69
Andrei
Luca no reaccionó de inmediato.
No frunció el ceño, ni dio un paso atrás.
Simplemente me observó, apoyado en la silla, con ese gesto suyo que me decía que no iba a darme información sobre lo que pasaba por su cabeza, sin antes haber intentado descifrar qué ocurría.
El silencio se estiró entre nosotros como una cuerda demasiado tensa, cargada de cosas que ninguno de los dos decía.
—No entiendo a qué tipo de información te refieres —dijo al fin.
Su voz fue neutra, controlada. No había incredulidad, pero tampoco interés evidente. Como si ya hubiese aprendido que, en nuestro mundo, las promesas solían ser trampas.
Me humedecí los labios antes de hablar. La garganta aún me ardía, seca, y el cuerpo continuaba respondiendo con esa lentitud que me sacaba de quicio, pero obligarme a mantener la calma era, en ese momento, parte de plan.
—No es algo que se consiga preguntando en los sitios correctos —comencé—. Ni pagando a la persona adecuada.
Luca ladeó un poco la cabeza, atento, como si aquello le ayudase a comprenderlo todo mejor.
—He llegado a ella por medios poco ortodoxos —continué, sin mencionar nada sobre Hans para no poner en juego al canciller—. Un documento de más de doscientas páginas: informes cruzados, cuentas, movimientos, nombres que no deberían aparecer juntos y, aun así, lo hacen.
Su expresión cambió lo justo para que lo notara. No fue sorpresa, sino cautela.
—¿Sobre quién?
—Sobre tu familia —respondí sin rodeos—. Más en concreto, sobre tu padre.
Giovanni Moretti.
El aire pareció cambiar de densidad, como si en este saltaran chispas.
Luca no se movió, pero algo en su postura se endureció. La elegancia continuaba ahí, el control también, pero ahora había una tensión contenida, esa que le hacía cerrar la mano en forma de puño.
—Ten cuidado —advirtió—. Hay líneas que no se cruzan sin consecuencias.
—Lo sé —asentí—. Por eso mismo estoy en esta situación.
Me incorporé un poco en la cama, ignorando el aviso inmediato que me dio la espalda y la pierna. El dolor era un recordatorio constante del precio que estaba pagando por haberme metido en asuntos que no me incumbían.
—No sé si lo que encontré te va a servir —añadí—. Ni siquiera sé si ya sabes parte de ello. Pero hay un nombre que aparece varias veces, demasiadas como para ser casualidad.
Luca no dijo nada, esperando a que fuese yo quien continuase hablando.
—Cuando volví a mi apartamento, un tal Malik Hadad había estado en él, su apellido también aparece en los documentos que involucran a tu padre.
Al pronunciar su nombre, observé cada microgesto, cada cambio mínimo en su respiración. Esta vez sí lo vi: una sombra rápida cruzándole la mirada, algo que no tuvo tiempo de esconder.
—¿Qué sabes de él? —pregunté.
Tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz fue baja.
—No demasiado, pero pienso averiguar qué demonios tiene que ver con mi familia y por qué mi padre puede estar involucrado con él.
—Hay información sobre operaciones que no figuran en ningún registro oficial, intermediaciones, rutas, capitales que se mueven fuera del radar… No sé si es el centro de algo mayor, o solo una bisagra. Una de esas piezas que conectan mundos que, en teoría, no deberían tocarse.
Luca se apartó de la silla y avanzó un par de pasos, sin acercarse demasiado. Se detuvo a una distancia prudente, evaluándome de arriba abajo.
—¿Por qué me cuentas esto ahora?
Solté un suspiro lento.
—Porque no sé si esto puede ayudarte o no —admití—. Pero estoy seguro de que puede abrirte los ojos.
El silencio volvió a caer entre ambos, porque en realidad, lo cierto era que, si su padre estaba en esos documentos, no significaba nada bueno.
—¿Y qué quieres a cambio? —preguntó.
Ahí estaba la inevitable pregunta.
—Nada ahora —respondí—. Te entregaré la información en cuanto esté en condiciones de ir a por ella, y saquemos a Marlene.
Luca frunció el ceño por primera vez.
—Eso suena a condiciones.
—Suena a sentido común —repliqué—. No es una moneda de cambio, Luca —aseguré—. Es… una garantía de que seguimos empujando en la misma dirección.
Me sostuvo la mirada un rato. No buscaba intimidarme, estaba calibrando riesgos, siempre lo hacía, analizando la maldita situación como si no fuese un asunto más del que encargarse.
—Estoy pendiente —dijo al final—. De cualquier movimiento que implique ruido, celebraciones, subastas, encuentros privados… Si La Mort vuelve a organizar algo como la última fiesta, lo sabré.
Asentí despacio.
—Entonces ahí es cuando hablaremos en serio.
Luca no respondió enseguida. Sus ojos seguían fijos en mí, como si intentara decidir si yo era un problema más o una variable necesaria.
—¿Y por qué harías eso? —preguntó al final—. ¿Por qué me darías una información así? —añadió confuso—. Podrías usarla a tu favor.
Respiré hondo antes de contestar. No porque no tuviera la respuesta clara, sino porque admitirla en voz alta me resultaba incómodo. Humillante, incluso.
—Porque confío en muy poca gente —admití—. Y ahora mismo, aunque me joda reconocerlo, tú estás ayudando a mantener con vida lo único que me importa.
El silencio se alargó entre ambos.
Luca apartó la mirada durante un instante, lo suficiente como para pensar con claridad. Cuando volvió a mirarme, su expresión había recuperado ese control frío que le era tan propio.
—No necesito que nadie me pague para hacer lo que hago —dijo al final.
—No es un pago —repliqué—. Es una muestra de buena fe.
Luca me sostuvo la mirada durante unos segundos que parecieron eternos. Luego asintió una sola vez.
—Hablaremos de eso cuando estés mejor —sentenció—. Ahora descansa.
Se dio la vuelta para marcharse.
—Luca —le llamé.
Se detuvo en la puerta, justo antes de marcharse.
—Gracias —añadí—. Por no largarte a pesar de que te he querido arrancar la nuez a bocados.
Una mueca similar a una sonrisa se esbozó en sus labios, fue leve y fugaz, pero aun así, la vi.
—No es la primera vez que alguien lo intenta —respondió—. Ni será la última.