60
Andrei
No pasó mucho tiempo hasta que la puerta volvió a abrirse.
No necesité verlos para saber quiénes eran, sus pasos no sonaban igual que los del personal ni los de Elena. Había una forma concreta de moverse que reconocería en cualquier sitio, incluso medio inconsciente.
—Míralo —dijo una voz grave—. Siempre igual de cabezota.
Abrí los ojos despacio y me encontré con Viktor apoyado junto a la pared, con los brazos cruzados y esa expresión impenetrable que siempre llevaba puesta, como si nada pudiera sorprenderle ya.
A su lado, un poco más adelantado, estaba Nikolai.
Impecable con su traje oscuro, esa postura recta y la mirada calculadora con la que lo observaba todo.
No parecía un hombre que hubiera pasado días sin dormir, aunque sabía que lo había hecho.
—Vaya… —murmuré—. Pensaba que ya estaba escuchando alucinaciones.
Nikolai esbozó una leve mueca similar a una sonrisa.
—Si lo fuera, tendrías mejor aspecto —respondió el mediano—. O peor. Contigo nunca se sabe.
Intenté incorporarme un poco, pero me limité a apoyar la cabeza mejor contra la almohada. El cuerpo me dolía, sin responder como debía, y no estaba dispuesto a darles el gusto de verme retroceder otra vez.
—¿Dónde estoy? —Quise saber.
Nikolai dio un paso hacia la cama y apoyó una mano en el respaldo de la silla que Elena había ocupado hasta hacía poco.
—En casa —me informó—. La casa familiar.
Fruncí el ceño.
—Esta no es la habitación de invitados que digamos.
—No —admitió—. Es la sala médica.
No comprendí demasiado bien a qué se refería. Esperó un segundo antes de continuar, como si midiera cuánta verdad podía soltar de golpe.
—Es la misma en la que mantuvimos a nuestro padre con vida durante meses.
Sentí como algo se tensaba en mí.
—¿Vasily? —musité.
Nikolai asintió despacio.
—Aquí —continuó—. Con el mejor equipo material y los médicos mejores formados del mundo trabajando para nosotros, mientras fingíamos ante el resto de clanes que seguía dirigiéndolo todo desde la sombra. —Hizo una pausa—. En realidad, luchaba por no morirse.
Miré a mi alrededor, las paredes blancas, las máquinas, la limpieza… Todo cobraba sentido.
—No podíamos permitirnos que olieran la sangre —añadió Viktor desde su sitio—. Habrían venido como perros.
—Ya… —murmuré—. Siempre lo hacen.
Nikolai me observó con atención, como si estuviera evaluando algo más allá de mi estado físico.
—Has estado sedado casi todo el tiempo —comenzó a explicarme—. Cuatro días. Teníamos que estabilizarte. La espalda, la pierna, la infección… —Negó con la cabeza—. Si te hubiéramos despertado antes, habrías intentado levantarte igual.
—Y lo volveré a hacer —repliqué.
Viktor dejó escapar una exhalación corta, casi una risa sin humor.
—Te conocemos demasiado bien.
—Entonces sabréis por qué voy a preguntarlo —espeté, fijando la vista en la de Nikolai—. ¿Por qué cojones seguís aquí en vez de ir a buscar a Marlene?
El silencio cayó de golpe.
Viktor descruzó los brazos. Nikolai apenas se movió, pero su expresión se endureció, volviéndose aún más ruda de lo que solía ser.
—Porque no sirve de nada ir a por ella si tú no estás en condiciones de aguantarlo —respondió con una calma que me jodió—. Ni física, ni mentalmente.
—Eso no lo decides tú.
—Sí —replicó—. Justamente eso sí que lo decido yo.
Apreté la mandíbula, el dolor seguía ahí, constante, como un recordatorio de lo vulnerable que estaba, y eso solo alimentaba mi rabia.
—Cada minuto que pasa está en manos de ese hijo de puta —espeté—. Cada minuto cuenta.
—Y cada paso en falso la mata —contestó sin alzar la voz—. O te mata a ti, y no pienso perder a nadie por tu impulsividad.
—No soy impulsivo.
—Te fuiste solo —intervino Viktor—. Eso no fue algo planificado.
No respondí, porque no tenía una réplica que no sonara a excusa. Nikolai se acercó.
—Necesito que estés al cien por cien —aseguró—. Necesito que puedas caminar, disparar, y pensar con claridad —añadió con una calma tensa que me puso los pelos de punta—. No vamos a rescatarla para que te mueras a mitad de camino.
Negué con la cabeza, respirando hondo.
—No —dije con las pocas fuerzas que tenía—. Tráeme algo para el dolor, lo que sea, pero tengo que salir de aquí.
—No va a pasar —sentenció Viktor a su espalda.
—Pues entonces sedadme de nuevo —escupí—. Porque no pienso quedarme aquí sabiendo que sigue en esa casa.
Viktor dio un paso hacia la cama, pero Nikolai alzó una mano para detenerlo.
—No vamos a discutir eso ahora —zanjó el tema con autoridad—. Descansa.
—No quiero hacerlo —le rebatí.
—Lo harás igual.
Cerré los ojos un segundo, conteniendo la furia, intentando no perder el poco control que me quedaba, y mucho menos con mis propios hermanos.
—Quiero hablar con Luca —anuncié al fin.
Nikolai frunció el ceño.
—¿Para qué?
No respondí. El silencio volvió a instalarse en la habitación, pesado, cargado de cosas no dichas. Nikolai sostuvo mi mirada durante unos largos segundos, evaluándome.
—Cinco minutos —dijo al final—. Nada más.
Asentí despacio.
Porque cinco minutos con Luca Moretti podían ser suficientes para empezar a fraguar esa guerra que quería abanderar.