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Marlene
Las lágrimas descendían por mis mejillas, empapándolas, emborronando cualquier rastro de maquillaje que hubiesen podido poner sobre ellas.
No podía dejar de llorar. En silencio, agotándome, rompiéndome en mil pedazos. Las lágrimas me caían sin permiso, resbalaban por mis mejillas y se perdían en la tela del vestido blanco, empapándolo poco a poco como si el tejido quisiera rendirse conmigo.
Me dolía la cara de contener los sollozos estando en el escenario, de intentar mostrarme entera a pesar de que me moría por dentro.
Me dolía el pecho de respirar a trompicones, como si un enorme nudo se hubiese creado en mi garganta para impedir que el aire entrase en mis pulmones.
Veía a mis compañeras marcharse acompañadas por los ayudantes de La Mort, menos a Eve, a quien había venido a buscar el mismo italiano con el que la había visto discutir. Tenían tiempo limitado y no quería perderlo.
No podía dejar de temblar, a sabiendas de que esa noche me estrenaba entre los mejores tesoros de La Mort. Se me había vendido como si fuese mercancía, como si no valiese más que un quilo de patatas.
Aquello me rompió por dentro, porque no era capaz de comprender cómo alguien podría hacer algo así. Comprar la libertad de alguien como si fuese un producto.
Me tapé el rostro con las manos, sintiendo cómo las amargas lágrimas acababan con toda esa fachada que me habían obligado a mantener en el escenario.
—Ya vienen a por ti, —Escuché como decía uno de los asistentes de La Mort.
Poco me importó.
Minutos después, el hombre que me había comprado caminaba delante de mí, sujetándome con la firmeza justa para que no me detuviera, pero sin llegar a hacerme daño.
Aun así, cada paso me parecía una traición nueva, un recordatorio de que aquello no había terminado, y de que lo peor estaba esperándome al otro lado de la puerta de la habitación que nos habían asignado.
El pasillo era largo, estaba cubierto de una enorme moqueta rubí, e iluminado de una manera tenue que apenas te permitía distinguir a quien había delante.
Supuse que lo habían hecho a propósito para mantener la privacidad de aquellos que consumían los servicios más exclusivos de La Mort.
Olía a desinfectante caro, a cuero y a miedo.
Un leve hilo musical nos acompañaba durante todo el camino.
A cada paso que daba podía escuchar llantos, golpes, quejidos, pero, sobre todo, súplicas sordas que caían al vacío sin que nadie las escuchase. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, al mismo tiempo que el latir de mi corazón se volvía ensordecedor.
—No llores —me dijo el hombre en voz baja, sin girarse—. No aquí.
No alcé la cabeza, no porque no quisiera mirarlo, sino porque no podía. Si lo hacía, sabía que acabaría de rodillas frente a él, suplicándole una clemencia que estaba segura de que no me daría.
—Yo… —Me deshice en un sollozo roto.
—No empeores la situación, Perla —añadió.
—No me llamo así —le rectifiqué, harta de que se me tratase como a un ente—. Me llamo Marlene Scholz.
—Ahora no es momento de hablar de estas cosas —añadió—. Hay ojos en todas partes.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de la tela del vestido, el temblor me recorría de arriba abajo, imparable. Por un instante, dejé de pensar, era como si pudiese vernos desde fuera, como un ente capaz de estar en cualquier lugar.
—No… No sé qué va a pasar —susurré, con la voz rota—. No lo sé.
El hombre se detuvo durante un segundo, lo justo para que yo casi chocara contra su espalda. Giró sobre sus talones, lo suficiente como para acercar su boca a mi oído, en una confesión única.
—Precisamente por eso —dijo al mismo tiempo que colaba una de sus manos bajo mi pelo—, mantén la cabeza fría.
Quise golpearle, gritarle y decirle que no sabía nada, que no entendía lo que era vivir con el terror instalado bajo la piel, con la certeza de que tu cuerpo ya no te pertenece. Pero no lo hice. No tenía fuerzas. El miedo me había vaciado por dentro.
Había visto a otras chicas desaparecer por esas mismas puertas.
Había escuchado gritos apagados.
Las había visto a todas rotas al regresar, eso si lo hacían.
Y ahora me tocaba a mí.
Sentí cómo el estómago se me ponía del revés solo de pensar en lo que podía estar esperándome en mi destino.
Muchas veces los hombres como el que me arrastraban a mi destino no eran más que los ayudantes de peces gordos quienes no querían dar la cara, o no querían que se les relacionase con un mundo tan oscuro como en el que estaba metida.
Ahogué un quejido que provocó que el hombre me mirase de soslayo, fulminándome. En él no había empatía y mucho menos remordimientos.
Reanudó la marcha, arrastrándome un poco más deprisa. Mis pies descalzos rozaban el suelo y por un instante pensé que iba a desmayarme. Todo me daba vueltas. El pasillo parecía alargarse, deformarse, como si quisiera tragarme entera.
Quise que lo hiciera, desaparecer antes de llegar al destino.
Pero no fue así. Nos detuvimos frente a una puerta enorme, oscura y cerrada.
El hombre me soltó del brazo y extendió la mano hacia el pomo. El corazón me golpeaba tan fuerte que me dolía. Cerré los ojos, preparándome para lo que fuera que hubiese al otro lado.
Contuve el aliento.
La puerta se abrió, y entonces lo vi.
Un hombre de al menos metro noventa que aguardaba de espaldas, apoyado ligeramente en un bastón de madera oscura. Vestía de negro. Su postura era rígida, tensa, como si el cuerpo le doliera incluso estando quieto. La cabeza rapada dejaba al descubierto su nuca, fuerte y marcada.
Estaba lleno de cicatrices.
No comprendí nada.
No era lo que esperaba.
Ni siquiera podía reconocerle.
¿Por qué alguien iba a pagar diez millones por una noche conmigo?
El que me había acompañado hasta allí dio un paso atrás, dejándonos espacio.
—Ya puedes irte —anunció el hombre del bastón.
La puerta se cerró tras mi espalda, dejándome allí.
La voz.
El mundo se me cayó encima.
El hombre se giró despacio, como si cada movimiento le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir. El bastón se apoyó con más firmeza en el suelo. Cuando su rostro quedó completamente a la vista, el aire se me escapó de los pulmones, incapaz de soportar lo que veían mis ojos.
—Andrei… —musité.