El legado de los Romanov 42
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Andrei

Media hora más tarde, el coche ya avanzaba por las afueras de Moscú, rumbo a un club clandestino escondido entre las naves industriales y carreteras secundarias, donde la música vibraba incluso antes de cruzar la entrada.

Apagué el motor, aparcando justo en la puerta, cargué mi pistola y la guardé en la parte trasera de los vaqueros. También llevaba la navaja que habían dejado clavada, ya que no sabía cuánta ayuda iba a necesitar.

No había hablado con mis hermanos, y mucho menos les había contado mi plan. Aunque quisieran estar más presentes, no iba a permitir que ninguno de ellos se inmiscuyera en mis asuntos, no porque no quisiera ayuda o no la necesitara, sino porque eso les pondría en el mismo foco en el que estaba yo.

El lugar olía a alcohol del barato, sudor y a humedad.

Las luces eran bajas, casi inexistentes, creando sombras alargadas sobre las paredes desconchadas.

La música electrónica me retumbaba en el pecho a un ritmo constante, como un latido artificial, opresivo.

Cada vibración me recorría de pies a cabeza, manteniéndome alerta, y con los sentidos en tensión.

Avancé sin prisa hasta dar con la barra, observando a todo aquel con el que me cruzaba, cada rostro, gesto y movimiento. Aquello no era un club, era un punto de encuentro, un nido de ratas donde nadie entraba por casualidad.

Pedí un vodka.

Luego otro.

No para emborracharme, sino para mimetizarme y parecer uno más, aunque en cierto modo, eso también me ayudaba a sacarme a Marlene de la cabeza.

Me apoyé contra la barra, con la espalda recta y los hombros relajados, como si escuchase la música, pero mi mente funcionaba a toda potencia.

Barrí la sala una vez y otra: los grupos en los reservados, los hombres apoyados contra las columnas, las mujeres que caminaban entre las mesas con bandejas repletas de copas, y las miradas de ciertos tipos que parecían vigilar más el entorno de lo que bebían. Igual que yo.

Pasó media hora.

Luego una más…

Nada.

Nadie que encajara con Cero, ni que pareciese mandar en aquel local, y mucho menos que destacase lo suficiente como para justificar aquella localización de mierda.

La impaciencia comenzó a hacer acto de presencia, ¿y si de verdad me había equivocado y aquello no era una citación para nada?

Miré el reloj. Dos horas.

Dos putas horas bebiendo.

Apreté la mandíbula y saqué el móvil. Volví a registrar las notas, el mapa, las coordenadas, los tiempos, los códigos ocultos en el correo. Todo apuntaba a ese maldito sitio. No había error posible.

Y, sin embargo, allí estaba yo, rodeado de desconocidos, con la sensación de haberme equivocado al máximo.

Di otro trago. El alcohol me quemó la garganta al bajar, pero no me despejó la mente.

Fue entonces cuando lo noté.

Una presencia.

No fue un movimiento brusco, ni una amenaza evidente. Ese sexto sentido que solo se me activaba cuando alguien me observaba demasiado tiempo. Giré la cabeza con lentitud, encontrándome a un hombre a mi derecha, apoyado en la barra, fingiendo mirar las botellas que había al otro lado de la barra.

—¿Qué cojones quieres? —inquirí.

Este le dio un último sorbo a su bebida. Era calvo, robusto, con las manos grandes y los nudillos marcados. No llevaba joyas ni reloj. Detalles pequeños pero que eran más reveladores que cualquier otros.

—¿Eres Sargon? —preguntó sin mirarme.

El nombre me atravesó como una descarga.

No reaccioné al instante. Pensando en aquel nombre: Sargon. El alias que Cero utilizaba en ciertos círculos.

—Depende de quién lo pregunte.

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

Miré a mi alrededor de manera contenida, intentando visualizar si había alguien más con él, que estuviese haciendo guardia. Pero no encontré a nadie.

Le di un último sorbo a mi bebida y aseguré la navaja en el bolsillo de mi chaqueta, dispuesto a matarlo en el momento en el que hiciese falta.

—Eso no es una respuesta.

Me giré despacio hasta él. En ese momento, pude verle bien: tenía los ojos claros, fríos y calculadores, la ceja partida y las orejas infladas. Un matón de manual. No era un jefe. Era un perro de presa.

—Sí —respondí al fin—. Soy yo.

El puño llegó sin aviso.

No hubo amenaza, ni una advertencia que pudiera llamarme la atención. Solo un impacto seco contra mi mandíbula, que me hizo perder el equilibrio. Sentí cómo el mundo giraba de golpe, cómo el ruido se distorsionaba y la luz se fragmentaba en destellos blancos.

Caí contra el suelo entre empujones, copas rotas y gritos apagados. Noté el sabor metálico de la sangre en la boca justo antes de que una bota me golpeara el costado. Ahogué un quejido al sentir un crack en mis costillas, como un fuerte punzón me atravesaba por completo.

—Puto mentiroso —escupió.

Intenté incorporarme, pero otro golpe me alcanzó por el lateral, impactando directamente en mi mandíbula. Consiguiendo que el mundo a mi alrededor comenzase a girar sin sentido.

—Joder —mascullé para mis adentros.

—Ahora sí vas a pagar por tus pecados, Romanov —sentenció el hombre que me había golpeado la primera vez.

Intenté enfocar, buscar alguna forma de salir de allí, pero todo se había vuelto tan borroso que solo pude intentar arrastrarme por el suelo. Di un manotazo al aire, y, segundos después, alguien me pisó. Un gruñido salió de lo más profundo de mi garganta, rasgándola.

Todo se volvió pesado, espeso e irreal. La música se convirtió en un murmullo lejano, y de repente… El mundo se me vino encima, volviéndose todo oscuro.