48
Andrei
—Para que lo recuerdes todo, esa frase se repitió en mi cabeza como un jodido mantra una vez tras otra.
Intenté escupirles una respuesta, cualquier cosa, insulto, algo que me devolviera el control, pero algo empezó a cambiar en mí.
El dolor de la pierna continuaba ahí, pero se volvió… distinto. Más nítido. Más presente. Como si lo hubieran enfocado y se hubiese magnificado, dejando paso alrededor de todo lo que mi cuerpo sentía.
No estaba apagado y mucho menos anestesiado.
Podía sentir cada calambre que recorría mi ser, cómo el mal comenzaba a subirme por el muslo hasta enraizarse en mi pecho.
El aire me entró en los pulmones cuando comencé a dar pequeñas bocanadas, cortas. Sentí un temblor recorrerme los brazos, los dedos se me entumecieron y entonces, un fuerte zumbido detrás de los ojos comenzó a marearme. Era como si el mundo estuviera a punto de desaparecer frente a mí.
—Vais a morir —logré bisbisear, aunque mi voz sonó más baja de lo que me hubiese gustado—. Os lo juro.
El primer hombre se encogió de hombros.
—No eres el primero que nos amenaza —comentó.
—Todo el mundo jura cosas aquí abajo —dijo el otro.
Se apartaron un paso, y durante un instante pensé que iban a marcharse, dejándome allí solo, y que aquello solo había sido un aviso.
Entonces el hombre que había hablado de Hans se acercó a mí otra vez, con la calma de un sepulturero y el gesto serio.
—¿Sabes cuál fue el error de Hans? —inquirió.
No respondí, a sabiendas de que era una pregunta que no esperaba que lo hiciera.
—Creyó que el mundo quería la verdad.
—No… —musité—. Su error fue creer que unas sabandijas como vosotros no le encontraríais antes de que abriese la boca —le contradije—. La información saldrá a la luz queráis o no.
—Oh, no te equivoques, Romanov —comentó irónico—. A mí no me preocupa que eso salga, es más, tal vez hasta me convenga.
Aquel hombre no era más que un mandado. Alguien a quien le cargan a los muertos, igual que lo había sido yo durante un tiempo para Nikolai. La mano ejecutora, el hombre ocupado de sacar la basura. Y yo era su próxima bolsa para reciclar.
—Entonces te vendría bien que hablase —argumenté—. Te sale más a cuenta tenerme de tu lado que en tu contra.
—Tú no eres nadie, Andrei.
—Puede que yo no sea más que un asesino —comencé a decir—, pero a diferencia de ti, yo no estoy solo.
Y no lo estaba, porque a pesar de que mis hermanos no conociesen mis planes, salvo Viktor, sabía que podía contar con ellos. No permitirían que esos desgraciados se fueran de rositas.
—Sigues cometiendo errores —dijo con tranquilidad.
Se inclinó, lo justo como para que pudiese olerlo. Al contrario que el otro, este olía a limpio, a perfume, y eso era lo más repugnante. Un asesino oliendo a jabón.
—¿Y sabes cuál es el peor de todos?
Le sostuve la mirada, aunque me ardían los ojos.
—Creer que el amor te hace intocable.
La palabra se me clavó en el pecho.
Amor.
Ella.
Marlene con los ojos brandes, con la respiración entrecortada, y con esa maldita luz con la que me había mirado como si yo pudiera ser algo más que sangre y barro.
La imagen me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que pudieran darme, y entonces lo entendí todo.
No estaban allí solo por la lista.
La querían a ella.
Y a mí por lo que era capaz de hacer en su nombre.
—No la nombréis —susurré, y mi voz salió llena de una rabia tan profunda que sentí como todo mi cuerpo se prendía en llamas.
El hombre sonrió despacio.
—Ahí está.
Se incorporó y dio un paso atrás, satisfecho, como si acabara de confirmar una teoría.
De su bolsillo sacó un teléfono móvil. Buscó algo entre sus archivos, y entonces, escuché algo que prendió todas mis alarmas: un llanto.
Lo giró, dejando que la pantalla quedase frente a mí, y me encontré con una imagen que jamás querría haber visto. Marlene en el suelo, desnuda, y La Mort caminando alrededor de ella como si de una presa se tratara. La oía llorar, cómo se lamentaba, y cada uno de los pasos que daba su captor.
—Esto no ha hecho nada más que empezar, Romanov —anunció con sorna, a sabiendas de que me mataba verla de aquella manera.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que mis muelas crujieron. Pude sentir la presión en mis sienes, y la manera en la que la vena de mi frente palpitaba con fuerza.
—¡Dejadla en paz! —bramé, completamente ido.
—No te preocupes —dijo, y su tono fue casi condescendiente—. Aún nos queda mucho por enseñarte.
—Pero de momento, vamos a pasarlo bien —comentó otro.
La bombilla parpadeó de nuevo.
Se voltearon hacia la mesa. Sobre esta extendieron algo que no logré identificar, hasta que el metal chocó entre sí.
Herramientas.
Cosas que no quise imaginar.
Me tensé en el agarre, sintiendo cómo se me clavaban hasta parecer que me arrancaban la piel, porque era eso o quedarme quieto y aceptar lo que estaba a punto de ocurrir.
Y aunque me estuviera muriendo por dentro, aunque mi cuerpo me pidiera rendirme… No lo haría.
—Venid —murmuré, ronco—. A ver si sois tan valientes cuando deje de estar atado.