El legado de los Romanov 54
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Eve

Durante la fiesta de Octavio Ríos.

La sala era demasiado blanca, silenciosa y perfecta.

Olía a madera encerada, a whisky caro y a algo que no supe nombrar, una fragancia aterciopelada y dulce pero que al mismo tiempo se sentía amaderada y vibrante.

Me hicieron pasar sin decir una sola palabra. Dos hombres me escoltaron hasta la puerta doble, y cuando la abrieron, me dejaron sola. La cerraron detrás de mí, y entonces fue cuando escuché como un sonido hueco lo llenaba todo: habían echado la llave.

Contuve el aliento, percibiendo cómo mi corazón latía cada vez con más intensidad, como un tambor de guerra anunciando la batalla. Las piernas me cimbrearon debido a los nervios y una parte de mí quiso salir corriendo.

Tragué saliva.

Él estaba ahí. De pie, junto al gran ventanal que daba a los jardines traseros.

Sostenía un vaso bajo, con un líquido ámbar que giraba con lentitud.

Sus dedos eran largos, huesudos, y llevaba un anillo grueso en el índice, y una pulsera de oro blanco en la muñeca. A su lado, todo brillaba demasiado.

Se giró al oír mis pasos, y sonrió. Fue una mueca lenta, meticulosa, que no llegó a mostrarse en sus ojos.

Era un hombre de no más de cincuenta y cinco años, vestido con un traje impoluto, camisa blanca y con el cabello peinado en forma de tupé. Tenía los ojos oscuros, casi negros, acompañados de largas pestañas que enmarcaban su mirada.

Me mantuve quieta. No por valentía, sino porque las piernas no me respondían del todo, además de que lo único que deseaba era salir corriendo en dirección contraria.

El vestido que La Mort me había obligado a ponerme era de satén negro, con tirantes finos anudados sobre los hombros, en forma de delicados lazos, corto, y sin escote, pero tan ceñido al cuerpo que parecía ser una segunda piel.

No llevaba ropa interior, ni yo ni ninguna de las chicas.

—Eve —dijo él, en voz baja, como si saboreara las tres letras de mi nombre—. Mi hermoso diamante.

No contesté.

Avanzó, lo hizo despacio, como un animal que ya sabe que su presa no va a huir.

Cuando estuvo frente a mí, alzó una mano y, sin pedir permiso, aunque tampoco lo necesitaba, deslizó los dedos por mi clavícula hasta llegar al tirante izquierdo del vestido. Lo desanudó con la lentitud de quien abre un regalo que lleva esperando meses, y entonces, el tirante cayó.

Mi pecho izquierdo quedó al descubierto. El aire me rozó la piel y se me erizó hasta el alma. Apreté las piernas sin que se notara, intentando mantener el equilibrio que sabía que él quería romper.

—Deliciosa —musitó.

No me miraba a los ojos, sino al pecho. Lo observó como si fuera una obra de arte, o mejor dicho, un trofeo. Algo que ya era suyo.

Sin que pudiera esperármelo, levantó una de sus manos y comenzó a tocar mi mejilla. No con ternura, sino con una devoción extraña. Sus dedos estaban fríos y secos, tanto que los noté arañar mi piel.

Delineó mi mandíbula, como si la estuviera tallando con su maldita memoria. Mientras lo hacía, vi cómo su otra mano descendía, colándose en la tela de su pantalón para recolocarse el miembro. Lo hizo sin pudor, sin apartar la vista de mí. Respiró hondo y sonrió de nuevo.

—No sabes lo mucho que he deseado que llegase este momento —musitó, acercando su boca a mi oído, apartando el cabello que caía sobre este—. La de veces que te he soñado —añadió, para segundos después lamer mi piel—. Te he follado en innumerables ocasiones, pero hoy…

Mi cuerpo se paralizó por completo, era la primera vez que le veía, y ni siquiera era capaz de articular palabra.

Él lo notó, esa maldita tensión, el pánico absoluto, y le gustó.

—Eres una doppelgänger[8] —añadió, volviendo a acariciar mi mejilla con el dorso de los dedos—. Una réplica exacta de una mujer a la que creí perder hace mucho tiempo. —Se pasó la lengua por los labios—. Pero tú… Tú eres mejor.

Su respiración era pausada, pero vibraba. Como si estuviera aguantando algo por dentro, como si cada palabra lo encendiera cada vez más.

Me tocó el pecho con la yema del dedo, luego con la palma entera. No fue violento, fue mucho peor. Deliberado. Como si estuviera grabando el tacto en su memoria enferma.

Mi cuerpo tembló, pero no fue por el deseo, sino por la máxima repulsión, y eso lo notó también. Lo vi en sus ojos, en esa especie de luz que se encendió como una bengala dentro de su oscuridad personal.

Se inclinó sobre mí y comenzó a besar mi clavícula, para lentamente ir descendiendo hacia mi pezón. Lo lamió con delirio, redondeándolo con la lengua con absoluta perdición, dejando un reguero de saliva caliente que contrastaba con el frío de la habitación.

Entonces, me miró por fin a los ojos.

—Perfecta —susurró.

No aparté la vista. Me forcé a mantenerla, porque sabía que eso, precisamente eso era lo que él quería romper. Mi control, mi identidad y mi voluntad.

—Estoy deseando follarte —me confesó—. Siéntate ahí.

Con un movimiento de cabeza, me indicó que me colocase en el butacón que había frente a él, y eso hice. De un trago se terminó la bebida que había dejado sobre el aparador, y volvió a caminar hacia donde me encontraba.

—Abre las piernas —ordenó con rudeza, mientras volvía a colocar la mano sobre su miembro.

Se encaminó hacia donde me encontraba, al mismo tiempo que me observaba con algo que no supe descifrar, aunque algo en mí me decía que eso iba más allá de cualquier razonamiento. Era pura locura.

—Siempre he sido un hombre elegante, pero contigo… —Dejó ir un profundo gruñido que me revolvió el estómago—. Me sale el puto instinto animal.

Todo mi cuerpo tembló al ver cómo no dejaba de acercarse al mismo tiempo que se desabrochaba el pantalón de traje que vestía. Se recolocó los mechones de cabello castaño que caían sobre su frente para devolverlos al tupé al que pertenecían, y sonrió ladino.

Comenzó a masajearse sobre la ropa, y cuando llegó a mi altura, sacó su endurecido miembro, dejándolo a escasos centímetros de mi rostro.

Tragué saliva.

Una parte de mí quiso echarse a llorar, romperse en mil pedazos, porque sabía que en el momento en el que eso ocurriese, ya no habría vuelta atrás. Pero no lo hice.

—Mi nombre es Giovanni Moretti. —Hizo una pausa—. Y vas a ser de mi propiedad.