El legado de los Romanov 76
98%

76

Andrei

Tenerla entre mis brazos era el mayor regalo que la vida podía haberme hecho. No iba a negar que me mataba por dentro pensar que tendría que dejarla marchar, pero en aquel momento lo único que deseaba era perderme en ella.

Marlene.

Mi maldita Marlene.

La perdición que me había vuelto loco hasta llevarme al límite, porque sí… Ella era mi jodida debilidad, lo único con lo que podían herirme, y ahora, estaba a punto de venerarla como merecía, no como a La Perla, sino como a la mujer que más había amado en toda mi vida.

Besé sus labios con ternura, descendiendo por su mandíbula, llegando a su cuello, y descendiendo por sus pechos, los cuales no dejé de masajear con delirio. Continué mi recorrido por su vientre, y entonces me encontré un enorme moratón en su cintura.

Apreté la mandíbula y maldije para mis adentros al hijo de puta que le hubiese puesto una mano encima.

Ella ahogó un quejido cuando mis dedos se posaron sobre este.

Alcé la vista, encontrándome con una mirada llena de arrepentimiento, pero entonces, negué con la cabeza, no era culpa suya, ella había sido la víctima de una sociedad podrida.

Deposité un dulce beso sobre su marca, y continué bajando, hasta que me coloqué entre sus piernas. Las alcé sobre mis hombros, olvidándome, por un momento, de las condiciones en las que tenía la espalda.

Joder, llevaba tanto tiempo esperando ese instante que podría haberme muerto en aquella cama y habría valido la pena.

Marlene olía a rosas y a coco, una mezcla tan dulce que era capaz de embriagarme, llevándome a un estado de trance.

Quería perderme en ella, en cada resquicio de su alma que quisiera mostrarme, y hacerle entender que todo lo que había vivido iba a quedarse en el olvido para que nunca más tuviese que preocuparse por La Mort ni ninguno de esos hijos de puta.

Besé el interior de sus muslos, mientras mis manos aferraban a sus caderas, queriendo anclarse allí para siempre, para que nadie pudiese separarnos nunca más. Alcé la vista, encontrándome con la suya, viendo cómo el deseo y la lujuria ocupaban el sitio en el que antes solo había miedo y horror.

Se mordió el labio inferior en el instante en el que colé uno de mis dedos entre sus pliegues, descubriendo una humedad que me dejó sin habla. Las mejillas de Marlene se enrojecieron como si fuese la primera vez que lo hacíamos, lo que en cierto modo me divirtió.

Ahogó un gemido cuando mi boca se posó sobre su sexo. Podía notar su calor, cómo la desesperación se había convertido en un impulso eléctrico que ya le recorría la piel. Adentré mis dedos en su interior, empapándome de su esencia, al mismo tiempo que mi lengua comenzaba a atacar su abultado botón.

Mi espalda protestó cuando me recoloqué un poco mejor, pero poco me importó. Tenía frente a mí a la mujer de mi vida, envuelta en el deseo que era capaz de hacerle olvidar todo por lo que había pasado.

—Dios… —susurró entre gemidos.

Sentí la presión en mi pantalón, cómo mi erección no era ajena a lo que estaba pasando en la cama, clamándome una atención que no estaba dándole. Una parte de mí tuvo miedo de traumatizarla, por lo que continué moviendo mis dedos en su interior.

Salían y entraban.

Una.

Dos.

Tres veces.

Marlene arqueó la espalda cuando comencé a hacer círculos alrededor de su clítoris, arrancándole un quejido que sonó gutural.

—Ven aquí —suplicó.

Sonreí ladino, notando como su sexo ya me engullía.

Me contuve a hacer lo que deseaba, porque necesitaba sentirla con todo mi ser. Deseaba devorar cada resquicio de su placer, llevarme conmigo su esencia. Porque lo único que merecía era que la veneraran como la diosa que era.

—Andrei —añadió suplicante.

No dejé de mover mi lengua entre sus pliegues, sintiendo cómo todo su cuerpo se tensaba ante las acometidas de mis dedos.

Era jodidamente deliciosa, tanto que solo deseaba que se corriese en mi boca.

Y eso hizo. Su espalda se arqueó, dándome un mayor acceso a su pequeño botón, permitiéndome lamerlo con mayor devoción hasta que estalló en mil pedazos, llenando la habitación de gemidos deliciosos que me sonaron a gloria.

Saqué los dedos de su interior, llevándomelos a la boca, perdiéndome en su placer y su deseo.

Escalé por la cama, trepando como un maldito depredador, dispuesto a hundirme en ella, hasta que una de sus manos llegó a mi abultado miembro.

Se deshizo del botón con maestría, y bajó mis pantalones, dejando a la vista una erección que ya deseaba perderse en su interior.

Sin mediar palabra, guio mi sexo hacia su entrada, y sin pensarlo, provocó que me adentrase en ella de una sola estocada.

Dejé ir un profundo gruñido que me rasgó la garganta.

Joder.

Todo su cuerpo me acogió como si estuviésemos hecho del mismo molde. Su sexo me envolvió a la perfección, permitiendo que me deslizase dentro y fuera con una facilidad insultante.

—Llevo tanto tiempo deseando esto —juré.

—Nadie… —musitó ella—. Solo tú me has hecho el amor, Andrei.

Aquella confesión hizo que el pecho se me llenase de orgullo, no por ser el único hombre con el que había estado, sino porque eso quería decir que La Mort no la había obligado a nada. No había tenido que estar con otro hombre por su culpa.

—Tu alma me pertenece —bisbiseé contra su boca.

—Yo te pertenezco —aseguró.

Continué moviéndome en ella.

Dentro, fuera.

Una estocada tras otra, hundiéndome en ella, sintiendo como todo su ser me rodeaba, dándome el mayor placer que hubiese sentido jamás. Mi miembro palpitó en su interior, provocando que un profundo dolor me atravesase desde la pierna hasta el nacimiento del cuello.

Apreté la mandíbula, pero poco me importó.

El médico no había dicho nada de hacer el amor, solo de matar o correr.

Me aparté un segundo, observando la maravillosa estampa que tenía debajo. La mujer más hermosa del mundo dispuesta a que le hiciese lo que quisiera, tan perdida en mí como lo estaba yo en ella. Estampé mis labios contra los suyos, consiguiendo arrancarle un gemido que me supo a puta gloria.

—Me arrancaría el corazón del pecho si me lo pidieses.