51
Marlene
Fiesta de Octavio Ríos, primer avistamiento de Marlene.
Una hora después estaba con Eve, en una sala apartada, contigua al despacho que utilizaba Octavio para sus subastas. Esperando.
Ella caminaba de un lado a otro, hecha un manojo de nervios, con los brazos cruzados contra el pecho, mordiéndose las uñas hasta hacerse daño. Cuando me vio entrar, alzó la cabeza de golpe, y por un instante creí ver el alivio en su mirada.
—Marlene…
No me atreví a abrazarla. Tenía miedo de romperme si lo hacía.
—¿Qué está pasando? —susurró para que no nos escucharan los guardias—. Me han dicho que vienen dos hombres muy importantes.
—¿Cómo? —pregunté.
—Dos hombres rusos, un tal Volodin —me informó.
—¿De dónde has sacado esa información?
Ella no había hablado con Octavio, por lo que no podía haber sido él quien le dijera todo eso.
—Se lo escuché decir a uno de los guardias —se apresuró a responder.
Podía ver el nerviosismo en sus ojos, como estos me gritaban que la sacase de allí de alguna manera, pero ¿qué iba a hacer yo si ni siquiera podía salvarme a mí misma de aquel maldito infierno?
—¿Estás bien? —cuestioné preocupada.
—Sí, es solo que…
Tomé sus manos entre las mías y alcé sus dedos.
—Esto no es estar bien —comenté con pesar.
—Bueno… aquí no se puede estar bien —aseguró—, por lo menos no me he vuelto loca, de momento.
Suspiré al mismo tiempo que asentía con lentitud.
Sujeté con firmeza sus manos y una parte de mí quiso abrazarla, romperme en sus brazos y llorar hasta quedarme dormida, pero eso no era una opción. Porque como bien había dicho, ahí fuera había gente importante.
Siempre lo eran.
Importantes para ellos y su mundo de mierda. Porque para esa gente que bebía y reía sin saber, o mejor dicho, sin querer saber, lo que costaban sus caprichos, así lo eran.
Las puertas se abrieron al fondo de la sala y un hombre entró. Vestía un traje caro, una sonrisa fácil se esbozaba en sus labios, mientras que en sus ojos pude ver una desidia sin igual, mezclada con lujuria. El estómago se me revolvió, mientras que el vello de todo mi cuerpo se erizaba.
—Os quedan diez minutos —nos informó—. Portaos bien.
Como si fuéramos niñas.
Como si no supiera, o no le importara, que ya nos habían roto en mil pedazos para traficar con nosotras.
Cuando se fue, Eve me miró por primera vez a los ojos desde que estábamos allí. Sus ojos estaban vidriosos, pero no lloraba.
—Si pasa algo… —empezó a decir.
Negué con la cabeza antes de que terminara la frase.
—Tienes que ser fuerte, Eve —le pedí—, no permitas que te quiebren.
Dos pequeñas lágrimas emanaron de sus ojos, resbalando por esas mejillas que habían sonrosado con maquillaje, dándole una apariencia más juvenil.
—Si me separan de ti, yo…
—Puedes sobrevivir sin mí —aseguré—, lo has hecho durante todo este tiempo.
Intenté esbozar una sonrisa, pero al final acabó siendo más una mueca de tristeza que cualquier otra cosa.
—Marlene…
—Es el momento. —Escuchamos como uno de los guardias decía en la puerta más lejana a nosotras.
Antes de salir nos colocaron un velo blanco, cubriendo nuestros rostros como si fuéramos unas novias a punto de casarnos.
Nos condujeron por un pasillo distinto, más estrecho, más oscuro. El aire se volvió más denso. Cada paso que dábamos nos alejaba de nuestra semilibertad en la casa, lejos de prostíbulos, de esos hombres que iban a comprarnos para utilizarnos a su antojo.
Entramos en una sala amplia, iluminada con una luz dorada demasiado cálida.
Allí estaba Octavio, sentado en un enorme escritorio de caoba, y frente a él, sentados dos hombres más.
Los guardias nos obligaron a bajar la mirada. No podía observarlos directamente, solo veía zapatos claros, trajes oscuros, el brillo metálico de un arma en el bolsillo de uno de ellos. Un fuerte olor a perfume amaderado me embriagó en el preciso instante en el que me quedé más cerca de la mesa.
El silencio era insoportable.
—Díganme, señores —preguntó Octavio con una sonrisa—, ¿qué estarían dispuestos a pagar por las joyas de la corona?
—¿Y tú? —cuestionó uno de ellos—. ¿Cuánto estás dispuesto a pagar por salvar tu alma?
Entonces, un disparo rompió el silencio.
El sonido fue seco, brutal.
—Vamos, vamos, vamos. —El que había disparado al otro—. Tenemos que salir cagando leches de aquí.
El cuerpo de Octavio cayó al suelo, creando un enorme charco de sangre que comenzaba a expandirse por el lugar.
El velo se me cayó cuando intenté esconderme.
Alcé la cabeza por puro instinto, mientras intentaba esconderme de las balas que cruzaban de un lado a otro, y fue entonces cuando le vi.
Al principio pensé que era un espejismo.
Andrei.
Estaba al fondo de la sala, con el arma aún humeante, moviéndose con la precisión de un depredador. Todo ocurrió demasiado rápido. Alguien gritó su nombre, mientras los guardias entraban en el salón. Y en medio de aquel infierno, su mirada se cruzó con la mía.
El corazón comenzó a latirme con tanta fuerza que dejé de escuchar nada para centrarme en el repiqueteo ensordecedor.
Contuve el aliento, las piernas me cimbrearon y por un instante creí que me desmayaría.
—¡Marlene! —me llamó.
Di un paso hacia él.
—¡Andrei! —chillé.
Antes de que pudiese continuar avanzando, unas manos me sujetaron con fuerza. Me arrancaron de allí mientras él desaparecía entre el humo, los disparos y los gritos.
Intenté gritar su nombre otra vez.
No salió sonido alguno.