77
Marlene
Todavía estaba intentando recuperar el aliento cuando llamaron a la puerta.
No fue un golpe fuerte, ni siquiera insistente, solo dos toques secos que rompieron el silencio que había quedado en la habitación después de habernos amado. Después de volver a sentirnos y recordar quiénes éramos cuando el mundo no nos estaba arrancando la piel a tiras.
Sentí cómo el cuerpo de Andrei se tensaba sobre el mío.
Seguía abrazada a él, desnuda bajo las sábanas revueltas, con la espalda apoyada contra su pecho, escuchando su corazón latir con fuerza. Me negué a moverme, como si quedarme quieta pudiera detener el tiempo unos minutos más.
—Joder… —murmuró él, casi más para sí mismo que para el que estuviera al otro lado.
Volvieron a llamar.
Esta vez reconocí la voz al otro lado.
—Andrei —dijo el hombre que me había llevado hasta la habitación—. Siento romper la magia, pero tenemos que movernos.
—Dame dos minutos, Luca.
—Dos minutos, ni uno más —anunció el italiano—. Nikolai tiene algo.
—De acuerdo.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
No.
No podía ser ya.
Me incorporé de golpe, agarrando el brazo de Andrei con ambas manos, como si temiera que fuese a levantarse y desaparecer.
—No —susurré, y mi propia voz me sonó desesperada—. No… todavía no.
Andrei se puso en pie, entonces fue cuando pude ver su espalda, llena de cicatrices recientes, que brillaban bajo la luz de la habitación. Ahogué un quejido, al mismo tiempo que me tapaba la boca.
Me miró, con los ojos todavía nublados por lo que acabábamos de compartir, y regresaron poco a poco a esa dureza que le imponía la realidad. Ignoró mi gesto, se sentó a mi lado, pasando una mano por mi espalda desnuda, intentando calmarme.
—Marlene…
Negué con la cabeza mientras las lágrimas regresaban sin permiso.
—No quiero volver ahí fuera —dije, y mi voz se quebró—. No quiero volver con él… No a ese sitio.
Se me cerró la garganta y tuve que apartarle la mirada porque el miedo regresaba como un puñetazo en el estómago.
Fuera, ese tal Luca habló de nuevo.
—No podemos retrasarlo más, si no vuelve conmigo, levantaréis sospechas.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía otra vez.
Me aferré a Andrei, hundiendo el rostro contra su pecho.
—No me hagas volver… —sollocé—. Por favor.
Sus brazos me rodearon con fuerza, sujetándome contra él, como si quisiera esconderme del mundo.
—Mírame.
Negué.
—Marlene —insistió, más firme.
Alcé la cabeza entre lágrimas, encontrándome con su mirada clavada en la mía, con esa intensidad que me desarmaba.
—Voy a sacarte de aquí —prometió—, pero necesito que confíes en mí —me pidió.
Asentí dos veces, sin ser capaz de articular palabra, sumiéndome de nuevo en ese pánico absoluto. Me había salvado una vez, pero… ¿Podría hacerlo dos?
—Te juro por mi vida que pronto volverás a casa, pero necesito un poco de tiempo.
No había duda en su voz, ni promesas vacías, solo una verdad aplastante.
—Pero ahora —continuó—, tenemos que hacerlo bien. Si sospechan algo, te harán desaparecer, y no pienso dejarte aquí ni un minuto más de lo necesario.
Respiré de manera entrecortada, intentando asimilarlo, intentando confiar y no derrumbarme otra vez.
Andrei se incorporó despacio y buscó algo en la mesilla. Cuando volvió hacia mí, llevaba un pequeño objeto dorado entre los dedos.
—Quiero que te quedes con esto.
Lo miré sin comprender.
Era un punzón de oro, delicado, elegante, con un diseño antiguo que parecía demasiado hermoso como para estar en un lugar como aquel.
—Es muy importante para mí —me explicó, aunque no me dio demasiada información—. Me lo devolvió alguien a quien quiero, y ahora tienes que tenerlo tú.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
—No hace falta que lo hagas —se apresuró a decir, al mismo tiempo que tomaba mis manos entre las suyas—. Quiero que lo lleves contigo —anunció—. Siempre. Hasta que pueda sacarte de aquí.
Tragué saliva, sintiendo que me asfixiaba con mi propio aire.
—¿Por qué?
Sus dedos rozaron mi mejilla, limpiando una lágrima traicionera que ya descendía por mi piel.
—Porque si en algún momento dudas… si crees que no voy a volver, quiero que recuerdes que estoy fuera.
Mis manos temblaron cuando lo tomé.
Un recuerdo físico, algo real.
Me levanté despacio, todavía desnuda, y busqué un espejo. Tenía el cabello revuelto, húmedo por el sudor y las lágrimas. Respiré hondo e intenté recomponerme mientras recogía mi cabello en un moño improvisado.
Mis dedos abrieron un pequeño hueco entre los mechones y deslicé el punzón dentro, asegurándolo contra mi cabeza.
Caminé de nuevo hacia donde se encontraba y él sostuvo mi rostro entre sus manos, con mimo.
—Sé fuerte, solo un poco más —me pidió, aunque se me antojó más un ruego.
Asentí, aunque sentía que volvía a romperme.
—Ven a por mí —susurré.
—Incendiaría el mundo por ti.