El legado de los Romanov 58
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Andrei

No sentía dolor.

Era extraño.

Después de tantos días soportando agujas, descargas, golpes y recuerdos que me desgarraban por dentro, el simple hecho de no sentir nada resultaba casi antinatural.

Abrí los ojos poco a poco.

No reconocí el lugar.

Todo estaba cubierto por una especie de niebla blanca que parecía extenderse hasta el infinito. No había paredes, ni techo, solo un suelo en el que estaba sentado.

Esperando.

No sabía a qué o a quién, pero lo hacía.

Una corriente de aire me acarició el rostro.

Entonces escuché su voz.

—Andrei…

El corazón me dio un vuelco.

Me puse en pie tan deprisa que casi perdí el equilibrio.

La busqué de manera desesperada con la mirada, pero ni siquiera podía encontrarla.

—Marlene.

La niebla comenzó a disiparse con lentitud y allí estaba ella. Durante unos segundos fui incapaz de moverme, parecía exactamente igual que la recordaba.

El cabello oscuro le caía sobre sus hombros, sus ojos claros estaban fijos en mí y su piel blanca relucía como la porcelana.

Estaba tan preciosa que dolía mirarla.

La rabia me golpeó de inmediato, porque sí… Estaba allí, delante de mí, y yo seguía sin poder protegerla.

Me puse en pie, avanzando hacia ella.

—¿Dónde estás?

Marlene sonrió con tristeza y suavidad, como si aquella pregunta no tuviese respuesta.

—No importa —respondió con pesar.

—Claro que importa —la rebatí, sintiendo cómo todo en mi interior se revolvía.

Mi voz sonó más brusca de lo que pretendía.

—Llevo semanas buscándote.

Bajó la mirada, y aquello me hizo sentir aún peor, porque me moría por tenerla de nuevo conmigo, por sacarla del puto infierno al que había sido arrastrada.

—Lo sé…

—Entonces dime dónde estás —le insté con desesperación.

—No puedo.

Apreté la mandíbula, notando el crujir de mis muelas resonando en lo más profundo de mi cabeza.

—Joder, Marlene… —mascullé.

Ella volvió a mirarme y algo dentro de mí se rompió, porque había cansancio en sus ojos, uno que jamás había visto antes. Era como si llevas demasiado tiempo luchando sola, agotada.

Quise acercarme más.

Abrazarla.

Comprobar que era real, pero algo me lo impidió. Era como si una distancia invisible siguiera separándonos hasta el infinito.

—Tienes que despertar, Andrei —susurró.

Fruncí el ceño.

—¿Qué? —pregunté confuso.

—Tienes que despertar —repitió.

—No pienso irme sin ti.

Una pequeña sonrisa se esbozó en sus labios, a pesar de que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Siempre tan cabezota —comentó ella con pesar.

—Lo mismo digo.

Su risa fue tan suave que apenas la escuché, pero allí estaba, y durante unos segundos todo desapareció.

La niebla.

La oscuridad.

El miedo.

Solo existíamos nosotros, como en mi apartamento, antes de que todo se rompiera.

La sonrisa fue desvaneciéndose con lentitud.

—Andrei…

Algo en su voz hizo que el estómago se me encogiera.

—¿Qué ocurre?

Guardó silencio unos segundos.

Demasiados.

—Tienes que levantarte ya o será demasiado tarde —me pidió con tanta angustia que una parte de mí solo pudo asentir.

—¿De qué demonios hablas?

No respondió.

—Marlene.

—Prométemelo —suplicó.

—¿Qué?

Negué con la cabeza. No comprendía a qué demonios se estaba refiriendo, lo único que sabía era que mi alma lloraba de verla frente a mí y no poder tocarla.

—No entiendo nada…

—Lo sé, cielo —musitó angustiada.

—Entonces explícamelo —le pedí.

Sus ojos se llenaron de una tristeza tan profunda que sentí que todo mi ser se retorcía.

—No puedo.

La rabia comenzó a hervirme bajo la piel, porque sabía que algo iba mal.

Lo sentía.

Y ella continuaba sin decirme qué era.

—A ti no te queda tiempo —gruñí—. Eso es lo único que me importa ahora.

—A ti tampoco, no es tu momento, Andrei.

—Voy a encontrarte —dije esta vez alzando un poco más la voz.

—Lo sé —susurró al borde del llanto.

—Te sacaré de allí.

Una lágrima descendió por su mejilla, y una parte de mí quiso recogerla y besarla hasta que dejase de llorar.

—Lo harás.

—Entonces deja de hablarme como si estuvieras despidiéndote.

Marlene cerró los ojos y cuando volvió a abrirlos parecían más brillantes. Comenzó a caminar hacia mí, y se detuvo, arrodillándose frente a mí, tan cerca que pude percibir su perfume y ver cada una de sus pestañas.

No supe en qué momento caí frente a ella, dispuesto a entregarle mi vida si hacía falta, pero allí estaba.

Las manos me temblaron, porque la había echado tanto de menos que apenas podía respirar sin ella. Apoyó una mano sobre mi mejilla. Cerré los ojos de inmediato, aferrándome a aquel contacto, a esa sensación, a mi Marlene.

—Prométeme que irás a buscarme —me pidió.

Una sonrisa amarga apareció en mis labios.

—No hace falta que me lo pidas —aseguré—. Estoy removiendo cielo y tierra.

—Prométemelo.

Abrí los ojos, la observé y comprendí que necesitaba escucharlo, tener algo a lo que aferrarse.

Era la mujer más hermosa que hubiese visto en toda mi vida, y me moría solo de pensar en todo lo que podría estar sufriendo por culpa de esos hijos de la gran puta.

—Te lo prometo.