43
Andrei
El agua helada me cayó encima sin previo aviso.
Me entró por la nariz, la boca y los ojos. El cuerpo me reaccionó antes que la mente, arqueándose con violencia, buscando aire donde no lo había. Sentí cómo los pulmones se contraían en un espasmo doloroso mientras un alarido se me escapaba sin permiso. Por un instante estuve a punto de ahogarme.
—¡Joder! —vociferé en cuanto tuve oportunidad, jadeando, sacudiéndome como un animal acorralado.
El frío me erizó la piel, se me metió en los huesos, atravesándome como si se trataran de cientos de agujas. Tardé unos segundos en entender dónde estaba, en saber que estaba despierto y no se trataba todo de un sueño.
Y entonces lo noté.
No podía moverme.
Estaba atado.
Mis muñecas estaban sujetas tras el respaldo, los tobillos firmemente amarrados a las patas de la silla. Podía sentir las cuerdas ásperas clavándose en mi piel, cada milímetro que me movía.
—¡Soltadme! —rugí, forcejeando—. ¡Hijos de puta!
La voz me salió rota, cargada de rabia y adrenalina.
El eco de mi propio grito rebotó contra las cuatro paredes que me envolvían, devolviéndome una versión distorsionada, podrida.
Las paredes de hormigón estaban húmedas, manchadas de moho y algo más oscuro que preferí no identificar.
El techo era bajo, con una bombilla desnuda colgando de un cable pelado que parpadeaba de forma irregular.
El suelo estaba cubierto de una capa de suciedad antigua, como si nadie se hubiera molestado en limpiarlo en años.
El olor me golpeó después.
Podredumbre. Hierro. Algo rancio, dulzón, casi imperceptible… como a carne en mal estado.
Era como si la muerte hubiese aprendido a quedarse.
Tragué saliva, intentando controlar la náusea que me subía por la garganta.
—¿Qué cojones queréis? —escupí, alzando la cabeza—. ¿Os manda Hadad?
Silencio.
Pude distinguir al menos dos sombras moviéndose a mi alrededor, fuera del cono de luz, para que no pudiese distinguirles. No hablaban. No respondían, y eso nunca era buena señal.
—¿Eh? —insistí—. ¿Es él quien os ha enviado?
La respuesta fue un puñetazo.
No lo vi venir. Solo sentí el impacto seco en la cara, el chasquido de algo dentro de mi boca y el sabor inmediato de la sangre. Mi cabeza quedó ladeada hacia un lado, fue tanta la fuerza que usaron que el cuello me crujió.
Escupí al suelo, riendo entre dientes, con los labios ensangrentados.
—Muy bien… —murmuré—. Así que vamos a jugar a eso.
El siguiente golpe fue directo al estómago.
Provocó que me doblase sobre mí mismo, arrancándome el aire de golpe. Un gruñido gutural salió de lo más profundo de mi garganta, mientras el dolor explotaba bajo mis costillas.
—Cobardes —gruñí.
La luz se fragmentó en puntos blancos. Durante unos segundos no vi nada, solo sentí mi cuerpo balancearse contra la silla mientras la bombilla continuaba parpadeando como una broma macabra.
Solo oía mi propia respiración, irregular, rota, mezclada con el goteo constante del agua cayendo en algún lugar de aquel maldito zulo.
—¿Quién cojones os manda? —voceé completamente ido, jadeante.
Entonces escuché otros pasos.
Más lentos. Más seguros.
Alguien entró en el círculo de luz.
Alcé la cabeza con esfuerzo, parpadeando, obligando a mis ojos a enfocar. Pero apenas podía ver nada con claridad.
No le conocía, y tampoco había nada que lo hiciera destacar. Ni traje, ni joyas… Ropa oscura, limpia, sin arrugas. El tipo de hombre que pasa desapercibido porque no necesita ser visto. El mismo estilo de persona que llevaba siendo yo durante toda mi vida.
Aquel pensamiento hizo que todo fuese a peor.
Se detuvo frente a mí, observándome con una desidia que no llegué a comprender de dónde salía.
¿Es que acaso le había hecho algo? Tampoco me extrañaría, durante mucho tiempo ayudé a sacar los trapos sucios de todo el mundo, los investigaba y posteriormente acababan encarcelados.
Tal vez ese fuese uno de ellos, pero no lo recordé.
—Te has metido donde no deberías haberlo hecho —dijo, con la voz tranquila.
—Suelen decírmelo.
Se inclinó un poco, lo suficiente como para quedar a mi altura.
—Hay gente muy poderosa a la que has cabreado —continuó—. Gente que podría acabar contigo con un chasqueo y que no perdonan a quienes se meten en sus asuntos.
Lo miré con fijeza, fulminándolo.
—¿Cómo, Hans?
—Él también pensó que podía llegar hasta el final —añadió, como quien comenta el tiempo—. Y ya ves cómo acabó.
Algo frío se me instauró en el pecho, impidiéndome respirar con normalidad.
—Tú vas por el mismo camino —prosiguió—. La diferencia es que tú vas a entenderlo antes de morir.
Hizo un gesto con la mano.
Uno de los hombres dio un paso adelante
—Pero, tranquilo —comentó al mismo tiempo que se sacaba una cajetilla de tabaco del bolsillo—. No te vamos a matar todavía —anunció—. Primero vamos a asegurarnos de que aprendes.
Me tensé contra las cuerdas, respirando con dificultad. Apreté la mandíbula, escuchando el resonar de mi corazón latiendo frenético en mi pecho.
Sonreí ladino, sintiendo que hasta eso me dolía.
—Vais a necesitar algo más que golpes.