55
Andrei
El frío del metal me quemaba la frente.
Era curioso como algo tan simple podía anunciar el final.
El cañón continuaba allí, firme, inmóvil, como una promesa a punto de cumplirse.
Cerré los ojos. El cuerpo me dolía, la espalda me ardía como si me hubieran arrancado la piel a tiras, y la cabeza me latía con una presión que amenazaba con partirme en dos.
Y, sin embargo, a pesar de todo, lo único en lo que podía pensar era en ella.
Marlene.
Joder.
Perdóname.
Perdóname por no haber sido más listo, por no haber corrido más rápido o por haber caído en esta trampa de mierda. Te prometí que iba a sacarte de todo esto… y terminar aquí, con una pistola en la cabeza y el cuerpo hecho pedazos es lo que menos esperaba.
—La has cagado pero bien —comentó una voz sobre mí.
Él. Van Gogh. Olía a rabia, a venganza y a esa sangre que seguro que aún le resbalaba por el cuello hasta morir en su camiseta.
—Cuando termine contigo, iré a por todos los demás —me advirtió—. Y cuando no quede ninguno, iré a por tu chica.
Marlene.
No abrí los ojos, no le di el gusto. Solo respiré hondo, como si fuera el último aire que me quedaba. Y en mi cabeza, se repetía su nombre como una plegaria.
Un segundo silencio lo invadió todo, sumiendo el lugar en una tensión máxima.
—Qué pena que no vayas a volver a ver la luz del día —comentó jocoso.
Le escuché fumar, cómo le daba una larga calada a un cigarrillo.
Apreté la mandíbula porque una parte de mí deseaba apagárselo en un ojo, quemarle hasta que se prendiese en llamas, pero algo me decía que eso jamás tendría lugar, y en cierto modo así era.
—Al final vas a tener suerte —susurré sin apenas fuerzas.
Él pareció no entenderme.
—Yo que tú me compraba algo de lotería —añadí.
Van Gogh chasqueó la lengua.
—La pena va a ser que tú no veas a tu niñita —sentenció, quitando el seguro de la pistola, preparado para acabar con mi sufrimiento.
Agradecí que hubiese llegado el momento, no porque quisiera dejar de sentir todo ese dolor, sino porque después de toda una vida envuelta de violencia, tal vez ese fuese el mejor final para un hombre como yo. Una muerte lenta, tortuosa y llena del mismo sufrimiento que yo había impartido.
—Eres un hijo de puta —bisbiseé.
La rabia volvió a hervir en mis venas. Abrí los ojos y me encontré con una sonrisa socarrona que deseé borrar de un plumazo.
—Puede que lo sea, pero yo voy a seguir vivito y coleando mientras tú sirves de alimento a los gusanos.
No dije nada, porque para lo único que servía era para alimentar su maldito y asqueroso ego de triste hombrecillo que tenía. El silencio se volvió a instaurar
Y después, el caos.
Un fuerte bombazo me sacó del estado semicatatónico y de rabia en el que me encontraba, provocando que diese un bote en el sitio, sobresaltándome
Un disparo, luego otro, voces gritando, pisadas, más disparos.
La presión del cañón desapareció por completo, el cuerpo del hombre que me apuntaba se tambaleó.
Al principio creí estar alucinando, que después de todas las inyecciones, los golpes y la pérdida de sangre había perdido totalmente la cabeza.
Pero no, ahí estaban ellos.
Viktor y Luca Moretti.
Letales, imparables, desatando el infierno en ese maldito sótano al que no tenía ni idea de cómo demonios habían llegado.
Las balas volaban, los cuerpos caían y la sangre salpicaba las paredes del zulo como un mural macabro perfecto para cualquier sádico. No negaría que una parte de mí comenzó a disfrutar viendo como los hombres que me habían herido estaban siendo asesinados por mi propia familia.
Uno cayó a mis pies. Otro junto a la puerta.
Y mi querido Van Gogh intentó huir, pero no llegó lejos. Luca le disparó directo al pecho, provocando que el hijo de puta cayese de rodillas con la boca abierta y la mirada fija en mí, como si no pudiera creer que al final era él quien iba a morir y no yo.
Me incliné lo justo y necesario. Lo suficiente como para escupirle, sacando todo el odio que me quedaba con las pocas fuerzas que soportaba.
—Hermano —me llamó Viktor al mismo tiempo que me sujetaba por los hombros.
Dejé ir un profundo alarido, así que, sin dudarlo un solo instante, soltó su agarre, para colocarse frente a mí, sujetándome el rostro.
La cabeza comenzó a darme vueltas como si el mundo hubiese subido diez marchas y ahora girase a mayor velocidad, haciendo que tuviese sensación de vértigo.
—Parece que os habéis puesto todos de acuerdo para joderme —comenté sin ganas, sintiendo como me quedaba sin fuerzas.
—Ahora ya está —aseguró.
Escuché como alguien carraspeaba a mi lado, y entonces, al voltear la cabeza, me encontré con la mirada.
—¿Qué cojones hace el italiano aquí? —murmuré.
No escuché la respuesta, todo se desvaneció, tornándose todo a negro.
Otra vez.