44
Marlene
Seguía desnuda dentro de la sala.
El frío del suelo se me había metido en los huesos hacía rato, pero ya no temblaba.
No porque no tuviera miedo, sino porque mi cuerpo había aprendido a quedarse quieto cuando el pánico no servía de nada.
La luz blanca me caía encima sin piedad, marcando cada herida, cada mancha de sangre seca que no me había molestado en intentar borrar del todo.
La Mort estaba allí.
No se acercó.
No me gritó.
No me tocó.
Eso fue lo peor.
Permanecía apoyado junto a una de las paredes, con la máscara puesta, observándome como si yo fuese un objeto que acababa de romperse y estuviera valorando si aún tenía utilidad.
Su silencio pesaba más que cualquier losa.
Cogí una bocanada de aire, sintiendo como un enorme nudo se creaba en mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad.
No sabía cuánto tiempo llevaba en su presencia, ni qué era lo que quería de mí. Apenas había hablado, pero su presencia era más que suficiente como para que todo mi ser estuviese en alerta constante.
La cabeza comenzó a darme vueltas al recordar la forma en la que aquel hombre había estado a punto de enterrarse en mí, provocando que una arcada subiese por mi garganta.
Aún estaba ahí, muerto, rodeado de un enorme charco de sangre que me recordaba que en aquel lugar la muerte era el pan de cada día.
Antes de que ninguno dijese nada, escuché como una de las puertas se abría.
La Mort dio un paso hacia una mesa cercana, tomó una manta oscura y la lanzó en mi dirección. Cayó sobre mis hombros sin delicadeza.
—Tápate.
Obedecí de inmediato. No porque me lo ordenara, sino porque mi cuerpo reaccionó antes que mi mente, buscando cubrirse, protegerse de una mirada que sentía más invasiva que unas manos.
Dos hombres fuertes entraron para llevarse el cadáver, que seguramente ya estaba más que frío.
Pude verle el miembro, aún erecto, el mismo que había estado a punto de enterrar en mí.
Ahogué un quejido cuando La Mort se acercó a él, y sin dudarlo un solo instante, sacó una daga y le cortó el pene para lanzarlo frente a mí.
—Las ofensas se pagan con sangre.
Quise vomitar, llorar y gritar.
Necesitaba salir de allí, porque el futuro que me deparaba era demasiado crudo como para que pudiese sobrevivir.
Cuando los hombres desaparecieron, fue el turno de una mujer pequeña, vestida con ropa blanca y un antifaz blanco, supuse que para preservar su identidad, aunque aquello se me antojó una tontería. No iba a salir de allí y mucho menos a identificarla fuera.
Con varios movimientos precisos, pasó la fregona, recogiendo cada gota de sangre derramada, siguiendo el reguero que llevaba hasta la salida, por la que ella misma había entrado.
—Puedes marcharte —le instó La Mort justo cuando estaba a punto de coger el miembro seccionado.
Esta le hizo una leve reverencia que acabó con una sonrisa tímida.
Se llevó todos sus bártulos: fregona, cubo, trapos… Todo lo necesario para acabar con aquel estropicio.
Pero no se llevó el trozo que había quedado tendido en el suelo.
Mi vista se clavó en él, provocando que una arcada subiese a mi garganta, impidiéndome respirar con normalidad.
Entonces, la mujer desapareció, cerrando la puerta a su espalda, dejándome, de nuevo, con el hombre que me había llevado al más puro infierno. Durante un instante contuve la respiración, hasta que le escuché avanzar.
Caminó unos pasos, despacio, haciendo que el sonido de sus botas resonara en la sala vacía. Cada golpe me hacía encogerme un poco más. Yo permanecí inmóvil, sentada en el suelo, con la manta apretada contra el pecho, siguiendo su recorrido por el rabillo del ojo.
—Hay hombres que se creen que pueden tocar lo que es mío —continuó, con calma—, que piensan que el amor los hace especiales.
El corazón me dio un vuelco.
—Uno de ellos está sufriendo ahora mismo —añadió—. Mucho más de lo que tú has sufrido hoy.
Mis dedos se clavaron en la tela de la manta, al mismo tiempo que sentía cómo el latir del corazón se instauraba en mis sienes. Un dolor seco me atravesó el pecho, como si alguien hubiera apretado demasiado fuerte desde dentro. La Mort se detuvo a mi espalda.
No me tocó. Ni siquiera se inclinó hacia mí, y aun así, su presencia me invadió.
—Las cosas no se rompen cuando alguien grita —continuó—. Sino cuando alguien ama.
Sentí un escalofrío recorrerme, no fue frío, fue el más puro e irracional pánico instalándose en mi estómago.
—Y cuando el amor llama la atención… —añadió con calma—. Siempre hay alguien que paga por ello.
Mi respiración empezó a temblar. No podía controlarla. Cada inhalación era corta, torpe, como si el aire no quisiera entrar en mis pulmones.
La cabeza comenzó a darme vueltas, imaginando cientos de realidades que no podía controlar.
—No sé de qué habla —susurré, aunque ni yo misma me creí.
Una risa baja, casi imperceptible, cruzó la sala.
—Claro que lo sabes —aseguró.
Lo entendí, claro que lo hice.
El aire se me escapó de los pulmones.
No quería entender lo que me decía, pero lo hice.
Andrei.
Todo el vello de mi cuerpo se erizó al instante, provocando que mis ojos se llenasen de lágrimas. Creía haber perdido mi dolor, el miedo, porque durante muchos días no había podido derramar una sola gota, pero en aquel momento, con la vida de Andrei en juego, supe que no había vuelta atrás.
Porque no, yo no era una más, era un maldito mensaje.
Y alguien, en algún lugar, estaba recibiéndolo.
—El amor hace ruido cuando se rompe, Perla —sentenció, inclinándose lo justo para que su boca se acercase a mi oído—. Y yo pienso reducirlo a cenizas.