52
Andrei
Desperté con el sonido de unos aplausos lentos.
Uno.
Dos.
Tres.
El eco rebotaba contra las paredes de piedra, multiplicándose, deformándose hasta convertirse en un martilleo dentro de mi cráneo.
Cada palmada era un golpe seco contra mi sien.
Abrí los ojos con dificultad, con la lengua pegada al paladar, la boca llena de un sabor metálico que no supe identificar si era sangre o bilis.
El zulo seguía igual.
Oscuro. Húmedo. Asqueroso.
La bombilla que colgaba desnuda del techo se balanceaba ligeramente, lanzando pequeños destellos intermitentes que me obligaron a parpadear varias veces.
Continuaba atado a la silla, solo que en aquel momento ya tenía la camisa rasgada, y decenas de heridas en la espalda desnuda.
Mi piel estaba pegajosa por el sudor seco, la sangre coagulada y el rastro de ese maldito químico que me habían inyectado horas antes.
O días.
Ya no lo sabía.
Se habían pasado horas golpeándome, usando sus cinturones para ello, me habían tirado al suelo con la silla, pateado en las costillas, intentado ahogar con una toalla y un cubo de agua…
El tiempo allí no existía.
—Bravo, Romanov, bravo.
La voz surgió de la nada, lenta, burlona, acompañada de un nuevo aplauso que se clavó en lo más profundo de mi mente.
Alcé la cabeza lo justo para localizarlo. Estaba frente a mí, apoyado contra la pared mohosa, con los brazos cruzados sobre el pecho. Era el mismo hombre que me había inyectado el medicamento, alto, delgado, con guantes negros y traje gris. Además de esa sonrisa ladeada que tanto me carcomía.
El hijo de puta de siempre.
—¿No te cansas? —mascullé entre dientes, con la garganta ardiendo—. Podrías, al menos, dejarme dormir un rato —comenté—. Tocarme los cojones ya lo haces de maravilla.
Desvié la mirada, encontrándome con que me habían puesto una sonda por la que me inyectaban distintos sueros para mantenerme hidratado y alimentado, si es que se podía llamar así.
El hombre caminó hacia mí, despacio, permitiendo que cada paso resonase con un eco hueco sobre el suelo de cemento. Se detuvo a menos de un metro, inclinando la cabeza para mirarme desde arriba, con superioridad.
—Dormir no está en el programa, Andrei —sentenció—. Sufrir, sí.
Chasqueó los dedos.
Dos hombres surgieron de la penumbra. Uno llevaba una bandeja metálica; mientras que el otro sujetaba una jeringuilla ya cargada.
Intenté tensar el cuerpo, impedir que me volviesen a inyectar nada, pero apenas respondía. El cansancio, el dolor y la medicación me mantenían en un estado extraño, a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia.
El pinchazo llegó directo al cuello.
Noté el líquido recorrerme la piel, ese maldito malestar, seguido de un calor repentino que se expandió por toda la zona, llegando a mi pecho, y descendiendo por mi estómago. El dolor no desapareció.
Se volvió más nítido.
Más afilado.
Como si alguien hubiese girado el dial de mis terminaciones nerviosas hasta el máximo.
—Ya sabes que tienes que estar consciente todo el tiempo —aseguró el hombre.
Un latigazo silbó en el aire.
El primer impacto me arrancó un gruñido involuntario, rasgándome la garganta.
La correa me atravesó la espalda en diagonal, de hombro a costillas, levantando la piel como si fuese papel mojado.
El escozor llegó un segundo después, seguido de un dolor punzante que me hizo arquear el cuerpo contra las ataduras.
No grité, aunque quise.
Mordí el interior de mi mejilla hasta notar el sabor de mi propia sangre.
El segundo latigazo cayó sobre el primero, y por un momento sentí cómo la carne se me abría. Literalmente. El calor viscoso de mi sangre comenzó a deslizarse por mis costados, empapando los pantalones, aunque ese era el menor de mis problemas.
Inspirar dolía.
Espirar también.
Hasta existir lo hacía.
—¿Qué tienes tú que ver con Hans Keller?
El látigo volvió a alzarse.
Apreté la mandíbula con fuerza y noté como la presión se instauraba en mis oídos.
—Habéis hecho un trabajo pésimo, cabrón —mascullé al mismo tiempo que dejaba ir una risotada.
El impacto me partió en dos.
Las piernas me temblaron, y un quejido bajo se escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo.
—¿Dónde está la información? —insistió.
Otro latigazo.
Y otro.
La espalda se me convirtió en un mapa hecho de sangre y fuego.
El sudor me caía por la frente, resbalando por el puente de la nariz hasta los labios. La visión se me comenzó a nublar, la maldita luz danzaba alrededor de mi captor, y el pulso se volvió tan ensordecedor que apenas era capaz de escuchar nada más.
—No sé de qué hablas —bisbiseé.
Admitirlo era sentenciar al canciller, a Matt, pero también a Marlene y a Anna, porque en el momento en el que descubrieran que él había sido quien me había dado la información, acabarían con toda la familia.
—Mentir no te beneficia —dijo—. Sabemos que Keller dejó un rastro, que tú lo seguiste y que tienes lo que él escondió.
Alcé la cabeza con dificultad, sintiendo cómo mi respiración era cada vez más torpe y agitada.
—Y yo sé que, si quieres que hable, tendrás que hacerlo mejor.
Sonrió.
Una mueca lenta, deliberada y capaz de hacer temblar al mismísimo demonio. Por suerte, yo era mucho peor.
—Oh, lo haré.
Se giró hacia la bandeja, dispuesto a coger una nueva herramienta con la que jugar conmigo, y entonces la vi. La cajetilla.
—Dame un cigarro —murmuré.
El hombre se detuvo y giró sobre sus talones para poder observarme con una mezcla de estupefacción y perplejidad en su mirada.
—¿Qué?
—Un puto cigarro —repetí—. Y te lo cuento.
Sus ojos se entrecerraron. Me estudió unos segundos que se me hicieron eternos, y luego alzó los hombros con desdén.
—¿Por qué no? —comentó.
Sacó uno, se lo llevó a los labios y lo encendió con parsimonia, para darle una calada lenta, exhalando el humo hacia mi cara.
Después, me lo acercó.
Inspiré, dejando que el humo quemase mi garganta, y cerré los ojos.
Por un segundo, el mundo se redujo a eso: nicotina, ardor y aire.
Fumé tranquilo, o al menos todo lo tranquilo que podía estar con la espalda en carne viva y tres hombres dispuestos a matarme en cualquier momento.
—¿Ya? —preguntó con impaciencia.
Abrí los ojos despacio, y dejé ir el humo en su dirección, crenado una barrera que nos separaba.
—Acércate —le insté.
Frunció el ceño, sin comprender muy bien qué le estaba diciendo.
—¿Qué? —cuestionó.
—Es un jodido secreto —sentencié—, ¿no querrás que estos hijos de puta te quiten el premio?
Por un momento vaciló, miró a su alrededor y asintió en dos ocasiones, dándome la razón, y es que en el mundo en el que se movía, las víboras eran más rápidas, y allí había tres.
Se inclinó hacia mí, dispuesto a que le dijese dónde estaba la unidad USB en la que se encontraba toda la información que Keller había estado recopilando durante años.
—Un poco más —le insté.
El codicioso de mierda lo hizo, dio un paso más, y entonces le mordí.
Lo hice con toda la fuerza que me quedaba.
Mis dientes se clavaron en su oreja, sentía el cartílago romperse bajo la presión, el sabor caliente de su sangre inundando mi boca.
Tiré hacia atrás con un movimiento seco, desgarrando su piel.
El alarido que soltó fue animal.
Le había arrancado un trozo de carne que escupí al suelo.
El hombre retrocedió tambaleándose, llevándose las manos a la cabeza mientras la sangre brotaba a borbotones entre sus dedos.
—¡Hijo de puta! —gritó ido.
Una sonrisa burlona se dibujó en mis labios, pero no tardó en desaparecer, ya que uno de los hombres me golpeó con la culata del arma en el estómago, provocando que el aire se me escapase de los pulmones.
Segundos después, otro me sujetó de la cabeza, tirándome del pelo hacia atrás. El que estaba herido temblaba de rabia, y yo solo pude esbozar una mueca divertida en mis labios manchados de sangre.
El Van Gogh, al que había rebautizado, sacó una pistola del bolsillo, y pegó el cañón del arma contra mi frente.
Noté el frío del metal, el temblor leve de su pulso.
—Te voy a matar —susurró.
Cerré los ojos, aceptando mi final. No recé ni pedí clemencia, porque a mi mente solo vino ella. Marlene. Sus ojos, su voz, la forma en la que mi nombre sonaba distinto en su boca, su respiración mientras dormía.
Respiré despacio.
Esperando.
Ya no había vuelta atrás.