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Andrei
Una parte de mí no quería decírselo.
Le había dado vueltas de todas las maneras posibles desde que me preguntó, buscando una grieta, una excusa, cualquier cosa que me permitiera continuar guardando esa información para mí.
No por desconfianza hacia mi hermano, sino porque sabía que, una vez pronunciadas en voz alta, las cosas dejaban de pertenecerte.
Y esa información… esa maldita lista… no era algo que pudiese repartirse a la ligera.
Nikolai me observaba, pero ya no hablaba. No hacía falta. Su silencio no era casual, era una espera medida, calculada. Sabía que iba a hablar, solo estaba dejando que yo llegase a esa conclusión.
—Cuando has entrado —dijo al fin—, te has quedado mirando al niño que juega en el jardín de la casa del canciller.
No fue una pregunta, sino una apreciación.
Me quedé quieto. El cuerpo respondió antes que la cabeza: la pierna protestó, mi espalda se tensó, como si el recuerdo hubiese activado algo físico dentro de mí. Respiré hondo, despacio, intentando recomponerme antes de volver a fijar la vista en él.
—Háblame de eso —añadió.
Alcé la vista hacia la pantalla que seguía mostrando la imagen de Matt corriendo detrás de una pelota demasiado grande para él. El guardia lo observaba desde la distancia, atento, correcto, sin implicarse demasiado. Un niño protegido por una mentira de un tamaño incalculable.
—No es solo un niño —murmuré.
Nikolai no dijo nada, me instó a continuar, dejándome espacio. Siempre lo hacía cuando sabía que la verdad venía sola.
—Se llama Matt —continué—. Cree que el canciller es su padre.
—Pero no lo es.
Negué despacio con un movimiento de cabeza.
—Su padre era Hans Keller.
El nombre quedó suspendido en el aire.
Nikolai ladeó la cabeza, como si encajara piezas que llevaba tiempo observando desde lejos pero que no acababan de cuadrarle.
—El seguridad —dijo—. El que apareció muerto hace tres años.
—Asesinado —corregí con firmeza—. No fue un accidente, ni un ajuste de cuentas, fue una ejecución.
Apoyé la espalda en el respaldo de la silla, porque la pierna volvió a fallarme.
—Hans era… —busqué las palabras—. Era familia de Marlene —añadí—. No de sangre, pero más que muchos que sí lo eran. Era la mano derecha de su padre, su consejero además de su seguridad personal —aclaré—. Las protegía.
Mi hermano mayor me observaba con una atención que no juzgaba, pero tampoco consolaba.
—¿Qué descubrió? —Quiso saber.
Solté una risa seca.
—Demasiado.
Me pasé una mano por el rostro, notando cómo el cansancio comenzaba a arrastrarme hacia abajo.
—Hans empezó a investigar la red hace años, no como un policía o un funcionario, sino que lo hizo desde dentro, como padre —continué—. Como alguien que vio cosas que no encajaban y decidió seguir tirando del hilo.
—Y el hilo lo llevó hasta La Mort.
Asentí.
—Y más allá. —Alcé la vista hacia mi hermano—. La Mort no es el centro —aseguré—. Es solo el intermediario más visible.
Nikolai no se sorprendió.
—Hans descubrió una lista. —El silencio entre ambos se volvió más denso—. Una lista de nombres, conexiones, cuentas, rutas, compradores, políticos, empresarios, jueces… —enumeré—. Gente intocable. Gente a la que nadie se atreve a señalar.
—¿Dónde está toda esta información?
—En una unidad cifrada, y en copias repartidas en lugares que solo él conocía.
Mi hermano frunció el ceño ante esta respuesta.
—¿Solo él? —indagó.
—Y ahora yo.
Sacó una caja de cigarros, y me tendió uno. Me lo llevé a la boca de manera instintiva, pero no lo encendí. Cuando alcé la mirada me encontré con la suya, que me escrutaba con intensidad.
—¿Por qué tú?
—Porque sabía que Friedrich solo se lo entregaría a alguien que no lo usaría para negociar —respondí—. Ni para enriquecerse. Sabía que, si lo hacía público, lo haría para destruirlo todo.
Nikolai guardó silencio, como si las piezas comenzasen a encajar lentamente en su cabeza.
—¿Por eso fuiste al canciller?
—No, en realidad no. —Alcé los hombros, resignado—. Iba a matarle, no lo hice por Marlene —admití—, estuvimos hablando, y entonces comenzó a hablarme de toda esta información.
—Pero no lo hiciste solo por Marlene, ¿no?
—Vi al niño —respondí—. Entendí que Hans no había muerto para que Matt se quedara solo, murió para que alguien sacara la verdad a la luz sin convertir a su hijo en otra víctima.
Cerró los ojos durante un instante, al mismo tiempo que se masajeaba el puente de la nariz con dos dedos.
—Esto cambia muchas cosas.
—Nadie debía saber de la existencia de esa lista —le dije—. Por eso no quería contártelo.
—Pero debías hacerlo —sentenció al mismo tiempo que asentía con la cabeza—. Ahora sé a qué nos enfrentamos, y por desgracia, es mucho más grade de lo que podría haber imaginado jamás.
—Luca no puede enterarse de esto.
La frase salió más dura de lo que había previsto, y por eso mi hermano me observó taimado, como si algo no le acabase de gustar.
—¿Por qué?
—Porque esta información —hice hincapié— no puede circular. No aún, y mucho menos fuera de la familia —aseguré—. Si se filtrase, eso nos convertiría en una puta diana con patas.
—Luca ya está implicado.
—En el rescate y en su trifulca familiar —concedió—. No en todo esto. Por el bien de todos, esto tiene que permanecer entre tú y yo.
Nikolai me sostuvo la mirada durante largos segundos, como si estuviese repasando mentalmente todo lo que le había contado.
—¿Qué vas a hacer con la lista?
Suspiré, quedándome vacío por completo.
—Hacerla pública —respondí—. Pero a mi manera. Cuando todo esté atado, Marlene y Anna estén fuera, y cuando no puedan silenciarla matando a otro Hans Keller.
—Sabes que tú serás el siguiente en esa lista, ¿no? —cuestionó.
Asentí, claro que lo sabía, por eso mismo me habían metido en un zulo y me habían torturado casi hasta la muerte. Pero eso preferí no decírselo.
—Entonces esto se queda entre tú y yo.
—Entre hermanos —añadió.
Me tendió la mano y la agarré con fuerza, sellando el pacto que acabábamos de verbalizar.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, esta vez distinto, tranquilo, porque sabíamos que, a partir de ahora, nada de lo que hiciéramos tendría marcha atrás.
Y que la guerra que se avecinaba ya no iba solo de rescatar a alguien, sino de hacer caer el mundo tal y como lo conocíamos.