El legado de los Romanov 67
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Andrei

Estaba mosqueado, no porque creyese que no iba a poder ayudarnos, sino porque no me fiaba ni un pelo de él.

No era por la reunión, ni la estrategia, ni siquiera el hecho de que Luca fuese útil, que lo era, y eso no podía negarlo, sino su mera presencia en la casa.

En nuestra casa. Caminando por los pasillos como si algo allí le perteneciera, como si no hubiese cruzado una línea invisible al interponerse en nuestros planes.

Me apoyé un segundo en el respaldo de la silla antes de volver a encararlo, ignorando el pinchazo de dolor que me subió por la pierna y la presión sorda que comenzaba a instalarse en la base del cráneo.

—No entiendo por qué tienes que estar aquí —solté, sin rodeos—. Vale, puedes ayudar, tienes contactos, sabes moverte en ese mundo de mierda… pero no veo por qué tienes que meter las narices en esta casa.

Luca no se ofendió, ni siquiera pareció sorprenderse.

Estaba apoyado junto a la mesa, con las manos relajadas, el traje estirado, impecable, como si el caos que nos rodeaba no pudiera alcanzarlo.

Me miró con calma, de esa que no se aprende, sino que se adquiere después de sobrevivir a demasiadas guerras.

—Porque te salvé el puto culo —respondió.

La frase me golpeó como una maldita bofetada.

—No —repliqué al instante, dando un paso al frente—. Fue mi hermano el que me sacó de ahí.

La comisura de su boca se tensó apenas un milímetro. No sonrió, pero algo en su expresión se volvió más duro.

—No me toques la polla, Andrei —dijo en voz baja—.

Yo no decido entrar, que no se te olvide que ha sido tu pakhan quien me ha invitado —bisbiseó, haciendo hincapié en el papel de Nikolai—.

Y quienes estuvieron en el zulo contigo fuimos Viktor y yo, no el resto de tus hermanos —aseguró—.

Soy yo quien está moviendo contactos para conseguirte tu puta información.

Me reí, fue una carcajada breve, sin una pizca de humor.

—Pienso joderte la puta vida como nos traiciones —le juré con una rabia que no sabía que tenía, no por él.

Imaginar a Marlene sola me estaba matando en vida, porque aquel odio me corroía por dentro, provocando que el poco control que me quedaba se esfumase por arte de magia.

Lo que no sabía Luca era que contaba con información clasificada de toda su familia, y si osaba intentar joderme, lo aplastaría como a una mosca.

—No te necesito.

Luca dio un paso hacia mí. Solo uno. Lo justo para invadir mi espacio sin tocarme, obligándome a alzar la vista para sostenerle la mirada.

—Sí —me rebatió—. Claro que lo haces.

—Creo que estás un poquito desubicado, italianini —aseguré al mismo tiempo que sacaba un cigarrillo de la cajetilla y lo encendía.

Luca me miró con los ojos entrecerrados, como si no acabase de comprender nada, pero pronto lo haría, porque si él me iba a ayudar, yo iba a tenerle cogido por los huevos para que no diese ni un solo paso en falso.

—Vamos, ubícame —me tentó.

—Oh, joder —comenté al mismo tiempo que me pasaba una mano por el pelo—. Tienes suerte de que me hayan pegado decenas de latigazos y me hayan marcado como a un puto cerdo —le dije con rabia—. Porque si me llegas a pillar hace una semana, te mato con estas dos manos —añadí alzándolas.

Luca dejó ir una carcajada llena de sarcasmo que me jodió en las entrañas.

—Ni en tus plenas facultades podrías despeinarme.

—Espera unos días —le guiñé un ojo—. De momento, puedo hundir a tu puta familia con un solo clic.

Una mueca sarcástica llegó a su rostro, y no me gustó ni un solo pelo, pero no fue eso lo que más me jodió, sino lo que iba a decir a continuación:

—Si quieres sacar a tu querida de allí, te va a tocar tragar conmigo —cambió de tema de manera radical—. Me necesitas —bisbiseó

La palabra querida me encendió algo primitivo en el pecho. Sentí la sangre subir, caliente, violenta, empujándome a actuar antes de pensar. Avancé sin medirlo, alargando el brazo para agarrarle del cuello, dispuesto a estrellarlo contra la pared aunque me costara la vida.

Pero no llegué.

El mundo se inclinó a mis pies, como si alguien hubiese girado la habitación sobre su eje.

La presión en la cabeza se convirtió en un latigazo, la pierna decidió ceder bajo mi peso y el aire se me atascó en los pulmones.

Todo ocurrió en una fracción de segundo: el suelo se acercaba demasiado rápido, la sensación de vacío, la certeza absoluta de que esta vez mi cuerpo no iba a obedecerme.

—Joder. —Escuché decir a Luca, justo antes de que unas manos firmes me sujetaran.

No fue violento, tampoco delicado. Me sostuvo como se sujeta algo pesado para que no pueda caerse, clavando los dedos en mis brazos para impedir que me desplomara del todo.

La cabeza comenzó a darme vueltas. Su rostro estaba demasiado cerca, su mirada fija en la mía, evaluando algo más allá del mareo evidente.

—No ahora —murmuró.

Intenté apartarlo, pero solo conseguí que la cabeza me diera otra vuelta y que un sudor frío me recorriera la espalda. Luca no me soltó, a pesar de todo.

—¡Nikolai! —Alzó la voz—. ¡Viktor!

Pude escuchar como sus voces se acercaban, al igual que los pasos rápidos que entraban a tropel. Noté cómo me sostenían entre los dos, cómo el peso dejaba de recaer solo sobre él, pero no escuché lo que decían. El zumbido en los oídos lo llenaba todo.

Antes de que la oscuridad comenzase a tomarlo todo, alcé a ver a Luca girar la cabeza hacia mis hermanos, serio, concentrado.

—¡Que alguien llame al médico, joder!