El legado de los Romanov 53
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Marlene

Salida de la fiesta de Octavio Ríos.

Todo ocurrió demasiado deprisa.

Nos sacaron de la casa a trompicones, haciéndonos correr por los largos pasillos hasta que llegamos al garaje donde nos esperaba un furgón.

El portazo metálico sonó como un disparo, lo que hizo que me agachase, doblándome sobre mí misma.

No vi quién lo cerró. No supe cuántas sombras se movían al otro lado.

Solo sentí el traqueteo del motor, el suelo vibrando bajo mis pies, y el crujido áspero de los neumáticos rompiendo el silencio de la madrugada.

Una explosión.

Gritos.

Luces estallando como relámpagos artificiales.

El cuerpo de Octavio derrumbándose, con la boca abierta y los ojos aun buscando una explicación que jamás llegaría. Su sangre salpicando el mármol. El caos. Las manos que me arrastraron, la puerta trasera, el empujón…

Y el más absoluto silencio.

Me llevé las manos al rostro, intentando organizar los pensamientos, pero lo único que encontré fue el temblor.

Mi cuerpo se negaba a obedecer. Las piernas me dolían, las costillas, y no sabía si era por una caída, el miedo o por la pura tensión.

Todo pasó tan deprisa que no era capaz de recordarlo todo.

—Marlene.

La voz de Eve me trajo de vuelta. Estaba a mi lado, con el semblante pálido y el maquillaje corrido por el sudor y las lágrimas.

Me agarró de la mano con fuerza. No con esa ternura y compasión que siempre me profesaba, sino con una desesperación muda, como si aferrarse a mí fuese lo único capaz de impedir que se desmoronase.

Yo hice lo mismo.

Durante el trayecto permanecimos así, a oscuras, rodeadas de más chicas que en silencio agachaban la cabeza. Cada una encerrada en su propio infierno, sin atreverse a preguntar qué había pasado. Nadie hablaba, ni lloraba ni gritaba.

El miedo era una mordaza colectiva.

Fuera, apenas podía distinguir la ciudad, los cristales estaban tintados, pero lo que sí veía era las luces pasar a gran velocidad.

Intenté contar los minutos desde que salimos de la casa hasta llegar a la mansión, pero perdí la cuenta cuando la adrenalina empezó a disiparse. Solo sabía que nos alejábamos.

Cuando el furgón se detuvo, nadie respiró.

La puerta se abrió con un chirrido, y un haz de luz amarilla iluminó el interior. Dos hombres de voz ronca nos ordenaron bajar.

Obedecimos.

Otra casa.

Más grande, más limpia y silenciosa.

Pero no por eso menos peligrosa.

Los pasillos eran estrechos, con suelos encerados y paredes blancas como hospitales. Había cámaras en cada esquina, y hombres armados vigilando desde los extremos. Nos asignaron una habitación a cada una, pero Eve y yo insistimos en quedarnos juntas.

Nadie discutió.

Al cerrar la puerta, me apoyé contra ella. El corazón aún me latía frenético en el pecho, haciendo que apenas pudiera respirar.

—¿Qué demonios ha ocurrido? —solté, mirando a Eve—. ¿Cómo puede ser que nos hayan atacado? ¿Octavio… está muerto?

Ella no respondió de inmediato, caminó hacia la ventana, echó un vistazo rápido al exterior y cerró las cortinas.

—Sí, yo creo que sí.

—¿Pero quién haría algo así? —cuestioné.

Cualquiera, en realidad.

—No lo sé.

La miré. Estaba nerviosa, su voz temblaba y se abrazó a sí misma.

—Joder, Eve… —susurré, sentándome al borde de la cama—. Yo… creo que le vi.

—¿Cómo?

—Al chico del que te hablé…

—El que te rescató —aclaró.

—Sí… Entre la gente —musité—. Cuando todo explotó, creo que su acompañante fue quien disparó a Octavio —continué—. Fue justo antes de que me arrastraran. —Me pasé una mano por la cabeza, deshaciéndome del recogido que llevaba—. Juro por Dios que vi a Andrei.

Mi voz se quebró en el momento en el que su nombre salió de entre mis labios. No quería que sonara a un ruego, pero lo era. Eve me observó en silencio unos segundos, y luego, con una calma que no le había visto antes, se sentó a mi lado.

—Pero ahora dudo que fuese él —admití—. Todo pasó tan deprisa… —susurré con pesar—. A lo mejor me lo he inventado —apunté hecha un manojo de nervios—. Es más, ¿qué haría Andrei en un lugar como aquel?

—¿Y si de verdad le viste?

—¿Qué? —pregunté confusa.

—¿Y si sí era él? —insistió.

Mi mente iba tan deprisa, intentando atar cabos que apenas era capaz de pensar con claridad.

—No… no puede ser, es imposible —negué.

—¿Y si te está buscando?

Sus palabras cayeron en mí como un relámpago. Una chispa de fuego entre el miedo y la oscuridad se encendió.

Me giré hacia ella, y una parte de mi cerebro quiso agarrarse a esa idea. A esa maldita posibilidad que había prendido una llama de esperanza.

—¿Tú crees?

Eve asintió, aunque no con mucha seguridad, pero sí la suficiente como para que quisiera creerla.

—No sería la primera vez que alguien lo arriesga todo por alguien, ¿no? —preguntó—. Es lo que hace el amor.

Mi pecho se contrajo. Quise creerla, de verdad. Pero en ese lugar, la esperanza era una trampa más. Algo que te ofrecían para luego arrebatártelo de entre las manos.

Aun así… Andrei.

—¿Y qué hay del hombre con el que hablabas? —pregunté de pronto—. En la fiesta, te vi discutiendo con él.

Eve se tensó, pero no demasiado, lo suficiente como para saber que no quería hablar de eso.

—Un loco —dijo al fin.

Arrugué el entrecejo, sin comprender qué me quería decir con aquello, y con una mirada lee insté a continuar hablando.

—Es un magnate de los diamantes, italiano, obsesionado con las jovencitas morenas de ojos verdes —continuó—. No sé qué demonios le ocurre. Creo que despierto algo extraño en él, supongo que como en todos los hombres de su calaña —aclaró—. La Mort me hizo acudir a su encuentro.

Ambas sabíamos lo que significaba esa presentación y lo que vendría después. Lo que implicaba que La Mort lo hubiera elegido entre todos sus súbditos.

Una jaula nueva, con barrotes de diamantes.