El legado de los Romanov 56
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Luca

La noche había caído en la ciudad, y esa zona no era de las más comunes en las que estar a esas horas.

El edificio se levantaba ante nosotros como una carcasa abandonada, era un saco de grietas y sombras, con los cristales rotos y los marcos de metal devorados por el tiempo. El tipo de lugares donde se entierran cosas. O personas.

Me froté las manos contra los muslos para intentar ahuyentar el frío que ya se colaba en mis huesos.

Pero no solo eso, sino también ese temblor que no quería admitir.

No era miedo, sino una de esas sensaciones incómodas que te suben por el estómago cuando sabes, con una certeza casi repulsiva, que lo que vas a encontrar al otro lado de la puerta no va a ser nada bueno.

—¿Estás seguro de que está aquí dentro? —cuestioné, aunque sabía a la perfección que Viktor no respondía preguntas que consideraba obvias.

Y esa, para él, lo era.

Ni siquiera se giró.

—Podría estar en otro punto del edificio —insistí, más por necesidad de hablar que por convicción real.

—No lo está —aseguró, esta vez sí dedicándome una mirada fugaz—. No nos equivocamos, le pusimos un localizador.

Me giré con brusquedad hacia él.

—¿Por qué cojones le pondríais un localizador a vuestro propio hermano?

—Porque le conocemos, y sabíamos que iría solo a por La Mort, y que haría una estupidez tarde o temprano.

Me llevé una mano al puente de la nariz.

No conocía demasiado a los Romanov, pero, en cierto modo, se habían convertido en parte de mi familia al aceptar a mi hermana en ella. Me gustase o no, ahora teníamos un vínculo.

—Y dime —resoplé—, ¿dónde se lo pusiste? Porque no me imagino a Andrei dejándose implantar nada sin partirle la cara a alguien.

Viktor se encogió de hombros lo suficiente como para excusarse.

—Fue Alexei —añadió a su gesto.

—Ah.

No necesité más explicaciones. Si alguien era capaz de ponerle un rastreador a alguien sin que se diera cuenta, ese era Alexei.

Qué puta familia.

Aunque tampoco podía hablar mucho de ellos, ya que la mía tampoco es que fuese demasiado funcional.

Viktor volvió a arrodillarse frente al muro lateral del edificio, donde habíamos colocado la carga. C4, suficiente como para abrir un acceso sin derrumbar toda la estructura, o al menos, eso decía la teoría. Mi estómago se contrajo al verlo ajustar los cables.

Me pasé una mano por el cuello, intentando aliviar la tensión.

—¿Y si no está vivo? —pregunté mediante un susurro.

Viktor no respondió de inmediato, sino que se tomó su tiempo para pensar con tranquilidad, mientras acababa de preparar la carga.

—Si está muerto —dijo con crudeza—, nos llevaremos su cuerpo, y mataremos a quien lo haya asesinado.

No hubo dramatismo en su tono, ni ira, ni dolor. Solo una verdad desnuda: los Romanov estaban hechos de otra pasta.

—Activa la carga cuando quieras —murmuré, ajustándome el chaleco, al mismo tiempo que me ponía en pie y me alejaba lo suficiente como para fumarme tranquilo un cigarrillo.

Cinco minutos después, la explosión sacudió el edificio en un estruendo seco, como si hubiese explotado dentro de mi propio pecho. El aire se llenó de polvo, esquirlas y un calor momentáneo me golpeó la cara.

Viktor avanzó el primero.

Yo fui detrás, ajustando el agarre de la pistola con un gesto automático, casi mecánico. El polvo aún flotaba en el aire cuando cruzamos el umbral abierto por la explosión. El edificio crujía, quejándose como un animal herido, pero no iba a venirse abajo, aún no.

Los dos hombres del piso superior reaccionaron tarde.

Siempre lo hacían cuando no esperaban una guerra.

Uno de ellos apareció al final del pasillo, desorientado, con el arma mal sujeta.

Viktor no redujo el paso. Un disparo limpio.

En la frente, provocando que cayese hacia atrás como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible.

El segundo intentó correr. Error de principiante.

Sonreí ladino y le disparé sin acelerar el pulso. Rodilla primero, pecho después. Cayó de lado, convulsionando, ahogándose con su propia sangre, dejando un rastro oscuro sobre el suelo sucio. Pasé a su lado sin mirarlo, saqué la pistola y le apunté directo a la cabeza.

Bajamos las escaleras.

El olor cambió antes incluso de que llegáramos al sótano. La sangre tenía muchas formas de oler, y esa que llenó mis fosas me dijo que aquella no era reciente. Era densa, vieja, cargada de sudor, metal y algo más profundo.

No me detuve.

Al fondo había una puerta reforzada, cerrada. Desde dentro, nos llegaron voces apagadas, risas y el sonido húmedo de algo golpeando carne.

Viktor levantó la mano. Contó con los dedos.

Tres.

Entramos.

El primer hombre murió sin entender nada. El segundo intentó usarlo como escudo. Solo entonces le vi de verdad: Andrei.

El tiempo no se detuvo, pero algo en mi interior sí lo hizo. Una fracción mínima, lo suficiente para registrar la imagen y archivarla donde menos importancia fuese a darle.

Disparé.

El hombre cayó.

El tercero se lanzó a por mí con una barra metálica.

Me golpeó el estómago en un movimiento seco, calculado.

Di un paso atrás, más por recobrar el equilibrio que por el dolor.

Viktor se adelantó, no hizo ruido, no gritó, solo le golpeó la sien con la culata del arma y cuando estuvo de rodillas, le disparó.

Me acerqué a Andrei, estaba sentado en una silla metálica, inclinado hacia un lado.

Desnudo de cintura para arriba, si es que se le podía llamar así porque lo que realmente ocurría era que su camisa estaba hecha girones.

Tenía el cabello pegado al rostro, y por suerte, conservaba las suficientes fuerzas como para respirar con torpeza.

Luego miré su espalda.

El estómago se me revolvió, lo primero que me golpeó fue el asco, porque a pesar de que lo había visto antes, aquello era una carnicería.

Los latigazos no habían sido al azar. Alguien sabía dónde golpear para abrirle la piel sin matarlo.

Tenía la carne levantada, había surcos profundos y zonas donde la sangre ya se había secado. Era un trabajo meticuloso.

—Andrei —dije, con voz firme.

Parpadeó. Lento. Con los ojos vidriosos.

Viktor se acercó y empezó a cortar las ataduras con cuidado. En cuanto lo tocó, Andrei lanzó un alarido que tensó el aire. No fue un grito. Fue un sonido roto, primario, salido de algún lugar demasiado profundo.

—Hermano —le llamó Viktor, y en su voz pude vislumbrar algo que no había oído jamás en ella.

Sujeté la silla para que no cayera. Andrei temblaba, con espasmos involuntarios. Le habían llevado al límite.

—Siempre… —Tosió—. Siempre jodiéndome la vida…

Ninguno de los dos nos atrevimos a decir nada. Cuando lo soltamos, su peso cayó sobre nosotros. Era extraño cargar con alguien tan grande, que siempre había sido peligroso, y que, en ese momento, parecía tan frágil.

—Aguanta —le dije—. En nada estaremos en casa.

Abrió los ojos un poco más.

—¿Qué… cojones hace… el italiano aquí?

Fue lo último que dijo antes de perder el conocimiento.