47
Andrei
Meses atrás.
Estábamos sentados en el sofá y una parte de mí no podía dejar de mirarla, de observar cada gesto que hacía o cada mueca que se esbozaba en su rostro.
Marlene tenía las rodillas recogidas contra el pecho, mientras una manta le cubría los hombros.
Yo estaba delante, apoyado con los codos en las rodillas, permitiéndome el lujo de analizarla sin prisa.
No porque no sintiera esa urgencia, sino porque sabía que si intentaba tirarle de la lengua, la rompería.
—Háblame —le pedí al final.
Mi voz sonó más suave de lo que sentía. Por alguna razón, siempre me ocurría cuando se trataba de Marlene. Con ella había aprendido a controlar el odio y la rabia que me habitaba, esa violencia de la que no era merecedora pero que corría por mis venas como un auténtico veneno.
Esta alzó la vista despacio.
No había miedo en sus ojos, pero sí un cansancio absoluto que conocía demasiado bien, el mismo que había sufrido durante años.
—¿De qué? —preguntó, aunque los dos sabíamos la respuesta.
Tragué saliva y una parte de mí se debatió entre si pedirle que lo hiciera o callarme, desviando el tema.
—De cómo llegaste a manos de ese hijo de puta.
No elevé el tono. No lo cargué de rabia, pero no podía negar que ese sentimiento estaba ahí, agazapado, tensándome la mandíbula, creando un nudo en mi pecho, de esos que apenas te dejan respirar.
El recuerdo del hombre al que había matado en el pasillo de la mansión para sacarla de allí se me cruzó por la mente.
No sentí culpa, y jamás lo haría, porque si de algo estaba seguro era de que lo habría vuelto a hacer con tal de sacarlas a todas de allí.
Marlene tardó unos segundos en responder. Entonces dejó de mirar hacia el suelo, era como si pudiese ver a través de mí, como si lo que iba a contar estuviera ocurriendo en una pared que solo ella podía ver, una más allá de mi espalda.
—Estábamos en el aeropuerto —empezó.
La dejé hablar, ni siquiera asentí o la interrumpí. Una parte de mí necesitaba escucharla, conocer hasta dónde habían llegado esos hijos de puta, y encontrar algo más de información que me diese otra excusa más para matar al proxeneta que las ofreció en la subasta.
—Papá estaba en otra ciudad por trabajo, íbamos a reunirnos con él. —Hizo una breve pausa y pude ver el pesar en sus ojos—. Anna estaba emocionada, era la primera vez que viajaba en un avión sin él, y se sentía mayor.
Al escuchar su nombre sentí algo revolverse en mi interior.
Era tan pequeña que ni siquiera lograba comprender cómo podía haber alguien capaz de hacerle daño a una niña de su edad.
Por suerte, ahora descansaba en la habitación de invitados con absoluta tranquilidad, como si lo ocurrido no hubiese sido nada más que una pesadilla.
—Había mucha gente —continuó—. Todo parecía normal, demasiado —aseguró—. Compramos algo para comer, pasamos el control de seguridad. —Se pasó una mano por el cabello, recolocando algunos mechones—. Incluso recuerdo haber pensado que estaba siendo una exagerada por estar nerviosa.
Soltó una risa breve, sin humor.
—Siempre he sido así —comentó—. Me anticipo a las desgracias como si eso pudiera evitarlas.
No dije nada.
—Fue rápido —añadió—. Demasiado.
—¿Qué pasó?
—Un hombre se acercó con una acreditación, dijo que había un problema con nuestros billetes, mientras otro se colocaba detrás de nosotras. —Pude ver cómo la tristeza le invadía—. Nadie gritó, no hubo forcejeos… Solo confusión.
La imagen se me formó sola en la mente, podía imaginarlas tan tranquilas, sin saber lo que les rodeaba.
—Nos intentaron separar —dijo entonces, y su voz se quebró.
Mi cuerpo se tensó al momento, imaginando la escena.
—Anna se agarró de mi brazo —susurró—. Me dijo que tenía miedo, y yo… —Tragó saliva—. Le dije que todo iba a ir bien.
Apreté los puños, notando cómo las uñas se me clavaban en la palma.
—Se dio cuenta de que no era verdad —añadió al borde del llanto—. Ella estaba ahí abrazada a Mr. Puppets, su conejito rosa, el mismo que la había acompañado durante toda su vida, ajena a lo que iba a ocurrir.
—¿Intentaste…?
—Sí —me cortó, alzando la vista, y esta vez, mirándome directamente a los ojos—. Grité, empujé, arañé… Hice todo lo que pude, hasta que me inyectaron algo en el cuello y… —Se llevó una mano a la zona, como si aún lo notara—. Cuando desperté ya no estaba.
El silencio que siguió fue espeso, casi asfixiante.
—Me metieron en un camión —continuó—. Luego en otro, un almacén… Perdí la noción del tiempo —aseguró con pesar—. Éramos muchas, allí había mujeres de todos los sitios que ni siquiera sabría ubicar en un mapa.
Entonces fue cuando caí en la cuenta de que mis sospechas eran ciertas, aquello no era solo un ajuste de cuentas, iba mucho más allá, y me demostraba que la trata de blancas llegaba mucho más lejos de lo que creíamos.
—Días después la encontré en una caja metálica de transporte marítimo.
Marlene me habló del contenedor en el que estuvieron, del calor sofocante, el aire viciado y los cuerpos apretados. Pero no solo de eso, sino de los llantos nocturnos que nadie consolaba, rezos en distintos idiomas, y la sensación de estar en mitad de ninguna parte.
—Estuvimos al menos una semana fuera —me informó.
—¿Te tocaron? —pregunté directo.
No apartó la mirada, mostrándome una valentía que me encogió el pecho.
—No —respondió—, pero a otras sí.
Asentí despacio, no porque me tranquilizara, sino porque una parte de mí se lo esperaba.
—Mi mayor miedo no era yo —añadió—. Era Anna.
La forma en la que pronunció su nombre me atravesó el pecho.
—Cada vez que se abría la puerta… —musitó al borde del llanto—. Cada vez que alguien entraba… pensaba que iban a llevársela de nuevo, y que la perdería para siempre.
Se le humedecieron los ojos, pero no lloró.
—Y lo peor —continuó— es que me prometí algo terrible.
No la presioné para para decirlo, pero una parte de mí deseaba que me lo explicase. Entonces, lo hizo.
—Me prometí que, si tenía que elegir… —Su voz se quebró—. Si tenía que elegir quién sufriría… No sería ella quien lo hiciera.
Ese fue el momento en el que sentí que algo dentro de mí se rompía de verdad. Siempre había estado rodeado de peligro, muertes y amenazas, pero ver a alguien tan diminuto y frágil como ella relatando algo como lo que me estaba explicando me rompió.
Me levanté despacio, acercándome a ella. No la toqué, me limité a arrodillarme delante para estar a su altura.
—Mírame —le pedí.
Lo hizo.
—Escúchame bien, Marlene —anuncié—. Nadie que os haya tocado va a seguir respirando.
No fue una promesa bonita, fue una jodida sentencia.
—No me importa cuántos sean —continué—. No me importa dónde se escondan, ni a quién protejan, porque pienso encontrarles.
Ella me miró con algo parecido al miedo.
—Andrei…
—No —la interrumpí—. Déjame terminar.
—Adelante —musitó.
—Te juro —susurré— que cada hombre que haya estado involucrado va a pagar por lo que os ha hecho. Uno a uno.
Marlene se lanzó a mis brazos, llorando de manera desconsolada, y fue entonces cuando me di cuenta de que ya no había vuelta atrás.