70
Andrei
Habían pasado dos días desde que mi cuerpo decidió rendirse sin pedirme permiso.
No había vuelto a desmayarme, pero tampoco podía decir que me encontrase del todo bien.
Era una mejoría lenta, casi insultante, de esas que te obligan a tener una paciencia con la que yo no contaba.
El dolor ya no era un martillo constante golpeándome el cráneo ni una descarga eléctrica que me recorría la espalda con cada respiración, pero continuaba ahí, aguardando el momento adecuado para recordarme que no podía confiarme.
La pierna respondía mejor, aunque la cojera seguía presente, y la espalda…
La espalda era otro asunto. La piel me tiraba, como si aún no me perteneciera del todo.
Las heridas continuaban cicatrizando, me las habían envuelto en un bálsamo reparador que me aliviaba, pero no lo suficiente como para que no me desquiciase.
Estaba sentado al borde de la cama cuando el médico entró, revisando su tableta mientras avanzaba con ese andar tranquilo que en ocasiones me sacaba de quicio. Odiaba a la gente que caminaba sin prisa cuando el mundo no dejaba de girar, y él era una de estas personas.
—Veamos —dijo, más para sí mismo que para mí.
Le observé en silencio mientras se colocaba los guantes, levantaba con cuidado la camiseta y examinaba mi espalda. Noté sus dedos recorrer la piel con precisión clínica, sin delicadeza, pero tampoco con brusquedad. Sabía lo que hacía, y eso era lo único que necesitaba saber para confiar en él.
—La infección está controlada —informó—. Los antibióticos están funcionando bien. Aún queda tejido sensible, pero no hay signos de empeoramiento, está remitiendo bastante bien.
Apoyé las manos sobre los muslos, conteniendo el impulso.
—¿Y eso qué significa exactamente? —Quise saber.
—Que no te vas a morir por esto —respondió sin mirarme—. Al menos no durante los próximos días.
Solté una exhalación que no sabía que estaba conteniendo.
El médico bajó la camiseta y se apartó un paso, observándome con más atención que otras veces, como si estuviera evaluando algo más que heridas visibles.
—Has mejorado —añadió—. No estás bien, pero estás mejor, y eso, en tu caso, es mucho decir.
—No suena especialmente alentador.
—No lo es —replicó—. Pero es realista.
Su respuesta me gustó, ya que no era de esas personas a las que les gustaba que les dorasen la píldora ni que les engañasen sobre ciertas cosas, y esta era una de ellas. Saber que no estaba perfecto pero que estaba en el camino me agradó.
Se apoyó en la mesilla y cruzó los brazos.
—Si sigues así, en unos días podrías moverte con más soltura —comentó al mismo tiempo que apuntaba algo en la tableta—. Nada de heroicidades, nada de correr ni de peleas innecesarias.
Sonreí ladino, porque en cierto modo me hizo gracia pensar que estuviese echándome la bronca como lo haría un padre.
—Eso último suena poco compatible con mi estilo de vida.
—Lo sé —admitió—. Por eso te lo repito.
Iba a responder algo más cuando la puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que hizo que ambos giráramos la cabeza al mismo tiempo.
Alexei entró casi corriendo.
No llamó. No pidió permiso. No se disculpó.
Tenía el pelo revuelto, la respiración agitada y los ojos abiertos de par en par, como si acabara de ver algo que no podía esperar ni un segundo más.
—¡Andrei! —voceó.
El médico frunció el ceño.
—Señor Alexei, por favor —le pidió.
—Subasta —soltó él, ignorándolo por completo—. Luca acaba de avisar, hay una subasta.
El mundo dejó de girar para mí.
No de forma poética ni suave, sino abrupta, violenta, como si alguien hubiese tirado del freno de mano de mi propia cabeza. Sentí cómo el pulso me golpeteaba en las sienes, cómo el cuerpo se me tensaba antes incluso de que pudiera procesar sus palabras.
—¿Qué has dicho? —cuestioné con lentitud.
Alexei se pasó una mano por la cara, respirando hondo, intentando ordenar lo que claramente llevaba segundos queriendo soltar.
—Una subasta —repitió—. De las grandes, no improvisada como en la fiesta de Octavio. Una de las que La Mort organiza cuando quiere mostrar todo su poder.
El médico dio un paso atrás.
—Creo que esta conversación puede esper...
—No —le corté—. No puede.
Me puse en pie con cuidado, ignorando la protesta inmediata de la pierna y la presión sorda que se extendió por mi espalda hasta llegar a mis oídos. No fue agradable pero tampoco insoportable. El dolor ya no me tumbaba, y eso era lo único que me importaba.
—¿Cuándo? —Quise saber.
Alexei negó despacio.
—Aún no ha dado fecha exacta, pero Luca cree que será pronto —aseguró—. Muy pronto.
Sentí un nudo cerrarse en mi estómago.
—¿Dónde?
—La cúpula.
No necesitó especificar, lo supe al instante.
Era el mismo lugar en el que la vi por primera vez, donde la compré, donde creí que podría sacarla de aquel infierno con dinero y voluntad.
El médico carraspeó, incómodo.
—Andrei, escúchame —me pidió.
—No —le interrumpí sin mirarlo—. Escúchame tú a mí. —Giré la cabeza lo justo para clavarle la mirada—. ¿Estoy en condiciones de moverme?
Dudó.
—No como tú querrías —acabó respondiendo.
—No te he preguntado eso.
Suspiró, dándose por vencido.
—Puedes caminar, puedes estar de pie, puedes aguantar un rato sin que te dé otra bajada… siempre que no fuerces —comentó—. Sería recomendable que fueses con un bastón que te ayudase a mantenerte firme.
Asentí una sola vez.
—Me basta.
Alexei me observaba en silencio con una mezcla de expectación y algo más oscuro que no quise nombrar.
—Doc, píncheme lo que haga falta —le pedí, o mejor dicho ordené—. Porque necesito estar perfecto para esa cita.
Una mueca traicionera se esbozó en sus labios, y supe que mi comentario no le había gustado.
—Luca está de camino —añadió—. Dijo que teníamos que hablar. Todos.
Me apoyé un segundo en la cama, sintiendo cómo el cuerpo se recolocaba, cómo el dolor se asentaba en segundo plano, obedeciendo por fin a lo que quería.
—Claro que hay que hablar —murmuré—. Porque si hay una subasta…
Alcé la vista.
—Ella va a estar allí.
El silencio que siguió fue espeso.
—Y esta vez —añadí, con voz baja—, no voy a salir de allí sin ella.
Alexei no sonrió, ni hizo bromas.
Solo asintió, porque todos sabíamos que, en el instante en el que La Mort había decidido organizar una nueva subasta, había firmado sin saberlo su propia sentencia.