64
Andrei
Me dormí por agotamiento, no por calma.
El cuerpo me cedió antes que la mente, vencido por la suma de todo el dolor, la medicación y la rabia que aún hervía contenida en mis venas. La habitación de invitados estaba en silencio, igual que la casa, lo que hizo que entrase en un trance hasta que todo se volvió negro.
***
Estaba en un pasillo largo, estrecho e iluminado únicamente por una bombilla como la del zulo en el que me habían tenido recluido.
Reconocí el suelo antes incluso de verla a ella, era el mismo que me mostraron en las imágenes del móvil.
El sonido fue lo primero que me llegó: el arrastre de unos pies descalzos, una respiración rota, un sollozo que acababa por transformarse en un alarido.
—¡Andrei!
La vi.
Marlene.
La llevaban a rastras, sujetándola por los brazos, clavándole los dedos en su piel como si fuesen ganchos.
Se resistía, revolviéndose, gritando mi nombre una y otra vez hasta que la voz se le quebró.
Intenté moverme, correr hacia ella, pero el cuerpo no me respondía.
Era como si en los pies tuviese yunques, porque no lograba avanzar ni un ápice.
—¡No! —vociferó—. ¡Suéltame!
Uno de los hombres le tapó la boca, y otro se rio. Fijé la vista en ellos y me encontré con que los hombres que la arrastraban eran una réplica de mí mismo.
Grité, lo hice con todas mis fuerzas, sintiendo como hasta la garganta se me rasgaba, pero no salía sonido alguno. Intenté disparar, pero el arma no estaba. Intenté alcanzarla, pero el pasillo se alargaba, se deformaba, haciéndose infinito.
—Tú eres el culpable —me gritó.
***
Y entonces desperté.
Incorporándome de golpe, con un quejido bajo que rasgó mi garganta. El corazón me latía con tanta violencia en el pecho que apenas podía escuchar nada más. La espalda me ardía y el sudor me empapaban desde la nuca hasta la cintura. Durante unos segundos no supe dónde estaba.
El presente tardó en imponerse al recuerdo.
Respiré hondo. Una vez. Dos.
No volvió.
Pero su nombre seguía ahí, vibrando en mi garganta como un eco que no se apagaba.
Me levanté despacio, con cuidado de no forzar la pierna más de la cuenta. El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos. Caminé apoyándome en la pared, avanzando por el pasillo en silencio, guiado más por la necesidad del movimiento que por tener un destino claro.
La luz del salón estaba encendida, lo que me llamó la atención.
Viktor estaba allí, de pie junto a la chimenea, con una botella de whisky abierta y un vaso medio lleno en la mano. No se giró al oírme.
—¿No duermes? —pregunté con la voz aún ronca.
Alzó el vaso apenas un centímetro.
—Duermo cuando puedo.
Me acerqué despacio y me apoyé en la mesa, sintiendo cómo el pulso comenzaba a estabilizárseme.
—¿Y no tienes casa? ¿Mujer? —añadí, más por provocarlo que por curiosidad real.
Viktor soltó una exhalación corta, casi una risa.
—Las tengo —respondió—. Pero también tengo un hermano que es un cazurro de cojones y al que quiero ayudar.
Incliné la cabeza, aceptando el golpe.
—No te equivocas, la verdad.
Hubo un silencio breve, cómodo, de esos que solo existen entre gente que ha visto demasiado junta. Entonces Viktor giró la cabeza y me miró de frente.
—Siento haberte pegado un tiro, tío.
Aquello me sorprendió, porque no encontré ironía en su voz, aunque tampoco dramatismo ni un reproche. Solo una verdad dicha cuando tocaba.
Lo miré durante unos segundos antes de responder.
—He recibido cosas peores de desconocidos —admití—. Supongo que siendo mi hermano, entra en el lote.
Un vaso apareció en mi campo de visión.
Alexei.
Había salido de la nada, como siempre, con el cabello revuelto y esa sonrisa ladeada que nunca sabias si anunciaría una broma o una catástrofe. Se sirvió una copa sin pedir permiso y le dio un trago generoso.
—Relajaos, que el ogro está durmiendo —comentó divertido—. Si empezamos a pedir perdón por cada bala mal colocada, no acabaríamos nunca.
Le lancé una mirada de advertencia, porque hacía no demasiado tiempo, en un supuesto recuento de dinero, habíamos tenido una breve trifulca, en la que casi me atraviesa la cabeza con una bala.
—Casi me matas.
—Casi —repitió, encogiéndose de hombros—. Pero no lo hice, cuenta como progreso.
Viktor negó despacio con la cabeza, resignado.
—Eres un imbécil —espeté.
—Y aun así me queréis —respondió Alexei, alzando el vaso—. Salud.
No brindé.
Me quedé mirando el líquido ámbar mientras la imagen de Marlene volvía a cruzarme la mente, más nítida de lo que me habría gustado admitir.
—No puedo dormir —confesé.
Viktor dio un sorbo a su whisky.
—No deberías ni siquiera intentarlo todavía, al menos no sin algo que te ayude.
Alexei me observó con una atención más seria de lo habitual.
—¿Pesadilla?
Asentí.
—La estaban arrastrando por un pasillo largo, no podía moverme… —le expliqué—. Gritaba sin control.
Ninguno de los dos hizo comentarios, pero tampoco los necesitaba. Viktor apoyó el vaso sobre la mesa, y colocó una de sus grandes manos sobre mi hombro.
—La sacaremos de allí.
No fue una promesa vacía, fue una afirmación.
Respiré hondo.
—Más nos vale.