El legado de los Romanov 46
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Andrei

—Disfrutar —repetí, arrastrando la palabra, saboreándola como si fuese mi propia bilis—. Lo único que vais a disfrutar es cuando os reviente la cabeza contra la pared y os escuche suplicar.

El primero me agarró del pelo con brusquedad y me echó la cabeza hacia atrás, obligándome a mirar hacia la bombilla que parpadeaba encima de mi cabeza.

—¿Sigues con el personaje de tipo duro? —me preguntó, acercando su cara a la mía, tanto que pude oler su aliento putrefacto: tabaco rancio, vodka barato y algo agrio—. Te lo vamos a arrancar, ¿sabes? Poco a poco.

Las muñecas me ardían, mientras que mi pierna era un núcleo de dolor y fuego. La ropa mojada aún se pegaba a mi piel, haciéndome tiritar del frío. Podía sentir cómo la carne palpitaba, cómo mi piel protestaba intentando curarse en el mismo instante en el que lo estaban destrozando.

—¿Quién os manda? —gruñí de pronto, tragándome el dolor como si fuese aire—. Decidme eso y os prometo que os mataré rápido.

El hombre sonrió déspota. Fue una mueca sin alma, pero no me importó.

—No estás en posición de prometer nada.

Me soltó el pelo y la cabeza me cayó hacia delante con un mareo súbito que me desconcertó. Tuve que respirar hondo para no vomitar. Cada inhalación olía a humedad, a moho y obviamente a mi propia sangre.

—¿Es por Hadad? —insistí, forzando a la voz a salir a pesar de que me temblaba todo el cuerpo.

No respondieron.

Y ese silencio me confirmó algo: si lo conocían, no querían decirlo. Y si no lo conocían, era peor, porque entonces quería decir que venía de mucho más arriba.

El segundo hombre dio un paso hacia mí y se agachó lo justo para mirar la marca que me acababan de hacer. No la tocó, pero pude sentir su aliento rozando mi piel y me tensé de inmediato, como si me hubiera clavado un cuchillo.

—Es bonita, ¿eh? —murmuró con falsa admiración—. Ahora sí pareces lo que eres.

—Un hombre libre —escupí.

La carcajada que soltó fue inmediata.

—No —me corrigió con calma—. Un puto cerdo que servirá de ejemplo para el resto.

Tragué saliva. Sentí cómo el corazón me golpeaba en las costillas, frenético, como si quisiera escaparse para no presenciar lo que estaba por venir.

—Vais a necesitar hacer más —dije, con la voz más baja—. Mucho más para que yo sea un ejemplo de nada.

—Lo haremos, tranquilo —comentó al mismo tiempo que me alzaba la barbilla con dos dedos.

Me obligó a mirarle. Su mirada estaba fija en la mía, tanto que pude ver sus ojos de color azul lavado, tan claros que llegaban a parecer grises. Ojos de invierno, de esos que no sienten culpa ni remordimiento.

—Esto es por Hans —soltó, como si estuviera diciendo una obviedad—. Vas a pagar por todo lo que hizo Keller.

El nombre me cruzó la cabeza como una cuchilla, el padre de Matt.

Sentí cómo la ira volvía a subirme por la garganta, mezclándose con algo mucho peor: el orgullo más oscuro.

—Hans ya pagó por sus pecados —dije despacio—. Lo matasteis. ¿No os bastó con eso?

El hombre miró durante unos eternos segundos, para luego sonreír con malicia.

—No —sentenció—. Porque Hans abrió la puerta, y tú has decidido cruzarla.

—No he cruzado nada —gruñí sin apenas fuerza—. Me habéis empujado.

—De eso nada —negó con la cabeza—. Tú elegiste bando.

Me apartó la barbilla y se incorporó con calma, como si lo que estaba a punto de acontecer no tuviese prisa.

El primero se movió hacia una mesa que yo no había visto hasta entonces, porque estaba fuera del foco. Escuché el tintineo del metal, el roce de algo contra un recipiente. Era la jeringuilla.

El plástico brilló bajo la luz enfermiza. El líquido de dentro era transparente, pero estaba seguro de que no era agua. No lo era por la forma en la que lo sostenía, con sumo cuidado. Como si fuera un tesoro.

Se acercó despacio, demasiado.

Tensé las muñecas contra las cuerdas, creyendo que tal vez existía una posibilidad de escapar de allí antes de que me inyectase aquel maldito líquido. Pero fue inútil. Lo sabía.

Apreté los dientes. Noté cómo me temblaba la pierna sana, en un tic nervioso que no conseguía controlar. Mi cuerpo se preparaba para huir, a pesar de que no podía.

—¿Qué cojones es eso? —cuestioné, con la voz cargada de rabia—. ¿Qué me vais a inyectar?

El hombre ladeó la cabeza, mirándome de soslayo.

—¿Miedo, Romanov?

—No —mentí.

Me respondió sin prisa, acercando la aguja a mi brazo, a la zona donde la piel todavía estaba húmeda y fría.

—Algo para que podamos jugar contigo mucho tiempo.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna.

—¿Jugar?

Este asintió con parsimonia al mismo tiempo que sacaba una cajetilla de sus pantalones y colocaba un cigarro entre sus labios.

—No queremos que te mueras en el proceso —comentó—, al menos no por el momento.

—Cobardes —bisbiseé, escupiendo la palabra—. Si queréis matarme, hacedlo.

El segundo se acercó por detrás, y me dio un golpe seco en la nuca, no lo suficiente fuerte como para dejarme inconsciente pero sí para recordarme quién mandaba.

La vista se me nubló unos segundos.

—No nos des órdenes —me dijo al oído—. Aprende.

Noté un calor extraño expandiéndose desde el punto de entrada, no como una fiebre, sino un cosquilleo ardiente que se abría paso por mis venas.

El corazón me dio un salto, luego otro. La respiración se me volvió agitada, sin permiso.

El sudor frío comenzó a resbalarme por la espalda a pesar de que la ropa continuaba empapada.

—¿Qué es? —volví a preguntar, esta vez más ronco, porque algo en mi garganta se cerraba—. ¿Qué cojones me habéis metido?

El hombre retiró la aguja con calma y la guardó como quien guarda un bolígrafo.

—Un seguro.

—¿Seguro de qué?

—De que vas a aguantar —dijo, y su voz sonó casi amable, lo que lo hizo aún más asqueroso—. De que vas a seguir despierto. Consciente. De que no te vas a desmayar cada vez que te duela.

Mi estómago se tensó.

—¿Para qué? —pregunté con el pulso desbocado.

El segundo se inclinó hacia mí y me dio un golpe suave en la mejilla, como si me estuviera despertando de una siesta.

—Para que lo recuerdes todo, Romanov.