El legado de los Romanov 57
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Marlene

Había perdido la cuenta de las veces que había leído ese libro.

Era la tercera.

O la cuarta.

Tal vez la quinta vez.

No importaba. Las páginas se sucedían unas a otras sin que realmente las leyera.

Mis ojos recorrían las líneas, pero mi mente estaba perdida en un lugar indefinido donde le tiempo no dolía tanto.

Me había aprendido párrafos enteros de memoria.

Sabía qué frase venía después, qué diálogo, qué giro.

Y, aun así, seguía pasando hojas, aferrándome a ese gesto repetitivo como si fuera una tabla de salvación.

El salón comedor del caserío nuevo era amplio, demasiado.

Los techos eran altos, tanto que se me antojaban inalcanzables.

Enormes vigas de madera oscura los adornaban.

Había enormes ventanales a ambos lados, que dejaban entrar una luz grisácea, casi enferma, que me desquiciaba.

Todo estaba limpio, impecable y, sin embargo, nada allí lo hacía sentir acogedor.

Me encontraba sentada en uno de los sofás, con las piernas recogidas bajo mi propio cuerpo, con el libro apoyado contra mis muslos. Llevaba horas allí, o eso creía. En ese lugar, el tiempo se deformaba. Se estiraba y se encogía, para convertirse en una cosa viscosa que se te pegaba a la piel.

Pasé otra página.

No me concentraba.

No podía.

Desde hacía rato, algo flotaba en el aire. Una tensión extraña, un murmullo bajo que se filtraba incluso a través de las paredes gruesas del caserío. Voces, pasos que iban y venían, puertas que se cerraban con más cuidado del habitual.

Cuchicheos.

Levanté la cabeza del libro por primera vez en mucho tiempo, y entonces, escuché mejor todo lo que me rodeaba.

No eran conversaciones normales, en ellas no había risas, ni había órdenes secas, ni tonos autoritarios como el que se usaba en aquel lugar.

Era distinto. Como si nadie quisiera ser el primero en decir algo en voz alta.

Tragué saliva.

Una parte llegó hasta mí, arrastrada por el pasillo.

—Muerto. —Oí, quedándome quita.

El libro resbaló un poco sobre mis piernas, pero no lo sostuve. No lo cerré. Mis dedos se tensaron alrededor del lomo como si aquello pudiera anclarme a la realidad.

Otra voz más baja dijo:

—Un hombre rubio.

El corazón comenzó a latirme más deprisa. Demasiado. Pero entonces, el aire se me atascó en los pulmones, lo hizo en el preciso instante en el que oí como decían que era ruso.

Negué despacio, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. No. No significaba nada. Podía ser cualquiera, sobre todo porque en aquel mundo en el que estábamos metidas, había personas muriendo cada día. Los apellidos no importaban, y los rostros tampoco.

Intenté volver a leer.

Las letras bailaban al mismo tiempo que las manos comenzaron a temblarme.

—Marlene.

La voz me hizo dar un pequeño respingo. Al girarme, me encontré a una de las mujeres del servicio. Estaba de pie al fondo del salón, rígida, con las manos entrelazadas delante del cuerpo. No me miraba directamente a los ojos.

—¿Sí? —pregunté a duras penas, sintiendo como aquel simple monosílabo había tenido que tirar de mis cuerdas vocales para poder salir.

—El señor… —dudó—. La Mort quiere verla.

Cerré el libro, no de golpe, sino más bien despacio, como si ese gesto pudiese retrasar lo que ya era inevitable.

Me puse en pie con cuidado, notando cómo las piernas me flaqueaban un poco al apoyar el peso en ellas. La mujer se apartó para dejarme pasar, sin decir nada más.

El pasillo se me hizo eterno. Cada paso resonaba demasiado fuerte sobre el suelo de piedra. Sentía el pulso en las sienes, en la garganta y también en las muñecas. Todo en mí parecía ir demasiado deprisa, menos mi mente, que se movía a trompicones.

«No pasa nada», me repetí.

«No puede ser lo que estás pensando».

Llegué a las puertas del gran salón.

Estaban abiertas y La Mort me esperaba dentro, de pie, junto a la chimenea apagada. Llevaba un traje oscuro impecable, como siempre. Las manos a la espalda, y me observaba con su máscara, con la postura relajada.

—Marlene —me saludó con esa voz suave que me ponía tan de los nervios—. Qué bien que hayas venido tan rápido.

«Y qué remedio», pensé para mis adentros. No había otra opción.

Me quedé a unos metros de distancia, con los brazos pegados al cuerpo, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la estancia.

—¿Ocurre algo? —pregunté al final, porque el silencio empezaba a ser insoportable.

La Mort ladeó la cabeza, como si estuviera considerando mis palabras.

—Depende —comentó—. Supongo que de lo que tú consideres que es «algo».

Dio un par de pasos hacia mí. Lentamente. Sin invadir mi espacio, pero lo suficiente como para que me sintiera observada.

—¿Has oído los rumores? —Quiso saber.

El corazón me dio un vuelco, y una parte de mí me gritó su nombre: Andrei.

—No sé a qué se refiere —aseguré.

—Claro que sí —dijo con una leve sonrisa, o eso pude intuir bajo su máscara—. Aquí las paredes hablan y tú siempre has tenido buen oído.

Me sostuvo la mirada durante unos segundos que se me hicieron eternos. Luego suspiró, como si lo que fuese a decir a continuación le resultara una leve molestia.

—Andrei Romanov está muerto.

El mundo se detuvo un instante, lo suficiente como para que mi corazón se rompiese en mil pedazos, era como si alguien hubiera apagado de golpe una luz dentro de mí.

—No… —susurré.

La palabra apenas salió de entre mis labios.

—Te lo advertí —continuó La Mort, con calma—. Te dije que el amor dolía, y que siempre acababa pasando factura.

Negué con la cabeza, una y otra vez, sintiendo cómo el pecho comenzaba a oprimírseme, como el aire dejaba de llegar con normalidad a mis pulmones.

—No está muerto —musité sin apenas fuerzas—. Mientes.

La Mort alzó una ceja.

—Un hombre rubio, ruso, torturado y ejecutado. —Hizo una pausa, dejando que cada palabra se me clavara en lo más profundo del corazón—. Encaja bastante bien con él, ¿no crees?

Las piernas me fallaron.

Me llevé una mano al respaldo de una silla cercana para no caerme. Sentí un nudo crearse en el estómago, cómo una presión brutal amenazaba con hacerme vomitar. El mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor, consiguiendo que todo se me viniese encima.

—Esto es culpa tuya —sentenció, sin alzar la voz—. Y lo sabes. Si no te hubieras convertido en su debilidad, seguiría vivito y coleando.

Las lágrimas me quemaron en los ojos, pero no cayeron. No todavía.

—No… —repetí—. Él no…

No pude terminar la frase.

La Mort me observó en silencio durante unos segundos más, con los brazos cruzados, expectante. Luego, como si se cansara del juego, chasqueó la lengua.

—No te preocupes, querida —comentó—. No todo son malas noticias.

Alcé la mirada, confundida, con el corazón en un puño, desbocado y latiendo con tanta fuerza que apenas podía escuchar.

—Un viejo amigo ha venido a verme —continuó—. Alguien que te resulta… familiar.

Se giró hacia la puerta del gran salón y levantó la voz lo justo como para hacerle pasar.

—Adelante.

La puerta se abrió, y entonces lo vi: Cero. Entró con la tranquilidad de quien sabe perfectamente el efecto que causa. Vestía un traje oscuro, y entró con paso firme. Su mirada era indescifrable, pero sus ojos se clavaron en los míos durante un instante que me heló la sangre.

El suelo pareció desaparecer bajo mis pies.

La Mort sonrió.

—Creo que tenéis mucho de lo que hablar.