49
Marlene
Los días habían empezado a mezclarse unos con otros.
Ya no sabía cuántos llevaba allí encerrada. Había dejado de contarlos cuando comprendí que hacerlo no servía para nada. El tiempo seguía avanzando igual de lento, igual de cruel, y cada amanecer era tan parecido al anterior que resultaba imposible distinguirlos.
Permanecía sentada junto a la ventana cuando escuché cómo la puerta se abría.
Dos mujeres entraron en la habitación, no dijeron nada, ni siquiera me miraron.
Una de ellas dejó varias cajas sobre la cama mientras la otra se acercaba a mí.
—Levántate —me ordenó.
Su voz sonó fría, vacía, como si estuviese acostumbrada a hacer aquello, como si yo no fuese una persona sino un objeto.
Me puse de pie despacio mientras la otra mujer me observaba durante unos segundos y asentía más para sí misma que para nosotras.
—Síguenos.
No pregunté a dónde íbamos, tampoco habría servido de nada.
Las seguí a través de varios pasillos hasta llegar a una estancia enorme revestida completamente del mismo mármol blanco que el salón.
Estábamos en un baño, uno enorme, mucho más grande que algunos apartamentos.
El vapor flotaba en el ambiente y el olor a flores dulce resultaba tan intenso que acabó revolviéndome el estómago.
—Quítate la ropa —me ordenó.
Las observé, ninguna parecía dispuesta a repetir la petición.
Apreté los labios durante un instante, pensé en negarme, en pelear, en gritar, en obligarlas a arrastrarme, pero estaba tan cansada, tanto que apenas me quedaban fuerzas para mantenerme en pie.
Me desnudé lentamente.
Las mujeres ni siquiera apartaron la vista.
Una de ellas recogió mis prendas mientras la otra me conducía hasta una enorme bañera.
El agua estaba caliente, demasiado.
Me obligó a contener una mueca cuando me sumergieron, después comenzó el proceso.
Porque aquello no era un baño, era una preparación, una puesta a punto, como si estuviesen preparando algo para ser exhibido, incluso vendido.
Cerré los ojos cuando empezaron a lavarme el cuello.
Sus dedos trabajaban con precisión, sin brusquedad ni cariño, simplemente hacían su trabajo.
Después llegaron los aceites, las cremas, exfoliantes, cada centímetro de mi piel fue tratado con una dedicación enfermiza.
Los movimientos eran meticulosos, exactos y precisos, como si lo hubiesen hecho cientos de veces antes. Quizá miles.
Me frotaron los brazos, las piernas, la espalda, los hombres y cada roce consiguió que me sintiera cada vez menos humana.
Menos yo.
Ni siquiera me preguntaban si estaba cómoda, si el agua estaba demasiado caliente o si necesitaba algo.
Nada.
Solo trabajaban sobre mí como quien pule una joya antes de colocarla en un escaparate.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, porque ya había vivido algo parecido.
La subasta.
El vestido.
Las miradas.
Los hombres observándome como si fuese una mercancía, y esa sensación de no pertenecerme.
Tragué saliva, al mismo tiempo que las manos comenzaban a temblarme.
—Quieta —ordenó una de ellas.
Obedecí, no porque quisiera, sino porque estaba aterrada.
Cuando terminaron con el baño me llevaron hasta una camilla, donde me depilaron, arreglaron las uñas, hidrataron mi piel hasta dejarla suave.
Perfecta.
Impoluta.
Como si estuviera borrando cualquier rastro de quién era. Dejándome como si fuese una cría.
El nudo que tenía en la garganta no dejaba de crecer.
Sabía que alguien iba a decidir por mí, y yo no tendría voz. Cerré los ojos con fuerza, y por un instante pensé en Andrei.
En sus manos.
En cómo apartaba el cabello de mi rostro cuando creía que estaba dormida.
En la manera en la que me abrazaba cuando las pesadillas conseguían alcanzarme.
En cómo me hacía sentir protegida incluso cuando el mundo entero parecía derrumbarse.
Una punzada me atravesó el pecho.
Porque cada día que pasaba resultaba más difícil creer que pudiese volver a verlo.
Más difícil creer que seguía buscándome, y creer que alguien pudiese estar buscándome allí.
Una lágrima descendió por mi mejilla.
La mujer que cepillaba mi cabello la ignoró por completo, como si ni siquiera la hubiese visto, como si llorar formase parte del proceso.
Cuando terminaron me hicieron ponerme en pie.
Una de ellas tomó un pequeño frasco de cristal, y reconocí el perfume al instante. Era dulce, caro, y aterciopelado.
Lo aplicó detrás de mis orejas, en mis muñecas, sobre mis clavículas y después en el nacimiento de mi cuello.
El aroma me envolvió inmediatamente, repugnándome.
El estómago se me revolvió, querían volverme más deseable, más atractiva y fácil de vender.
Las dos mujeres dieron un paso atrás y observaron su trabajo, como si estuvieran admirando una obra de arte terminada.
—Perfecta.
La puerta se abrió en ese mismo instante, las tres dirigimos la mirada hacia ella. El corazón comenzó a latirme con fuerza, miedo y desesperación.
—Es la hora.