El legado de los Romanov 61
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Andrei

El silencio volvió a instalarse en la habitación cuando mis hermanos se marcharon, pesado y cargado de una tensión que ni siquiera se disipó cuando la puerta se cerró tras ellos.

Me quedé mirando el techo durante unos segundos, respirando despacio, dejando que el dolor volviera a llenar cada rincón de mi cuerpo con esa presencia cruel que ya empezaba a ser normal en mí. No había tregua.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuché de nuevo unos pasos acercándose, estando aún con los ojos cerrados. Esta vez eran distintos, más lentos, medidos, acompañados del leve chirrido de una bandeja metálica.

El doctor entró con una expresión que no intentó ocultar. Sonreía, aunque no de manera exagerada ni falsa, sino una de alivio sincero, como si verme consciente fuera una pequeña victoria personal.

—Vaya… —comentó al mismo tiempo que se acercaba—. Así que por fin ha decidido volver con nosotros.

—No tenía mucha elección —murmuré.

Soltó una breve risa mientras revisaba los monitores, comprobando cifras y anotando algo en una tableta.

—Puede que no, pero créame, no todos lo consiguen después de algo así —aseguró al mismo tiempo que me señalaba con el bolígrafo—. Ha sido un paciente complicado, pero resistente —añadió—, muy resistente.

—No me felicite todavía —repliqué—. Sigo aquí postrado.

Me miró por encima de las gafas, con una mezcla de profesionalidad y cautela, supuse que porque ya conocía a la perfección lo que se cocía en esta familia.

—Precisamente por eso —me contradijo—. Estar aquí ya es suficiente motivo.

Se movió alrededor de la cama, levantó ligeramente la sábana, observando la pierna con atención para después volver a cubrirla con cuidado.

—El dolor es normal —me explicó—. Y va a seguir siéndolo durante un tiempo.

Aproveché la conversación para tornarla a mi favor.

—Entonces sabrá que necesito algo más fuerte —comenté—. Y que necesito levantarme.

El doctor negó despacio, incluso antes de que terminase la frase.

—De eso nada —sentenció.

—Doctor…

—No —repitió, con más firmeza—. Tengo órdenes muy claras.

—¿De Nikolai?

Este asintió sin remordimiento alguno y entonces comprendí que lo más seguro era que mi propio hermano lo hubiese amenazado de muerte con tal de que hiciese caso omiso a cualquiera de mis peticiones.

Apreté la mandíbula, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con esa impotencia que me estaba empezando a resultar insoportable.

—Si no me da algo para el dolor, me levantaré de todas formas, aunque me muera —advertí—. Y ambos sabemos que eso no va a acabar bien.

Me sostuvo la mirada, imperturbable. Ese hombre estaba curtido en mil situaciones y por lo que podía ver, estaba más que acostumbrado a tratar con gente como la de nuestra familia.

—Y ambos sabemos que si te levantas ahora, no llegarás ni a la puerta —respondió—. Así que puedes enfadarte conmigo lo que quieras, pero no voy a ser yo quien firme tu sentencia de muerte.

Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Cuatro días sedado no se borran de un plumazo —me explicó—. Tu cuerpo necesita tiempo, aunque no quieras oírlo.

Solté una exhalación lenta, controlada.

—¿Cuándo podré moverme?

—Cuando yo te lo diga —contestó—. Y cuando tu hermano lo permita.

Eso fue suficiente para dar por terminada la conversación.

—Puedes irte —le invité a salir.

El doctor dudó un segundo, pero finalmente asintió.

—Me alegra verte despierto, Andrei —añadió antes de marcharse—. De verdad.

La puerta se cerró tras él, devolviéndome a esa espera incómoda que ya se estaba convirtiendo hasta en una rutina. Volví a quedarme solo, con el cuerpo tenso y la mente trabajando a un ritmo que no acompañaba a mi condición física. Necesitaba un ordenador, algo con lo que comenzar a trabajar.

No tardé en escuchar otros pasos. No eran apresurados ni pesados. Eran firmes, seguros e incluso elegantes en la forma de pisar. Luca Moretti no entraba nunca en una habitación como si tuviera prisa.

La puerta se abrió de par en par y lo vi aparecer con un traje oscuro impecable, sin una arruga. Cerró tras él con calma y avanzó hasta situarse a un par de pasos de la cama. Me observó en silencio durante unos segundos, evaluándome como quien analiza una pieza dañada.

—Has sobrevivido —comentó al fin.

—Supongo —musité.

No le invité a sentarse. Tampoco lo hizo por iniciativa propia, pero no lo necesitaba. Luca se mantenía en pie, con las manos relajadas a ambos lados del cuerpo, dominando el espacio.

—Necesito que me ayudes. —Fui directo al grano—. A sacar a Marlene de allí, tengo información que…

No pareció sorprendido.

—No —me interrumpió.

La respuesta fue inmediata, limpia y sin rodeos.

Fruncí el ceño, achicando los ojos.

—Escúchame…

—Lo estoy haciendo —volvió a cortarme y tuve que apretar las manos en puños—. Y mi respuesta sigue siendo no.

Sentí cómo la frustración me subía por el pecho.

—Tengo información —añadí—. Algo que puede interesarte.

Luca negó despacio.

—No necesito sobornos para ayudarte —aseguró.

Eso me pilló desprevenido y se notó en mi cara, ya que no pude evitar esbozar una mueca de incredulidad.

—¿Desde cuándo? —cuestioné—. Tengo entendido que no eres precisamente alguien de fiar.

Sus ojos se afilaron un poco, pero no perdió la calma.

—Los Romanov tampoco lo sois —replicó—. Y aun así, aquí estamos.

Guardó silencio un segundo, como si calibrara cuánto debía decir.

—Esto ya no va de favores ni de intercambios —continuó—. Ni siquiera de negocios o de salvar a tu chica.

Me sostuvo la mirada con una firmeza que no dejaba lugar a dudas, por lo que decidí callar.

—Ahora es algo personal.

No supe qué era lo que le había ocurrido para que así fuese, pero su respuesta me valió. El peso de esas palabras cayó despacio, asentándose en el aire que había entre nosotros.

No sonreí, ni respondí, porque, por primera vez desde que había despertado, entendí que la guerra que se avecinaba no iba a librarse solo por sangre o poder.

Además, comprendí que Luca Moretti ya había elegido bando.

Y era el nuestro.