El legado de los Romanov 59
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Andrei

Volví a la vida a golpes.

No fue un despertar tranquilo, ni una transición suave entre la nada y la consciencia.

Sentí dolor, un dolor intenso, espeso, que me atravesó el cuerpo de golpe, como si alguien hubiera decidido encender todas las terminaciones nerviosas a la vez.

Inspiré de forma brusca y el aire me quemó los pulmones.

Un sonido ronco, animal, se escapó de lo más profundo de mi garganta antes de que pudiera evitarlo.

Abrí los ojos, o al menos lo intenté.

La luz me atravesó como una cuchilla, provocando que tuviese que parpadear varias veces, sintiendo como los párpados me pesaban. Era como si llevase demasiado tiempo sin abrirlos.

Estaba en un hospital, o al menos en algún lugar que se parecía demasiado.

El olor fue lo siguiente que reconocí. Antiséptico. Alcohol. Medicación. Ese aroma limpio y aséptico que siempre oculta algo peor.

Me dolía todo.

No una zona concreta ni una herida localizada. Era un dolor generalizado, profundo, como si mi cuerpo hubiese sido aplastado para luego ser reconstruido a medias. Intenté mover la mano derecha, pero un latigazo de dolor me subió por el brazo hasta el hombro y se me clavó en la base del cuello.

Joder.

Apreté la mandíbula. Tragué saliva. Tenía la boca seca, pastosa, como si hubiera estado respirando polvo durante días. La lengua me pesaba. Apenas podía pensar con claridad, era como si estuviese aún a medio despertar, ya que cada pensamiento parecía costar el doble. ¿Dónde…?

La memoria llegó a trompicones.

Oscuridad.

El zulo.

La silla.

La pistola frente a mí.

Viktor y Luca.

¿Había sido real? O tal vez todo hubiese sido parte de mi propia alucinación. Entonces giré la cabeza despacio, notando como cada músculo de mi cuerpo protestaba. Fue ahí cuando la vi.

Una mano agarraba la mía.

Pequeña, cálida y firme.

Parpadeé otra vez, intentando enfocar. La figura sentada junto a la cama estaba inclinada hacia delante, con la cabeza apoyada como si el cansancio hubiera terminado por vencerla.

Por un momento, allí estaba ella.

—Marlene… —susurré, aunque mi voz salió rota, siendo apenas un hilo.

La luz se movió por encima de ella en el instante en el que comenzó a despertarse, revelando un cabello más oscuro del que había podido ver.

Alzó la cabeza despacio, como si le pesara. La luz acabó de iluminar su rostro, y tardé un segundo más de lo que debería en entender lo que estaba viendo, revelándome una verdad que me encogió el corazón. No era Marlene, sino Elena.

Joder.

Elena parpadeó varias veces, desorientada aún por el sueño. Tenía las ojeras marcadas, el pelo recogido de cualquier manera, y vestía ropa cómoda, como si llevara allí demasiado tiempo.

—Andrei… —murmuró.

Su voz sonó suave, cálida y real. Una dulce sonrisa se esbozó en sus labios. Una preciosa, de alivio, de esas que nacen sin pensar y que son capaces de iluminar el rostro entero y que te hacen creer, por un segundo, que todo va a salir bien.

—Has vuelto —musitó—. Gracias a Dios…

—¿Y Marlene? —pregunté sin rodeos.

La sonrisa de Elena titubeó apenas un segundo, lo suficiente como para que su duda fuese como un golpe directo al estómago.

—Tranquilo —respondió—. Tienes que descansar, y Smirnov ha dicho que no…

Smirnov era el médico de la familia, el mismo que había ayudado mis hermanos en distintas ocasiones, solo que en aquel momento no sabía dónde me encontraba.

—¿Dónde está? —repetí, esta vez más tenso.

Elena apretó un poco más mi mano, como si quisiera anclarme al presente.

—Andrei, has estado cuatro días inconsciente —dijo—. Estabas muy mal. Pensamos que…

No terminó la frase, no hizo falta.

—¿Cuatro días? —musité.

Mi mente empezó a cavilar, lenta pero imparable. Cuatro días significaban demasiadas cosas. Tiempo suficiente como para que La Mort se moviese, para que Marlene quedase a su entera disposición…

—¿Y es que a nadie se le ha ocurrido ir a por ella? —cuestioné—. ¡No hay tiempo que perder!

Intenté incorporarme.

Error.

Un dolor insoportable me atravesó la espalda y la pierna. El cuerpo se me arqueó solo, traicionándome, y un gruñido violento se escapó de mi garganta. El mundo se volvió a desdibujar durante unos segundos.

—No, no —exclamó Elena, alarmada—. No te muevas así.

Me quedé inmóvil, con los ojos cerrados, esperando a que el dolor remitiera lo suficiente como para poder pensar con claridad. Volví a caer contra el colchón, respirando con dificultad. El sudor me empapó la frente durante unos segundos.

—Escúchame —me pidió, inclinándose hacia mí—. Estás vivo, es lo importante ahora. El médico ha hecho todo lo que ha podido, Viktor está fuera, Nikolai también, y está todo controlado.

La miré fijamente.

—Nada está controlado si ella sigue en manos de ese hijo de puta.

Elena bajó la mirada, y ese gesto confirmó mis sospechas.

—Andrei… —empezó a decir.

—Llama a mis hermanos —le pedí.

Esta se puso en pie, no sabía ni qué hora era, pero hizo lo que le pedí, solo que antes de que pudiera salir de la habitación la detuve.

—Elena —la llamé cuando ya agarraba el picaporte—. Gracias por quedarte.

Ella giró sobre sus talones para observarme. Sonrió con esa sonrisa que parecía querer protegerme del mundo entero.

—No iba a irme —respondió—. No después de todo.