El legado de los Romanov 73
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Andrei

Cerré los ojos en el instante en el que sonó la campanita.

El aire era denso, no olía a perfume caro ni a alcohol, sino a dinero viejo, a sudor, y a esa ansiedad colectiva que solo se respira en lugares donde los hombres creen que pueden comprar cualquier cosa.

Me acomodé en la butaca asignada sin quitar la mano del bastón, apoyándolo entre mis piernas como si ya fuese parte de mí, y por un momento tuve la sensación de que el techo se me venía encima.

«Respira».

Eso era lo único que me repetía.

A mi lado, un hombre de mediana edad, traje gris perla y sonrisa fácil, no dejaba de hablar como una maldita cotorra.

No sabía ni su nombre, pero tampoco me importaba.

Hablaba de cifras, oportunidades, de la última adquisición que había hecho en Dubái y de lo «exquisito» que estaba siendo el catálogo de aquella noche.

Reía bajo, satisfecho, como si todo aquello fuera una feria privada montada solo para su disfrute.

Por un momento quise pisarle la cabeza hasta esparcir sus sesos por la moqueta de todo el gran salón en el que nos encontrábamos.

No lo hice. Me limité a asentir una vez.

Tal vez dos.

No escuchaba nada.

Mi atención estaba anclada en el escenario aún vacío, iluminado por un foco blanco que caía como una condena sobre la tarima.

Podía notar el pulso en las sienes, en la garganta, incluso en los dedos.

Cada latido me recordaba que seguía vivo, que estaba allí, rodeado de la misma gente a la que quería destruir Hans, iba a fomentar la misma mierda, pero lo hacía por ella.

Busqué a Luca entre la multitud, pero no le encontré.

Recorrí las filas, los palcos superiores, las sombras tras los pilares.

Vi rostros conocidos de un mundo que jamás deberían de estar allí: políticos retirados, empresarios con manos demasiado limpias, hombres que jamás se manchaban pero que pagaban para que otros lo hicieran por ellos… Ninguno era Luca.

Eso no me ayudó a calmarme.

El murmullo general fue apagándose poco a poco cuando una figura apareció junto al atril.

El subastador, el mismo de la otra vez. Iba impecable, con un traje oscuro, y con esa voz entrenada para modular expectativas y romper voluntades.

Saludó, agradeciendo la presencia de todos, y comenzó con los primeros lotes.

Un enorme nudo se creó en mi garganta cuando comencé a verlas salir.

Mujeres, algunas jóvenes, otras no tanto.

Todas maquilladas, vestidas para no parecer personas.

No levanté la mano.

No pestañeé.

El hombre de mi lado sí. Varias veces. Comentaba cada cifra como si estuviera en una partida de cartas. Yo solo sentía cómo la mandíbula se me tensaba un poco más con cada golpe de la maza.

Y entonces, el foco se apagó.

Una música suave, casi religiosa, comenzó a llenar el espacio. Algo parecido a un órgano. La tela del fondo del escenario se abrió despacio y sentí cómo el aire se me atascaba en los pulmones.

Ella salió.

Marlene.

Vestida de blanco.

No un blanco cualquiera, sino ese blanco impoluto, casi cruel, que solo se utiliza para simbolizar la pureza.

El vestido le caía hasta los pies, ceñido en la cintura, con una caída suave que la hacía parecer irreal.

Llevaba un velo fino cubriéndole el rostro, translúcido, suficiente como para intuir sus facciones sin permitir que nadie las tocara con la mirada.

Como una novia.

Como una puta ofrenda.

El mundo se redujo a ella.

No escuché la descripción de su oferta, ni las palabras del subastador, ni los murmullos excitados que comenzaron a recorrer la sala.

Solo la vi caminar hasta el centro del escenario con la cabeza alta, los hombros rectos y las manos juntas sobre su regazo.

No parecía asustada. Solo rota, sostenida únicamente por la poca dignidad que le quedaba.

Me ardieron los ojos.

Apreté el bastón con fuerza, y di gracias a dios por no llevar una metralleta conmigo, porque habría disparado a diestro y siniestro para acabar con toda la puta escoria que me rodeaba.

Las pujas comenzaron rápido. Demasiado.

Cifras que ascendían con una facilidad obscena. Cientos de miles. Un millón. Dos.

No levanté la mano al principio.

Esperé.

No porque dudara, sino porque necesitaba calcular. El dinero que llevaba no era infinito. Había límites incluso para mí, y lo sabía. Cuando la cifra se estabilizó por un segundo, levanté la mano.

—Tres millones.

Mi voz sonó firme, grave, ajena incluso para mí.

El hombre de mi lado se giró, sorprendido, como si acabara de darse cuenta de que yo existía. Sonrió, cómplice, pero no le devolví el gesto. Una mano más se alzó al otro extremo de la sala.

—Tres millones quinientos mil.

No lo miré.

Volví a levantar la mano.

—Cuatro.

Marlene no se movía. No buscaba a nadie entre el público. Miraba al frente, a un punto fijo, como si no quisiera saber quién estaba decidiendo su destino. Aquello me partió en dos.

—Cuatro millones quinientos.

Mi respiración comenzó a volverse más pesada. Sentía el sudor frío bajándome por la espalda, escondiéndose bajo la camisa. Calculé rápido. Mal.

—Cinco millones.

Un murmullo recorrió la sala. El hombre del otro extremo dudó apenas un segundo antes de volver a alzar la mano.

—Cinco millones quinientos.

El mundo se inclinó un poco.

El corazón se me desboco, el estómago se me revolvió, provocando que una arcada subiese hasta mi garganta. ¿Qué cojones estaba haciendo?

Sabía que no podía seguir.

Sabía que, si levantaba la mano una vez más, no tendría respaldo. No habría margen. El subastador miró en mi dirección, esperando. El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse.

No levanté la mano.

—Cinco millones quinientos mil a la una…

El corazón me golpeaba tan fuerte que me dolía el pecho. No aparté la mirada del escenario. Marlene seguía sin mirarnos. El velo ocultaba su expresión, pero conocía cada uno de sus gestos. Sabía que estaba conteniendo algo muy parecido al pánico.

—… a las dos…

El bastón tembló entre mis dedos.

Y entonces, una voz surgió desde uno de los palcos laterales.

—Cinco millones seiscientos.

El subastador se detuvo en seco.

La cifra no tenía sentido. Era una subida demasiado pequeña, pero no pude evitar girarme al mismo tiempo que lo hacía el resto.

Luca.

De pie, impecable, apoyado en la barandilla del palco, con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra levantada con absoluta tranquilidad.

—Cinco millones seiscientos —repitió.

El hombre que había estado pujando conmigo protestó, pero el subastador alzó la mano, imponiendo silencio.

—Señor —dijo—, la puja actual es de cinco millones quinientos, debe ser mucho mayor.

Luca sonrió. Fue una mueca peligrosa.

—Entonces hagámoslo interesante —añadió—. Diez millones… Ahora mismo.

El otro hombre se removió en su asiento. Miró alrededor, dudó, no volvió a levantar la mano.

—¿Alguna puja superior? —preguntó el subastador.

Nada.

—¿Ninguna?

Luca no apartó la mirada del escenario.

—A la de una…

Sentí como el aire volvía a entrar en mis pulmones.

—… a las dos…

El hombre de mi lado había dejado de hablar.

—¡Adjudicada! —alzó la voz—. Te llevas La Perla, pero solo por esta noche.

El golpe de la maza resonó como un disparo.

No aparté la vista de Marlene, ella no reaccionó, no aún. Dos hombres se acercaron al escenario para retirarla. Luca se giró lo justo para mirarme desde la distancia.

No sonrió.

Asintió una sola vez.

Y supe que la siguiente fase acababa de comenzar.