El legado de los Romanov 45
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Andrei

El dolor me despertó antes de que lo hiciese la luz.

No hubo transición, ni esos segundos en los que permaneces adormilado cuando el cuerpo todavía no entiende dónde está.

Fue un fogonazo. Un latigazo ardiente que me trepó por la pierna como si me hubieran derramado metal fundido por dentro.

Mi cerebro intentó agarrarse a algo, a un recuerdo, a una explicación lógica… pero no hubo tiempo.

Porque el hierro ya estaba sobre mí, silbando. Ese maldito sonido húmedo, vivo, como cuando acercas una brasa a un trozo de grasa, me atravesó los oídos con la misma violencia que el dolor atravesó mi piel.

Dejé ir un profundo gruñido que me rasgó la garganta, saliendo de lo más profundo de mi pecho, sin permiso, sin dignidad y mucho menos control. Fue un rugido animal, gutural, roto, de esos que no solo se gritan sino que se expulsan.

—¡Hijos de puta! —vociferé cuando pude.

Mi espalda se arqueó contra la silla. Las cuerdas se tensaron hasta clavarse en mis muñecas y sentí la fricción abrasando la piel ya herida por el forcejeo de hacía horas, pero comparado con lo que me estaban haciendo en la pierna… aquello no era nada.

Apretaron el hierro con más inquina y por un momento creí que perdería el conocimiento atado en aquella silla.

—Mira cómo grita la putita —se rio uno de ellos.

Quise arrancarle la nuez de un maldito mordisco, verle ahogarse con su propia sangre, pero mi mente solo podía centrarse en una cosa.

El olor a carne quemada inundó mis fosas nasales.

Mi carne.

La náusea me subió por la garganta como un golpe seco.

Tragué saliva, pero el estómago se me revolvió, insistente, cruel.

Noté cómo me temblaban hasta los dientes por el frío del agua helada que aún empapaba la ropa, mientras se mezclaba con el calor de la quemadura hasta crear un contraste tan fuerte que comencé a hiperventilar.

Yo.

Andrei Romanov.

Estaba hiperventilando como un pez fuera del agua.

Mi mente voló a todo lo que había vivido en los últimos años, jamás habían logrado atraparme, al menos no de aquella manera.

Obviamente me había llevado golpes, muchos, tal vez demasiados, costillas rotas, fracturas, dientes perdidos…

Pero debía admitir que nadie había tenido la creatividad suficiente como para quemarme como lo estaban haciendo ellos.

Cuando por fin lo retiraron, mi pierna no dejó de doler. Al contrario. Este se expandió, como un jodido veneno instalándose allí donde sabe que no va a poder ser extirpado. Me quedé jadeando, con la cabeza caída hacia adelante, sintiendo como el pulso se iba al lugar exacto donde me habían marcado.

Perfecto, ya tenía las dos piernas jodidas.

Solo que ahora parecía un maldito caballo, parte del ganado de esos hijos de puta.

El odio me brotó de golpe, tan caliente como el hierro que acababa de abrasarme la piel.

Alcé la cabeza despacio, con los ojos ardiendo y la vista borrosa por las lágrimas involuntarias que el dolor me había arrancado.

No lloraba por miedo, ni por pena. Lo hacía a sabiendas de que esos desgraciados no iban a salir con vida de allí.

Había sombras a mi alrededor, escondidos del foco de luz. Solo veía botas, pantalones oscuros y manos. Esas que aún sostenían el hierro todavía humeante, con la calma de quien ha hecho aquello más veces de las que puede contar.

—Hijos de puta… —bisbiseé entre dientes, con la voz ronca—. Os voy a arrancar la lengua y os la voy a meter por el culo.

Una risa baja se escuchó en algún lugar, seca, sin humor. Como un perro que muestra los dientes.

—Mira cómo habla el Romanov —dijo el que intervino primero, acercándose como para que pudiera distinguirlo. No era el calvo del club, pero tenía la misma energía: matón de manual, mirada vacía y cuerpo acostumbrado a pelear—. ¿Qué pasa? ¿Te molesta?

—Seguro que sí —comentó otro junto a él.

Me incorporé como pude, sintiendo cómo el dolor me atravesaba el cuerpo completo.

—Me molesta tu puta existencia —escupí.

Los ojos del que estaba bajo la luz se achicaron y por un momento esbozó una leve mueca en sus labios. Se estaba divirtiendo, y lo más gracioso de todo era que yo no había hecho más que empezar.

—No sois más que unos perros sarnosos de mierda que ofrecen su culo a quien se lo quiera follar —bisbiseé ido.

El puñetazo me llegó a la cara con la misma naturalidad con la que otros te darían una palmada. Sentí el impacto reventándome la mejilla por dentro, ladeando mi rostro, y provocando que, por un momento, viese las estrellas. El sabor metálico volvió a inundarme la boca.

Escupí sangre al suelo, y me reí.

No porque tuviera gracia, sino porque negarme a romperme era lo único que me quedaba.

No permitiría que me doblegaran y mucho menos que creyeran que tenía el poder de siquiera intentarlo.

No importaba lo que tuvieran en mente.

Resistiría, costase lo que costase.

Porque lo que no iba a permitir era dejar a Marlene y a Anna donde estaban, así que lo único que me quedaba era sobrevivir y buscar la manera de salir de ese maldito antro en el que estaba metido.

—Eso es —musité, volviendo la cara lentamente hacia él—. Pégame. Pégame fuerte —le insté con chulería—. A ver si así se te olvida que no eres nadie en esta vida.

Otra risa, esta vez de su compañero. Segundos después, algo llamó mi atención, lo hizo porque no fue un sonido que esperase encontrar en un lugar como aquel, sino que fue un sonido áspero, como si hubiesen rasgado un papel.

Este echó la mano hacia atrás, y cuando la trajo de nuevo al frente, pude ver algo que sí me jodió: una jeringuilla.

—Esto no ha hecho nada más que empezar —dijo el segundo, con voz más grave—. No te preocupes, Romanov. Vamos a disfrutar mucho de ti.

Esa frase se me metió en lo más profundo de mi ser. No por esa amenaza vacía, sino por la certeza de que no estaban improvisando, no era un interrogatorio mal hecho, era un procedimiento, un ritual.

Y yo era el centro.