El legado de los Romanov 50
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Marlene

Fiesta de Octavio Ríos, primer avistamiento de Marlene.

La mansión estaba llena, viva, pero no en el sentido correcto, no como lo está una casa llena de risas o música compartida, sino como lo está un animal enorme, acechante, respirando despacio en una jaula, esperando el momento para devorarte.

Estaba arreglándome en lo que se suponía que era mi habitación cuando me dijeron:

—Hoy es una noche importante.

La mujer que me hablaba no me miró a los ojos. Nunca lo hacían. Igual que nosotras tampoco debíamos hacerlo con los clientes.

Esta me recogía el cabello con manos expertas, tirando lo justo para que no protestara, colocándome mechones como si fuera una muñeca cara a la que había que exhibir sin un solo defecto. Llevaba guantes blancos, impolutos. Y es que allí todo era blanco, dorado y perfecto.

Demasiado perfecto.

El vestido que me habían puesto era de una seda clara, ceñido en lugares que yo jamás habría elegido, con una abertura demasiado alta en la pierna. No llevaba ropa interior. Nadie me lo explicó, pero lo supe en cuanto intenté cruzar las piernas y me lo impidieron con una mierda.

—La Perla. —Oí una voz detrás de mí—. Compórtate como tal.

La Perla.

Ese nombre ya no me provocaba nada, ni rabia ni vergüenza. Solo una sensación hueca, como si se refirieran a un alter ego, una persona que no era yo.

—Esta noche habrá hombres muy importantes —continuó el hombre—. Muy poderosos, y tendrás que hacer todo lo que te pidan.

Mi estómago se encogió.

—¿Todo… qué? —pregunté con un hilo de voz.

La mujer se detuvo un segundo. Fue mínimo, casi imperceptible, pero lo noté. A través del espejo, vi cómo intercambiaba una mirada con el hombre a nuestra espalda.

—No seas ingenua —dijo este al fin—. Los hombres necesitan probar la mercancía antes de probarla. —Hizo una pausa para sacar un cigarrillo de su caja—. Al fin y al cabo, eres La Perla.

Mercancía.

La palabra me atravesó como una bofetada.

Abrí la boca para decir algo, para preguntar, para negarme… Pero no salió nada. Porque en aquel lugar, las palabras no servían y había aprendido que cuanto más preguntabas, peor era la respuesta.

Me perfumaron el cuello, colocaron unos tacones imposibles de llevar y me giraron el rostro para comprobar la luz sobre mi piel.

—Perfecta —sentenció la mujer.

No me sentía así, sino vacía. Desapegada de la mujer que una vez había sido, y de esa Marlene que una vez quiso luchar por salir de allí.

No sabía cuánto tiempo llevaba, ni dónde estaba Anna, pero de lo que sí me había cerciorado era de que las mujeres solo salían de allí para ser metidas en una cárcel aún peor.

Cogí una bocanada de aire, suspiré y me miré en el reflejo.

Ya no había lugar para Marlene, solo para La Perla.

La música llegaba amortiguada desde la planta baja. Risas, copas chocando, voces graves, seguras de sí mismas. Gente que no tenía miedo porque nunca lo habían necesitado.

Cuando bajé las escaleras, entendí el alcance real de aquella fiesta.

Hombres con trajes a medida, mujeres envueltas en joyas que brillaban como armas, miradas que se detenían demasiado tiempo, sonrisas que no eran amables…

Había políticos a los que reconocía haber visto en algún acto de papá, empresarios, mafiosos. Se notaba en la forma en la que ocupaban el espacio, en cómo nadie les discutía nada.

Aquello era un jodido mercado, y nosotras, el producto.

Entonces, lo vi.

Octavio Ríos.

No necesitaba que nadie me dijera quién era. Le había visto en el caserío. Además de que se distinguía solo. No por la elegancia, sino por la forma en la que miraba a su alrededor, como si todo le perteneciera de antemano.

Cuando se acercó, sentí náuseas. Me habían hablado de él, de la manera en la que trataba a las mujeres, y eso hizo que mis piernas cimbreasen de puro pánico.

—La Perla —musitó, pasándose la lengua por los labios.

No contesté.

—Mucho más guapa en persona —añadió, inclinándose demasiado—. Las fotos no te hacen justicia.

La cabeza comenzó a darme vueltas, como si estuviese a punto de perder el conocimiento, y en cierto modo, así fue. Estaba a punto de desmayarme cuando me atreví a decir:

—¿Qué… qué fotos?

Su mirada bajó sin pudor por todo mi cuerpo, no intentó ocultarlo, tampoco necesitaba hacerlo, por lo que se limitó a sacar el teléfono y enseñarme la pantalla. En ella aparecía yo, completamente inconsciente, desnuda, sin un ápice de ropa que cubriese mi cuerpo.

El labio inferior me tembló, al igual que lo hicieron mis manos.

Una arcada subió hasta mi garganta, por lo que no pude evitar llevarme una mano a la boca.

—Levanta la cara —ordenó.

Una parte de mí quiso permanecer quieta, no acatar sus órdenes, revelarme ante la mierda que me rodeaba.

—Levanta la puta cabeza —me instó, de nuevo, esta vez con un tono más rudo.

Lo hice.

No porque quisiera, sino porque sabía lo que pasaba cuando no obedecía.

—Mírame cuando te hablo —añadió con una sonrisa viciosa—. Así.

Me sostuvo el mentón con dos dedos, y su contacto me repugnó, provocando que mi estómago se revolviera.

Intenté desviar mi atención y es cuando vi cómo Eve hablaba con un hombre en la lejanía, haciendo aspavientos. Pude ver el agobio en su rostro, como sus ojos estaban llenos de lágrimas mientras el hombre la agarraba de la muñeca con fuerza.

Octavio no permitió no ser el centro de mi foco, y tiró de mí, intentando que volviese a mirarle.

—Esta noche vas a portarte bien —continuó—. Hay hombres que pagan mucho por algo como tú.

Algo.

No alguien.