome marchar con esa mirada que siempre parecía decir más de lo que sus labios pronunciaban.
Pero no podía hacerlo.
Porque si lo miraba una vez más, no sería capaz de irme.
Las lágrimas volvieron a bañar mi rostro mientras avanzaba por el pasillo junto a Luca.
Ya no tiraba de mí, ni siquiera me tocaba.
Caminaba medio paso por delante, con la calma medida de alguien que está acostumbrado a moverse en esos ambientes sin levantar sospechas.
Pero sabía que me vigilaba, atento a cualquier gesto que pudiera delatarnos.
Aun así, el miedo me trepaba por la garganta.
Porque, aunque quería creer en Andrei, aunque necesitaba hacerlo para no romperme por completo, la realidad era que yo regresaba al infierno, y él se quedaba fuera.
¿Y si no volvía a verle?
¿Y si todo aquello solo había sido una despedida?
La idea me golpeó con tanta fuerza que tuve que taparme la boca para contener un sollozo.
Quizá… quizá todo aquello no iba de mí.
Quizá tenía que encontrar antes a Anna.
Tal vez Andrei solo había vuelto para sacarla a ella antes que a mí, y que yo volviera no era más que una consecuencia de liberar a mi hermana.
Tragué saliva, intentando apartar esos pensamientos de mi cabeza, antes de que me destrozaran por completo.
Al llegar a la zona de salida, el bullicio era distinto. Las chicas que habían sido adjudicadas esa noche eran conducidas por distintos pasillos. Algunas llorando; otras completamente ausentes, como si ya no quedara nada dentro de ellas.
Sabía en qué se convertirían después. Dejarían de ser chicas de lujo para que las utilizaran en cualquier lado.
Vi a Eve en la lejanía, pero antes de que pudiese avanzar hacia ella, Luca me tomó del brazo, tirando de este.
—Todo irá bien —aseguró al depositarme un dulce beso en la mejilla justo cuando se despedía de mí.
Intenté que una mueca se dibujase en mis labios, pero no fue más que una llena de pesar y tristeza. Los ojos de Eve cruzaron los míos y, por un instante, el mundo se redujo a ese gesto de comprensión muda entre nosotras.
Di un paso hacia ella.
—Quédate conmigo —le supliqué en voz baja cuando estuvimos lo suficientemente cerca—. Por favor.
No quería perderla también a ella, pero entonces, como si el universo se estuviese riendo de mí, una mano apareció de repente. Le agarraba del brazo con brusquedad. Seguimos el recorrido y nos encontramos el rostro del mismísimo diablo.
Giovanni.
Miré a ver si encontraba a mi nuevo aliado, pero ni rastro.
Su rostro estaba tenso, irritado, como si aquella noche no hubiese salido exactamente como esperaba.
—Tú vienes conmigo —gruñó, tirando de ella sin cuidado.
—¡Suéltame! —protestó Eve, intentando zafarse.
Di un paso hacia ellos.
—¡Déjala! —exclamé sin pensar.
Giovanni ni siquiera me miró.
Tiró de Eve con más fuerza, arrastrándola hacia otro pasillo. Ella giró la cabeza hacia mí, desesperada. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Sé libre por mí —gritó.
Sentí algo desgarrarse dentro de mi pecho.
—¡Eve! —chillé, intentando alcanzarla.
Un asistente me sujetó del brazo antes de que pudiera moverme.
—No es asunto tuyo.
—¡Déjala en paz! —voceé, forcejeando—. ¡Suéltala!
Pero ya era tarde. Giovanni desapareció con ella tras una puerta que se cerró de golpe, y entonces comprendí que quizá no volvería a verla.
Las lágrimas regresaron violentas, imparables.
No tuve tiempo siquiera a procesarlo cuando dos hombres me empujaron hacia la salida trasera del edificio, donde nos esperaban varias furgonetas negras con el motor encendido.
Las otras chicas ya estaban siendo introducidas dentro, algunas demasiado cansadas para resistirse.
Intenté soltarme.
—¡No! —me quejé— ¡Dejadme!
Nadie me escuchó.
Me empujaron dentro del vehículo y la puerta se cerró con un golpe seco a mi espalda. El interior olía a humedad y gasolina.
Había tres chicas más conmigo, sentadas en silencio, abrazándose a sí mismas. Una lloraba en voz baja; otra miraba al suelo; y la tercera tenía la mirada completamente vacía.
El motor arrancó.
Intenté controlar la respiración, pero el pánico seguía creciendo dentro de mí.
Conté los segundos, como siempre hacía, intentando recordar cuánto tiempo tardaban normalmente en llevarnos de un sitio a otro.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Esta vez no llegamos ni a cinco.
La furgoneta se detuvo demasiado pronto. Nos miramos entre nosotras, confundidas. El silencio dentro del vehículo se volvió más pesado, incluso inquietante.
La puerta trasera se abrió de golpe, y la luz de unos focos nos cegó por un instante. Parpadeé varias veces hasta que pude distinguir el entorno. Un descampado. Oscuro. Vacío.
El frío de la noche me atravesó la piel cuando nos obligaron a bajar una a una.
El corazón comenzó a latirme con más fuerza de lo normal, volviéndose ensordecedor. Las piernas me cimbrearon y por un momento creí que me desmayaría allí en medio. Tres hombres vestidos completamente de negro nos esperaban frente a la furgoneta. Llevaban pasamontañas y guantes. Típico de La Mort.
Sentí cómo el mundo se desmoronaba bajo mis pies.
Las chicas comenzaron a llorar.
Las manos me temblaban, y solo pude cerrar los ojos, imaginando el hermoso rostro de Andrei observándome con devoción. Las lágrimas volvieron a bañar mi cara cuando creía que ya no iba a poder llorar jamás.
—Por favor… —susurré, retrocediendo un paso—. No nos hagáis daño.
Uno de ellos avanzó, y el pánico tomó a una de las chicas, haciendo que dejase ir un profundo alarido que me llegó a los huesos.
—¡No nos matéis! —vociferó entre lágrimas—. ¡Por favor, no nos hagáis nada!
Sentí como el miedo me paralizaba, y volví a centrarme en él, en Andrei. Su abrazo, su promesa y en que quizá nunca sabría que había sido el último pensamiento bonito que tuve antes de morir.