62
Andrei
Tres días después.
Ya había pasado una semana desde que me sacaron de aquel zulo.
El cuerpo ya no era un campo de minas constante, pero tampoco podía decir que fuese funcional.
El dolor continuaba ahí, como una presencia que me recordaba todo lo ocurrido a cada segundo que pasaba.
La espalda tiraba al moverme, la pierna me ardía de forma intermitente, creándome una visible cojera y la cabeza todavía se me nublaba si forzaba demasiado.
Aun así, ya había comenzado a levantarme, caminando despacio, apoyándome en superficies, fingiendo tener una entereza que todavía no poseía.
Nikolai caminaba unos pasos por delante de mí, por los pasillos de la casa, con ese paso suyo seguro, sin prisas, como si el mundo entero avanzara a su ritmo.
Yo lo seguía en silencio, cavilando, observando detalles en los que no había podido poner atención en la última semana: guardias nuevos, cámaras que no recordaba, puertas reforzadas donde antes no las había.
Todo estaba más controlado.
Más blindado.
—¿Cómo está la situación? —pregunté al fin—. ¿Cómo me encontrasteis?
Nikolai no se detuvo, ni siquiera me miró.
—Como sabíamos que iba a ocurrir —respondió—. Que no ibas a pedir ayuda.
Solté una exhalación lenta.
—No me habría hecho falta si…
Mi hermano chasqueó la lengua, haciéndome callar.
—Si no te hubieras ido solo —me interrumpió—. No vamos a discutir más sobre ese tema, porque ya hemos pasado por ahí.
Giró por un pasillo más estrecho y abrió una puerta que hasta entonces había permanecido cerrada. Aguardó en la entrada, haciéndome pasar al interior.
La sala estaba llena de pantallas. Demasiadas para procesar toda esa información de golpe.
Algunas mostraban mapas con puntos marcados; otras imágenes de cámaras de seguridad, movimientos de vehículos, listas que se actualizaban en tiempo real, nombres, fechas, conexiones.
Era un cerebro externo funcionando sin descanso.
Me quedé quieto en el umbral durante unos segundos.
—Te localizamos porque no nos diste otra opción —continuó Nikolai—. Cuando decidiste no dejarnos ayudarte, lo hicimos a nuestra manera.
Me acerqué despacio, leyendo fragmentos al pasar.
—¿Localizador?
—Geolocalización —me corrigió—, triangulamos tu posición y dimos con el edificio.
El mismo sistema que yo había creado para ayudarnos a encontrar a los Orlov era el que habían usado en mi contra.
Clavé la mirada en una de las pantallas donde aparecía el edificio, la ruta, los tiempos. Todo estaba tan ordenado, tan medido… era distinto al caos que yo recordaba.
—Habéis estado moviendo piezas mientras yo estaba fuera —murmuré.
Mi vista se fijó en una de las pantallas, donde se veía una cámara de seguridad que apuntaba directamente a la casa del canciller, el padre de Marlene. Matt estaba en el jardín, jugando con la pelota mientras el guardia de seguridad le observaba, como cada día.
Un pellizco encogió mi estómago.
—Hemos movido piezas desde mucho antes —aseguró—. Solo que ahora lo sabes.
Se apoyó con las manos en la mesa central y me miró de reojo.
—Todo esto no lo hemos levantado solos.
Fruncí el ceño.
—¿Luca?
—Luca —confirmó—. Contactos, accesos, información que no teníamos, personas que no nos habrían respondido jamás…
Volví a recorrer la sala con la mirada, esta vez entendiendo mejor el alcance al que llevaba todo aquel material. No era solo vigilancia. Era una red. Una maldita telaraña extendiéndose poco a poco.
Cuando me volteé, me encontré con un Nikolai más que cabreado, observándome con una fijeza que no tenía minutos atrás.
—¿Qué fuiste a buscar a casa del canciller?
Me pasé una mano por el rostro y decidí sentarme cuando noté como un pinchazo me atravesaba la pierna desde el talón al muslo. Contuve el aliento durante unos segundos y miré a mi hermano.
—Quise matarlo —aseguré—. Deseaba acabar con él por ser el culpable de que Marlene estuviese en manos de La Mort —admití con pesar.
—¿Y por qué sigue vivo? —cuestionó.
—Algo me hizo cambiar de opinión —me excusé sin querer darle demasiada información, pero eso con Nikolai no funcionaba.
Cerró la puerta que aún permanecía abierta, y se sentó frente a mí con los brazos abiertos, con las pantallas detrás expandiéndose como un paisaje informático.
—Adelante —me instó.
—No sé qué cojones os traéis con Luca Moretti —comenté.
—¿Qué tiene que ver él en todo esto? —preguntó sin comprenderlo.
Me pasé una mano por el cabello, y bufé.
—No confío en él —me sinceré, sin ocultar la incomodidad que me provocaba—, y la información que tengo es demasiado importante.
—Yo tampoco confío en ti cuando decides largarte solo —rebatió—. Tampoco lo hacía cuando llegaste, cuando descubrimos que eras nuestro medio hermano y aun así, sigues aquí —añadió, y pude ver el rencor en sus palabras.
—¿Eso es lo que te jode, hermanito? —Quise saber, arrugando el entrecejo.
Dejó ir una risotada que provocó que el vello de todo mi cuerpo se erizase. El cabrón era como el demonio en la tierra, vestido siempre con trajes oscuros, camisas vino, y ese cabello perfectamente peinado.
—Vas a tener que contarme qué demonios ocurrió en Alemania —aseguró—. Y que sepas, que si hay alguien que pueda sacar a las niñas de esa puta casa de locos —continuó—, es él.