El legado de los Romanov 68
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Andrei

No fue un desmayo limpio ni dramático, sino algo mucho más humillante: una pérdida progresiva de fuerza, un mareo que empezó como un zumbido lejano que acabó robándome el equilibrio, nublándome la vista mientras todo parecía desmoronarse a mi alrededor.

Después, la nada. Y luego, esa sensación pegajosa de estar en un limbo del que no puedes despertar.

Cuando abrí los ojos, lo primero que sentí fue el peso.

No el dolor, ese ya era un accesorio que llevaba conmigo cual llavero, sino el de la debilidad.

Una presión constante en el pecho, como si respirar requiriese más esfuerzo del normal, como si el aire pesara.

Tenía el cuerpo empapado en sudor frío, y las manos heladas a pesar de que la habitación tenía la calefacción encendida.

—Tranquilo. —Oí como me decía una voz—. No intentes moverte todavía.

Era el doctor, que estaba a mi lado, revisando monitores y ajustando una vía que ni siquiera recordaba que me hubieran puesto. Tenía el ceño fruncido, estaba concentrado, con esa expresión de profesional cansado de lidiar con pacientes que no obedecen, justo lo que yo era.

—Has tenido una bajada de tensión —continuó—. Bastante pronunciada.

Me pasé un dedo por los labios, sintiendo su sequedad.

—No soy propenso a desmayarme.

—No —admitió—. Pero tampoco sueles salir de una tortura con el cuerpo destrozado, una infección reciente, de estar cuatro días sedado y el sistema nervioso hecho polvo.

Giré la cabeza despacio, notando como el cuello protestaba. Cada movimiento parecía exigir un esfuerzo titánico.

—Touché.

—No fue solo físico, Andrei —añadió—. El estrés, la adrenalina constante, la falta de descanso real… tu cuerpo está funcionando a base de pura inercia. Y hoy ha dicho basta.

Cerré los ojos durante unos segundos, apretando la mandíbula.

Basta.

La palabra me recorrió por dentro, cabreándome. No por el médico, ni siquiera por el diagnóstico, sino por la verdad que encerraba. Mi cuerpo estaba fallando, yo lo estaba haciendo.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—¿Tiempo para qué?

—Para volver a estar operativo.

El silencio que siguió fue demasiado largo.

—No puedo darte una fecha —respondió al final—. No si sigues forzando la máquina, no si cada vez que te levantas lo haces desde la rabia y no desde la cabeza.

Solté una risa seca, sin humor.

—Tengo que sacar a alguien de allí.

—Y no lo harás si te caes redondo antes de cruzar una puerta —replicó sin alzar la voz—. No eres inútil, Andrei, pero ahora mismo tampoco eres invencible, y confundir ambas cosas es peligroso.

La palabra inútil se me clavó igual, aunque no la hubiera pronunciado él.

Me quedé mirando el techo, dejando que la frustración me recorriera, tomando el control de todo. Marlene seguía allí, en manos de La Mort, y yo estaba tumbado en una cama, conectado a máquinas, incapaz incluso de mantenerme en pie sin que el mundo se me viniera encima.

—Descansa —dijo el doctor, ya más cansado que autoritario—. Vendré a verte en un rato.

Lo escuché salir, la puerta cerrarse suavemente tras él. El silencio volvió a instalarse, dentro, opresivo, y por primera vez en mi vida me sentí pequeño. No débil físicamente, eso ya lo sabía, sino reducido. Despojado de la única cosa que siempre había sido mía: el control.

Apoyé el antebrazo sobre mis ojos, respirando despacio, intentando disipar esa rabia que luchaba por ganarme la partida.

—¿Puedo pasar?

La voz de Luca llegó desde la entrada, grave, contenida, pero no desafiante ni condescendiente, lo que me sorprendió.

—Haz lo que quieras —murmuré.

Entró sin prisa. Cerró tras él y se quedó de pie a unos pasos de donde me encontraba. No llevaba el abrigo, solo el traje oscuro, perfectamente colocado, como si no siquiera le hubiese llegado a tocar.

—El médico me ha dicho que te has llevado un buen susto —comentó.

—No dramatices —repliqué—. No me he muerto —aseguré—. Solo ha sido una bajada de tensión por todo el estrés físico.

—No —admitió—. Pero casi, si no hubiéramos llegado a tiempo…

Giré la cabeza para mirarle. Puse los ojos en blanco sin poder creer lo que acababa de soltar por la boca.

—¿Has venido a recordármelo?

—He venido porque dijiste que querías hablar conmigo, pero bueno… ha habido este incidente —respondió.

Solté una exhalación lenta.

—No debería haberte hablado así antes.

Luca alzó su ceja derecha, sorprendido. Supuse que lo que menos esperaba esa tarde era que Andrei Romanov estuviese postrado en una cama, disculpándose por no haberle podido partir la cara.

—Estaba desbordado —admití con pesar—. Todo me saca de quicio. No controlo nada. No puedo ni sostenerme en pie y pretendo meterme en una casa llena de hijos de puta que van armados hasta los dientes.

Mis dedos se cerraron sobre la sábana, tensos.

—No es tu problema —añadí—. Pero aun así… lo siento.

Durante unos segundos, permaneció en silencio, callado. Se limitó a observarme, pero no lo hizo como antes, no evaluándome, sino escuchando una verdad que a mí me jodía por dentro casi tanto como el odio que le tenía al puto La Mort.

—Lo sé —respondió al fin—. Y no pasa nada.

Eso me descolocó más que cualquier reproche.

—No tienes que disculparte por estar roto —añadió—. Yo estaría peor en tu lugar.

—No lo creo.

—Créeme —dijo con calma—. He visto a hombres perder la cabeza por mucho menos.

Apoyó una mano en el respaldo de la silla más cercana a la cama, pero no se sentó.

—Tienes que bajar las revoluciones, Andrei —me pidió—. No porque seas débil, sino porque si sigues así, te vas a romper del todo. Y entonces sí que no ayudarás a nadie.

Asentí despacio, no dándole la razón, pero ya no tenía fuerzas para discutirla.

—Quiero agradecerte algo —dije tras unos segundos.

Luca ladeó la cabeza, confuso.

—¿Ah, sí?

—Sí. —Respiré hondo—. Tengo información sobre tu familia.

Durante un momento, permaneció en silencio. Pude notar la tensión en su mandíbula, la forma en la que su cuerpo se estiraba hasta quedarse rígido. Algo en él se despertó, algo que no nos había contado y tal vez formase parte de esa información que ahora tenía.