72
Andrei
No me reconocí en el espejo, y eso era exactamente lo que buscábamos.
La cabeza rapada cambiaba por completo la forma de mi rostro.
Dejaba al descubierto cicatrices que antes se disimulaban entre el cabello, endurecía las facciones y me hacía parecer mayor, más seco y peligroso.
La barba de varios días ayudaba a rematar esa imagen de hombre que no pertenecía a ningún sitio, alguien que no debía ser recordado.
Las gafas terminaban de borrar cualquier rastro de Andrei Romanov que muchos creían conocer.
Ese Andrei no iba a cruzar las puertas de La Cúpula.
Este sí.
Me ajusté el cuello de la camisa con los dedos tensos, intentando ignorar el nerviosismo que me recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. No era miedo. Nunca lo había sido. Era algo más incómodo y profundo, como la sensación de entrar caminando hacia un punto del que no habría vuelta atrás.
Nikolai estaba frente a mí, en silencio, observándome con esa mirada suya que siempre parecía medir más allá de lo que se decía.
No decía nada, pero lo veía evaluándolo todo: mi postura, el peso apoyado en la pierna buena, la forma en la que apretaba la mandíbula para contener los resquicios de dolor y de ansiedad.
—Te queda bien —comentó al fin—. Pareces otro.
—Lo soy —respondí sin una pizca de humor.
Se acercó despacio y extendió la mano. En ella llevaba un bastón de madera oscura, pulida por el tiempo, con el mango ligeramente curvado y una empuñadura de plata en la que se podía ver el halcón familiar, como si hubiese sido hecho a medida.
Había sostenido a un hombre que sobrevivió a traiciones, guerras y pactos imposibles.
Uno que nunca pidió permiso para mantenerse en pie.
—Te ayudará a caminar —dijo—. Pero no es solo para eso.
Lo tomé con cuidado, sintiendo su peso real, firme. No era ligero, tampoco incómodo, era… perfecto. Como si hubiese estado esperándome.
—Era del padre de mi padre —continuó—. De Vasily sénior. No lo usaba porque estuviera débil, sino para recordar a los demás que seguía ahí —añadió—, igual que lo tienes que usar tú.
Asentí despacio.
—No lo pierdas —añadió—. Y no lo uses si no es necesario.
Antes de que pudiese articular palabra, Nikolai alzó el bastón, mostrándome que de él salía una poderosa daga que quedaba oculta en el propio artilugio. A eso se refería cuando me decía que no la usase si no era necesario.
—De acuerdo.
Posó una de sus manos en mi hombro derecho y dejó que una mueca semiconfusa se apoderase de su rostro.
No hizo falta decir nada más, lo cierto era que nuestra relación se había construido a base de silencios, de palabras no dichas que se entendían más allá de eso.
Cerré los ojos por un instante, escuchando unos pasos acercarse. Contuve el aliento, intentando calmar los putos nervios que me corroían. ¿En quién cojones me había convertido para sentirme de aquella manera? Estaba seguro de que era cosa de la medicación, que me estaba volviendo más irascible.
—¿Puedo hablar con él? —Escuché como decía una dulce voz a mi espalda.
—Todo tuyo —respondió Nikolai.
Le oí marcharse y fue entonces cuando los abrí, encontrándome con una hermosa Elena que me observaba con la devoción de un hermano.
—Hola —susurró, dejando que una mueca triste se dibujase en sus labios.
La saludé con una caída de ojos.
—¿Estás preparado?
—Supongo —respondí a pesar de que no sabía si era del todo cierto.
El doctor me había inyectado un medicamento capaz de acallar la gran parte de mi dolor al menos durante veinticuatro horas, pero lo que más temía no era eso, sino que mi propia mente me jugase una mala pasada.
—La traerás de vuelta —aseguró, tomando mis manos y colocando una cajita sobre estas.
—¿Qué es? —pregunté confuso, al mismo tiempo que iba deshaciéndome la tela de terciopelo negro.
—Un recordatorio de que siempre tendrás a alguien cuidando de ti —respondió.
Era el punzón de oro que le había regalado el día de su boda con Nikolai, por lo que no pude evitar sentir cómo un pellizco me encogía el alma.
—Has crecido tanto desde que llegaste —musitó al mismo tiempo que pasaba una de sus manos por mi cabello recién cortado—. Pero jamás olvidaré esas palabras.
—Gracias —musité.
Me abrazó con fuerza, tanta que no pude evitar dejar ir un pequeño alarido, provocando que se disculpase al segundo.
Respiré hondo una última vez antes de girarme hacia la puerta. Viktor y Alexei ya estaban preparados para salir. No entrarían conmigo, se quedarían fuera, cubriendo el perímetro, controlando rutas y listos para intervenir junto con Dom y el equipo si todo se iba a la mierda.
Aun así, al pasar junto a Viktor, sentí su mano posarse brevemente sobre mi hombro.
—Vuelve —me pidió, sin más.
No respondí. No porque no quisiera, sino porque prometer algo así habría sido mentira, sobre todo a sabiendas de dónde me estaba metiendo.
El trayecto hasta La Cúpula se me hizo casi irreal, las luces de la ciudad pasaban a un lado y otro de la ventanilla como si parecieran de otro universo, uno en el que la vida continuaba sucediendo con normalidad.
Yo ya no formaba parte de eso, no cuando toda mi existencia se había visto sumida en la oscuridad.
Al llegar, bajé del coche despacio, apoyándome en el bastón. La estructura se alzaba frente a mí igual que la recordaba: imponente, pulcra, sin alma. Estaba frente al mayor templo de la perdición, ese en el que se escondían horrores que pronto iban a salir a la luz.
Entré solo.
Luca ya estaba dentro. Lo sabía sin necesidad de verlo. Él siempre se adelantaba, siempre ocupaba su lugar antes de que el resto lo hiciese. No necesitaba hacer ruido para estar presente.
El interior estaba en plena preparación. Personal moviéndose con eficiencia calculada, mujeres cruzando el vestíbulo con paso seguro, algunas vestidas para ser vistas, otras solo para ser vendidas.
Entregué la invitación falsa, nadie dudó, ni preguntaron.
Crucé el umbral con el estómago revuelto, permitiendo que la ansiedad crease un enorme nudo que apenas me dejaba respirar.
Me llevé una mano a la zona, hasta que escuché como una voz grave y neutra sonó por los altavoces, extendiéndose por todo el recinto como una sentencia.
—Señoras y señores —anunció—. Les informamos de que la subasta dará comienzo en veinte minutos. Les rogamos que, si no quieren perderse los mejores lotes, tomen asiento cuanto antes.
Veinte minutos.
Veinte minutos para verla.
Para no cometer errores.
Para recordar por qué había vuelto a ese infierno.
Apreté los dedos alrededor del bastón y avancé hacia el interior, con el pulso desbocado pero la mirada firme.
Esta vez había venido a llevármela para siempre.