66
Andrei
El pakhan, nuestro hermano mayor, nos había reunido en el salón principal, por lo que decidí colocarme junto a la chimenea, dejando que mi oído se centrase en el chisporroteo de la lumbre mientras mis hermanos acababan de colocarse en sus sitios.
Removí la bebida, al mismo tiempo que observaba el hielo bailar dentro de esta.
Nikolai estaba de pie junto a la ventana, mientras que Viktor se apoyaba en una pared con los brazos cruzados y Alexei permanecía sentado de cualquier manera en la silla, balanceándose ligeramente sobre las patas traseras.
Luca Moretti entró el último.
Iba impecable, como siempre. Traje oscuro, camisa clara, sin una sola arruga fuera de lugar.
No parecía alguien que hubiera acudido a una reunión de guerra, sino a cerrar un trato millonario.
Al verme, ladeó un poco la cabeza, lo suficiente como para saludarme, y luego dirigió su atención al mayor de nosotros.
—Pakhan —lo saludó con el nombre ruso que se usaba para llamar al líder, lo hizo con respeto, más del que jamás me hubiese imaginado en él.
Nikolai asintió una sola vez.
—Moretti.
No hubo más presentaciones, obviamente no hacía falta.
Alexei ahora era parte de la familia Moretti, y Elisa de la nuestra. Por ende, Luca, era algo parecido a un cuñado para nosotros.
Me moví en la silla, con cuidado de no forzar la pierna, aunque el gesto no pasó desapercibido. Luca me miró un segundo más de lo necesario, evaluando sin decir nada. Luego volvió al centro de la sala.
—Tenemos que sacar a Marlene de allí —dije sin rodeos.
Nikolai ni siquiera me miró.
—Todos estamos aquí por eso.
—Entonces no perdamos el tiempo —continué—. Encontramos a La Mort, entramos, lo matamos y salimos con ella.
Alexei soltó una breve risa al mismo tiempo que negaba con la cabeza, como si lo que acababa de decir fuese divertido.
—Qué sencillo suena cuando lo dices así —apuntó.
Viktor me lanzó una mirada dura. Su reacción fue muy diferente a la que tuvo Alexei, y lo cierto es que tampoco me sorprendió.
—No estás preparado —aseguró con dureza.
Cogí aire, y lo dejé ir a modo de suspiro. Estaba cansado de que me trataran de aquella manera.
—Puedo apretar un gatillo, no necesito más.
—No ahora —replicó—. No en tu estado.
Me cabreaba que decidieran por mí, y lo llevaban haciendo tanto tiempo que mi paciencia comenzaba a evaporarse como la lluvia en un día de verano.
—No soy un puto inválido —le rebatí cada vez más cabreado.
—No, eres un despojo —intervino Nikolai, sin alzar la voz—. Y no es un insulto, es una descripción según lo que dice el médico.
El silencio llenó el gran salón como una maldita losa, aplastándolo todo. Podía sentir el enfado hirviendo en mis venas, cómo mi corazón palpitaba cabreado, y la presión de mi sien se intensificaba.
—Además —añadió—, no sabemos dónde está La Mort.
Me incliné hacia delante, soltando una enorme risotada.
—¿Me estás tomando el pelo? —inquirí—. No hay nadie imposible de rastrear.
Nikolai giró por fin la cabeza para mirarme.
—¿De verdad sigues creyendo eso?
—Lo sé —respondí con una seguridad que vibró en mi pecho—. Todo el mundo deja rastro, comete errores.
—Él no —se interpuso Viktor—. No de los que puedas seguir tú solo.
—No estaría aquí si fuera sencillo —intervino Luca por primera vez—. La Mort no es solo un hombre, es mucho más que eso.
Clavé la mirada en él, fulminándole de manera brutal, pero pareció no importarle el maldito odio que le profesaba en aquel momento.
—Todos sangran igual —bisbiseé.
Luca no discutió eso. Se limitó a caminar despacio alrededor de la mesa, con las manos a la espalda, como si estuviese pensando en algo.
—Y, aun así —comenzó a decir—, no va a aparecer porque lo busquemos. Va a aparecer cuando él quiera.
Nikolai asintió.
—Como la última.
Aunque me doliese el alma, era cierto que encontrarle era como buscar una aguja en un pajar. Ni siquiera conocíamos su rostro o la ubicación en la que tenía a las chicas, como para poder crear una triangulación o algo parecido.
La cabeza me iba a estallar, hasta que caí en la cuenta de lo que acababa de decir mi hermano.
—Una fiesta —musité.
—Exacto —confirmó Luca—. Subastas, invitados, ruido… La Mort solo se deja ver cuando cree que controla el escenario —aseguró—. Cuando está rodeado de aduladores.
—Entonces esperamos —anunció Viktor.
La idea me quemó por dentro.
—Cada día que pasa…
—Cada día que pasa la mantiene con vida —me cortó Nikolai—. Marlene es un premio para La Mort, la joya de la corona —comentó—. No podemos tomar decisiones desde la rabia.
Apreté las manos en puños, porque solo la idea de que ella fuese el mayor de los tesoros de La Mort hacía que un infierno se desatara dentro de mí. Ella no era una cualquiera, no era un objeto al que poseer, y eso era lo que estaba haciendo él.
—¿Y tú qué propones? —le pregunté a Luca.
Se detuvo en seco, como si hubiese tirado del freno de mano.
—Entrar por donde él no mira —respondió—. Usar su propia estructura, sus rutinas, sus normas y esa absurda necesidad de exhibirse como un maldito dios.
—¿Cuándo? —insistí, sintiendo como esa pregunta no me daba los plazos que necesitaba oír.
—Cuando vuelva a organizar la próxima fiesta —repitió—. Ahí es donde entro yo.
Nikolai se giró hacia mí.
—Por eso está aquí.
La sala se quedó en silencio.
—Quiero hablar contigo —le dije a Luca—. A solas.
Alexei arqueó una ceja, sorprendido de lo que acababa de escuchar.
—¿Otra charla privada? —cuestionó—. Esto empieza a parecer una telenovela —apuntó divertido.
—Tenéis cinco minutos —zanjó Nikolai—. Nada más.
Luca asintió con calma, y volvió a depositar su atención en mí.
—Cuando quieras.
Me levanté despacio, ignorando el dolor que protestó en cada músculo de mi cuerpo. Porque sabía que, si había una mínima posibilidad de sacar a Marlene de allí, pasaba por ese hombre.