El legado de los Romanov 71
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Andrei

La sala de las cámaras era uno de los pocos lugares de la casa donde el silencio nunca era completo.

Siempre había un zumbido bajo, constante, casi imperceptible, producido por los monitores encendidos, los servidores ocultos tras las paredes y el murmullo eléctrico de un sistema que jamás dormía.

Era un lugar pensado para vigilar, anticiparse y tener el control incluso cuando parecía que no lo había.

Allí estábamos todos.

Nikolai permanecía de pie, con las manos cruzadas a la espalda, observando las pantallas como si cada una fuera una pieza más de un puzle que solo él parecía ver en su totalidad.

Viktor se apoyaba contra la pared, cerca de la puerta.

Tenía los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

Estaba controlándolo todo, pero sin decir nada.

Alexei estaba sentado frente a uno de los monitores, girando lentamente la silla sobre sí misma, con una pierna colgando, aunque por una vez parecía haber dejado ese lado desquiciante.

Luca permanecía en el centro de la estancia sin apropiárselo del todo, como si supiera exactamente hasta dónde podía llegar sin invadir territorio enemigo.

Yo estaba sentado, no por gusto, sino por necesidad.

La pierna aún me dolía, y seguía recordándome a cada movimiento que no estaba preparado para pasar a la acción. Aun así, me negaba a quedarme fuera. Si había algún lugar en el que tenía que estar, era aquel.

—Esta es La Cúpula —dije, señalando una de las pantallas principales.

La imagen mostraba el exterior del edificio desde un ángulo elevado, dejando ver una estructura imponente, circular, de hormigón pulido y cristal ahumado, tan elegante como intimidante.

No había carteles, ni rótulos, ni siquiera símbolos visibles.

Nada que hablase de lo que ocurría ahí dentro. Exactamente igual que la primera vez.

—La cámara estaba ahí antes —añadí—, pero la señal no salía del perímetro y he tenido que pincharla desde fuera y crear un rebote interno.

Luca inclinó ligeramente la cabeza, asintiendo, observando la imagen con atención.

—No han detectado la intrusión.

—Todavía —puntualicé.

En la pantalla, varias mujeres entraban y salían del edificio. Algunas vestían con ropa discreta; mientras otras iban demasiado arregladas como para no llamar la atención. Tacones altos, abrigos largos, maquillaje perfecto. Ningún hombre. Ninguna figura que encajara con La Mort.

—Es curioso —comentó Viktor.

—No —replicó Luca—. Es deliberado.

Se acercó un poco más a la pantalla, sin tocarla.

—A La Mort le gusta que lo subestimen —continuó—. Que crean que es un hombre poderoso rodeado de lujos, cuando en realidad su mayor fortaleza es pasar desapercibido.

Mis ojos se fijaron en una de las figuras que acababa de cruzar la entrada. Pelirroja, alta, elegante, no tenía prisa, pero tampoco dudaba. Entró como alguien que sabía con exactitud dónde iba.

—Esa —dije, sin apartar la vista.

Alexei dejó de girar la silla.

—¿La conoces?

—No —respondí—, pero la vi la primera vez que estuve, la recuerdo.

Luca siguió mi mirada y asintió.

—La he visto antes también —dijo—. No aquí, pero sí en otros eventos. Ocupaba un lugar similar al de Octavio Ríos. No es mercancía, pero tampoco cliente.

—¿Entonces qué es? —cuestionó Nikolai.

—Parte del engranaje.

—Bien —intervino de nuevo el mayor de nosotros al cabo de unos segundos—. Procedimiento.

Todos giramos la atención hacia él, quien se colocó frente a una pizarra blanca.

—Entrarán Luca y Andrei —continuó—. Como compraderos, nadie más de la familia se moverá dentro.

—¿Y fuera? —preguntó Viktor.

—Todo —respondió—. Perímetro, rutas de escape, puntos de extracción.

—Dom puede venir y formar parte del equipo, estoy seguro de que Elisa también.

Mi pecho se tensó al imaginar toda la situación.

—Andrei —prosiguió—, no puedes entrar con tu aspecto actual.

No lo discutí, era más que evidente.

—Te reconocerán —añadió—. Hay demasiada gente que ya te ha visto.

Luca me observó de reojo.

—Hay una solución simple —anunció el italiano.

—Vamos a cortarte esos ricitos de oro.

Suspiré, apoyando la mano sobre el bastón.

—Raparme la cabeza no va a cambiar mi cara.

—No —admitió Luca—. Pero cambia la impresión general, y eso te hará desaparecer dentro de la multitud.

Miré mi reflejo en uno de los monitores apagados. Aún tenía el cabello largo, descuidado, desde que salí del zulo. Mis facciones se habían endurecido, marcadas por el dolor y la falta de descanso.

—Hazlo —dije al fin.

Al volver a la sala de cámaras, Alexei estaba inclinado sobre uno de los teclados cuando alzó la cabeza de golpe.

—Mensaje cifrado, Luca —anunció.

El italiano se acercó sin prisa, tomó la tableta y la observó en silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos.

—Una semana —dijo al fin.

El aire pareció cambiar de densidad, congelándose en mis pulmones.

—La subasta será en una semana.

Nikolai asintió despacio.

—Entonces no hay margen.

Miré la pantalla de La Cúpula una vez más.

Una semana.

Siete días para prepararnos. Siete para no cometer errores, para volver a entrar en el mismo infierno del que creí haberla sacado sana y salva.

Apreté los dedos alrededor del bastón.

—Esta vez —murmuré—, no pienso dejar que vuelva.

Nadie respondió.

No hacía falta.

Porque todos sabíamos que, cuando volviera a cruzar esas puertas, ya no habría dinero suficiente en el mundo para pagar lo que estaba a punto de suceder.