El legado de los Romanov 65
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Marlene

No quería estar allí.

Lo supe desde el momento en el que me hicieron cruzar la puerta y la cerraron detrás de mí.

La sala era grande, fría, con paredes desnudas y una mesa larga de madera oscura ocupando el centro.

No había adornos, ni cuadros, ni nada que me ayudase a distraerme.

Todo estaba pensado para que no hubiera escapatoria posible. Ni física ni mental.

Cero ya estaba dentro.

Sentado con una tranquilidad que me resultó hasta insultante, con el cuerpo relajado hacia atrás y los brazos apoyados en los reposabrazos de la silla.

Iba vestido completamente de negro, como siempre, y su presencia llenaba la estancia sin necesidad de tener que intentarlo.

No alzó la cabeza de inmediato, sino que decidió ignorarme a propósito.

Permanecí de pie.

No porque no me lo hubiese ofrecido, sino porque no pensaba hacerlo. No iba a colocarme al mismo nivel que el hombre que nos había entregado sin mostrar un ápice de consciencia. Crucé los brazos frente al pecho y fijé la vista en algún punto indefinido de la pared, como si él no existiera.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó al fin.

Su voz era calmada, neutra, carente de cualquier emoción reconocible. Me obligué a respirar despacio antes de contestar. No iba a darle el gusto de verme temblar.

—Sí —respondí.

Cero alzó la mirada, intrigado.

—¿Ah, sí?

Giré la cabeza y lo miré de frente por primera vez. No bajé los ojos. No endurecí la expresión más de lo necesario. Dejé que la rabia me hirviese la sangre, pero jamás le dejaría ver todo el mal que había provocado en mí.

—Por tu culpa.

No alzó la voz, tampoco sonrió, pero algo en su postura cambió apenas un milímetro.

—Explícate.

—Tú lo trajiste —continué—. Tú lo empujaste a creer que tenía el control.

Esta vez sí que sus labios se curvaron en una mueca mínima, casi divertida.

—¿Hablas de Andrei Romanov?

El nombre me atravesó como una hoja afilada, pero no permití que lo viese, no le regalaría ese triunfo.

—Hablar de él en pasado te resulta demasiado cómodo —repliqué—. Supongo que así es más fácil de justificar lo que hiciste.

Cero se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.

—Se creyó demasiado listo —aseguró—. Y cuando alguien juega a ser más inteligente de lo que es, acaba llevándose exactamente lo que merece.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. No de golpe, sino de forma lenta, silenciosa, como una grieta que se abre sin hacer ruido. Apreté los dientes, notando el crujir de mis muelas, intentando detener el incipiente llanto.

—¿Qué le habéis hecho? —pregunté.

No supliqué ni rogué, y mucho menos lloré. Fue una pregunta seca, directa.

Cero me observó durante unos segundos que se me hicieron eternos.

—¿De verdad quieres saberlo?

—No juegues conmigo —le advertí cabreada.

—Jugó él —replicó—. Y perdió.

El aire dejó de entrarme en los pulmones, provocando que ahogase un quejido que llenó mi garganta con un enorme nudo.

—Eres un ser despreciable… —bisbiseé—. Aún no comprendo cómo alguien que se supone que lucha por el bien acaba tratando con gente como esta.

—Tú misma lo has dicho. —Sonrió ladino—. Se supone.

Negué con la cabeza, porque de verdad que no era capaz de entenderlo, él debía ser la parte buena de la sociedad y aun así, estaba todo tan corrompido que hasta el hombre que parecía ser más noble era el peor de todos.

—Dijiste que nos llevarías a casa —le espeté—. Que nos sacarías de allí sanas y salvas. —Mi voz se tensó, aunque no se quebró—. Dijiste que podíamos confiar en ti.

—Y confiasteis —respondió—. Ese fue vuestro error.

La rabia me subió por el pecho, caliente, asfixiante, pero la contuve como pude. No iba a gritar, y mucho menos llorar. No delante de él.

—Nos traicionaste —dije—. Nos vendiste como si no fuéramos nada.

—Yo no lo hice, querida —aseguró—. Hay gente más cercana a ti que te traicionó antes.

—Ni se te ocurra volver a llamarme así —sentencié.

Una risotada salió de lo más profundo de su ser, revolviéndome el estómago hasta límites insospechados.

—Nunca prometí ser vuestro salvador, Marlene —contestó—. Solo una salida, y hay veces que las salidas tienen un precio.

—Él pagó ese precio —le escupí, ida—. Por tu culpa.

Cero se levantó despacio, caminó alrededor de la mesa, acercándose lo justo como para invadir mi espacio sin tocarme. Su presencia era una sombra pesada a mi espalda.

—No —corrigió—. Pagó por creer que podía cambiar las reglas del juego.

Me giré de golpe para encararlo.

—Le prometiste que nos sacarías —dije—. A mi hermana y a mí, y lo único que has hecho es usarnos.

El silencio cayó entre nosotros, volviéndose cada vez más asfixiante e insoportable, tanto que sentí como la cabeza comenzaba darme vueltas.

—¿Está muerto? —me atreví a preguntar.

La duda pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Cero no respondió de inmediato, sino que aprovechó para sonreír ladino, con una malicia que me llegó a lo más profundo del corazón, mientras me evaluaba para ver hasta dónde podía llegar antes de romperme del todo.

—Digamos que ya no es un problema —aseguró.

Fue suficiente.

No grité, ni lloré, pero sí sentí como algo dentro de mí se apagaba para siempre, al mismo tiempo que mis piernas cimbreaban de impresión.

—Eres un puto mentiroso —bisbiseé—. Y un cobarde de mierda.

Cero sonrió de nuevo.

—Y tú sigues viva porque yo lo permito —respondió—. Deberías estarme agradecida.