75
Marlene
No recuerdo haberme movido.
Solo sé que, de un segundo a otro, estaba pegada contra su pecho.
Mis manos se aferraron a su camisa, a sus hombros, su cuello, como si necesitara comprobar que era real, que no iba a desvanecerse si parpadeaba. Me agarré a la tela con desesperación, y entonces todo lo que llevaba conteniendo días, desde que me habían dicho que estaba muerto, se rompió.
Me eché a llorar, deshaciéndome en mil pedazos, entre hipidos.
No fue un llanto bonito ni silencioso. Fue descontrolado.
Un sollozo salió de lo más profundo de mi pecho y me dejó sin aire.
Me escondí contra él, hundiendo el rostro en su cuello mientras mis manos se cogían a su cuerpo, necesitándolo cerca, vivo.
—Pensé que… —intenté hablar, pero mi voz se quebró—. Pensé que habías muerto.
Sus brazos me rodearon con fuerza, con una necesidad tan parecida a la mía que por un instante el mundo dejó de existir. Me apretó contra su pecho como si temiera que alguien fuera a arrancarme de allí.
Sentí su respiración contra mi sien.
—No —murmuró, con la voz tan rota como la mía—. No iba a dejarte sola.
Me aparté apenas lo justo para observarle. Su mirada parecía más dura, estaba más cansado. Tenía cicatrices nuevas, la piel marcada, y la expresión más afilada que nunca. Parecía otro hombre.
Pero a pesar de todo, continuaba siendo él.
—¿Qué te han hecho? —pregunté, pasando los dedos por su rostro, incapaz de contener las lágrimas—. ¿Qué te hicieron?
Andrei negó despacio, como si eso no importara.
—Ahora no —susurró—. Ahora estás aquí.
Y entonces me besó.
No fue suave ni cuidadoso, sino más bien desesperado, como si necesitara asegurarse de que yo también estaba viva. Sus labios chocaron contra los míos con una urgencia que me dejó sin aliento, y yo respondí igual, aferrándome a su cuello como si fuera lo único sólido que quedaba en mi mundo.
El beso sabía a miedo, a alivio y a todas esas palabras que no habíamos podido decirnos.
Sus manos subieron por mi espalda, temblorosas, y sentí cómo su frente descansaba contra la mía cuando se separó apenas unos centímetros.
—Tranquila —susurró, limpiando mis lágrimas con los pulgares en un gesto que me encogió hasta el alma—. Ya está, estoy aquí.
Negué.
—No está —murmuré—. No lo está, Andrei. No sabes… —La voz se me volvió a romper—. No sabes lo que pensé que iba a pasar esta noche.
Su mandíbula se tensó.
—Lo sé.
No necesitaba explicárselo, él había visto ese lugar desde dentro. Apoyé la frente contra su pecho, agotada, vacía.
—Háblame —le pedí—. Cuéntame qué has hecho, cómo estás aquí, qué… qué va a pasar ahora.
Sentí como sus labios rozaban mi cabello.
—Luego —respondió con suavidad—. Todo eso puede esperar.
Le miré, confundida.
Sus ojos me observaban con una intensidad que hizo que me estremeciese entre sus brazos, volviendo a sentir lo mismo que la primera vez.
—Ahora solo quiero que recuerdes algo —musitó contra mi boca.
—¿El qué?
Sus manos subieron hasta sostener mi rostro.
—Pienso matar a todo aquel que te haya puesto la mano encima —aseguró con una rudeza que provocó que mi corazón latiese con fuerza—. Nadie va a volver a tocarte sin que tú quieras.
Las lágrimas volvieron a escapárseme, porque no recordaba la última vez que alguien me había dado a elegir.
Mis manos temblaron cuando busqué su cuello, cuando volví a besarle, esta vez con menos desesperación, pero más necesidad. Necesitaba sentir algo distinto al miedo, algo que me devolviera a mí misma.
Mis labios se movieron contra los suyos, y entonces, sin pensar, susurré contra su boca:
—Hazme sentir que sigo siendo yo.
Permaneció inmóvil un segundo.
Sus manos se tensaron alrededor de mi cintura.
—Marlene…
—Por favor —le pedí, temblando—. Solo… recuérdame que soy algo más que esto —supliqué—. Que aún hay alguien que me quiera como algo más que mercancía.
Vi cómo algo se rompía en su mirada.
No respondió con palabras, sino que me besó otra vez, pero esta vez fue distinto. Más lento, más profundo. Como si quisiera borrar cada recuerdo feo que llevaba pegado a la piel. Sus labios recorrieron mi mejilla, mi mandíbula, mi cuello, con una devoción que me hizo estremecer.
Sus manos no me apresaban, sino que me acariciaban, como si temiera romperme.
Andrei se deshizo de mi vestido a medida que sus manos descendían, recorriendo mi cuerpo como si quisiera memorizar cada resquicio de mi ser. Mis dedos fueron abriendo con torpeza cada uno de los botones mientras los besos que me profesaba se volvían cada vez más húmedos.
—Andrei —gimoteé.
—Creí que te había perdido —murmuró, con la voz quebrada.
Los ojos de mi hombre se abrieron de par en par cuando se percató de que no llevaba ropa interior. Pude sentir la tensión en su mandíbula, porque a pesar de que le agradaba, saber el porqué de aquello le dolía más de lo que jamás admitiría.
Me levantó con cuidado y sentí el colchón contra mi espalda, mientras su cuerpo se inclinaba sobre el mí, su respiración mezclándose con la mía, para segundos después sentir sus labios recorriendo mi piel, besándome como si cada gesto fuese una promesa silenciosa.
No hubo prisa.
Ni fuerza.
Solo calor, manos que sostenían en lugar de exigir, y besos que parecían querer decir todo lo que las palabras no alcanzaban.
—Hazme tuya —le supliqué.
—Siempre has sido mía —juró contra mi boca, y eso hizo que todo mi cuerpo despertara.